57ª BIENAL DE VENECIA

21/09/17 — POR

UN ABSTRAÍDO MUSICAL SIN MÚSICA

«Viva arte viva», la nueva edición del evento artístico bianual por excelencia, es una celebración del arte sin adjetivos, sin desviaciones y sin conceptualismos. Esa es su fortaleza, pero también su debilidad.

Por Juan José Santos M.

 Desde Venecia

86_ArtesVisuales_Bienal2

«Jesreel Valley in the Dark», imagen de la exhibición «Sun Stand Still», Pabellón israelí.

 

Christine Macel, la curadora de esta 57º Bienal, habla de una “exposición inspirada por un humanismo”. Efectivamente, el hombre es el centro de esta muestra de muestras. Sobre todo un hombre en concreto: el que se dedica al arte. La parte inicial y nuclear de la propuesta, el Pabellón Central, hace un repaso por distintas modalidades que el artista practica para hacer arte “sin hacer arte”. La transposición de una habitación desordenada de Dawn Kasper, fotografías de Mladen Stilinović tumbado sobre su cama, el ejercicio de levitación de Soren Engsted o el diván desocupado de Franz West. Un buen punto de partida para iniciar un recorrido: desde la pereza, la inacción, y la negación de la obra. Hasta que llegamos a la propuesta de trabajo colectivo de Olafur Eliasson y…. chás. Comienza el musical.

DESAFINACIONES Y ACIERTOS

El pueril título de la Bienal, «Viva arte viva», suena a musical. Y en el fondo, la curaduría de Macel tiene algo de esos musicales hollywoodenses de los años 50, sólo que en lugar de Fred Astaire, Gene Kelly o Judy Garland, quienes hoy bailan al ritmo del arte son Juan Downey, Sam Lewitt, Ernesto Neto, Gabriel Orozco, Philippe Parreno o Kiki Smith, entre los más conocidos. El visitante se convierte en un espectador de la autocomplacencia, de la futilidad o del carácter ornamental del arte contemporáneo. La curadora disemina canciones sueltas, pequeñas coreografías, sin una ligazón que las una. Agrupadas en torno a pabellones –o “trans-pabellones”, como los denomina–, con conceptos como el pabellón de las tradiciones, el de los chamanes, el del tiempo y el del infinito, o el más peripatético de todos: el de los colores.

86_ArtesVisuales_Bienal1

«Fausto», de la alemana Anne Imhof.

La partitura comienza a desafinar con la intervención de Olafur Eliasson. Una invitación a que el público construya lámparas LED que iluminarán las ciudades, dando la bienvenida a los refugiados que buscan asilo lejos de su país de origen. Un problema que lamentablemente no puede ser solucionado con luces verdeesperanza realizadas por espectadores de la Bienal de Venecia. En contraste con esta idea tan peregrina, Lamin Fofana, un artista no tan conocido (o directamente, desconocido), en un pabellón muy alejado del central, el de Bosnia y Herzegovina, da una lección de compromiso político y de contextualización: su pequeño y amontonado trabajo («Witness», 2017) sirve de audioguía para localizar y comprender algo que tuvo lugar entre los canales venecianos en enero de este año: un joven de Gambia cayó al agua y murió ahogado; y los testigos, en lugar de socorrerlo, optaron por dedicarle varios insultos racistas. Es una de las contadas obras de intencionalidad política o crítica en esta Bienal, quizás alérgica a estos contenidos tras la mala prensa que obtuvo la anterior edición de Okwui Enwezor, defenestrada precisamente por ser demasiado política. El término medio no se encuentra, o no se intenta, pero ese no es el gran error de esta Bienal. Su principal desliz deriva de la superficialidad conceptual de la curaduría y de una errática selección de artistas y de obras. Trabajos como los planetas artificiales de John Latham, el supermercado de lo inclasificable de Hassan Sharif, las cromáticas geometrías de Rasheed Araeen o la estrambótica escultura de Yee Sookyung, no son dignos de un evento de estas características. Por contra, y para ser justos con la elección curatorial, hay que resaltar (aunque resaltan sin ayuda) los grandes aciertos, como los consagrados Marwan o Kiki Smith, o los desconocidos Taus Makhacheva (con un video que vincula la historia del arte con el equilibrismo), y Shimabuku, con su sarcástica revisión de las nuevas tecnologías.

86_ArtesVisuales_Bienal3

Aporte chileno

Podrían diluirse en el incendio curatorial. Pero afortunadamente, la aportación chilena se salva de la quema. En el Pabellón Central, la instalación de Juan Downey mantiene su vigor y agudeza a pesar de quedar descontextualizada al inicio del mismo. Lo mejor, el trabajo audiovisual de Enrique Ramírez, quien, con un tono fúnebre-ritualístico y enmarcado en el desierto de Atacama, consigue, a través de la música y del paisaje, provocar un espacio de recogimiento frente a una pantalla. Uno de los primeros pabellones del Arsenale es el chileno, que en esta ocasión cuenta con la representación de Bernardo Oyarzún, bajo la curaduría de Ticio Escobar. Su obra, «Werken», quizás por sus implicancias políticas en esta tan abstraída Bienal de Venecia, emerge como una poderosa colección de miradas (en la foto) que hablan, frente a frente con el espectador, de lo que, sobre el conflicto mapuche, muchos callan.

LOS PABELLONES

Se lee en el texto curatorial que esta es una Bienal hecha para y por artistas. Buena forma de eliminar al 90% de los espectadores. Tiene gracia que uno de los mejores pabellones nacionales haya sido hecho por… hongos. Gal Weinstein representa a Israel con una metáfora del abandono del patrimonio históricoartístico con su «Sun Stand Still». Alemania, país ganador del premio de la Bienal, es justo receptor del León de Oro: «Faust», de Anne Imhof, es una épica performance en la que varios coreógrafos representan una lucha con referencias nazi. El León de Plata al artista prometedor, también se lo llevó con justicia Hassan Khan, con su sinfonía creada en y para el parque. Los pabellones que más destacan, con la excepción del germano, son aquellos que acuden al sarcasmo y al humor. Austria, con Brigitte Kowanz y Erwin Wurm, quienes facilitan la selfie al visitante, creando disparatadas situaciones con elementos cotidianos; Finlandia, con una instalación audiovisual que ridiculiza a sus gobernantes por medio del absurdo; o Canadá, con la ilusión de un pabellón que acaba de sufrir un accidente tragicómico. Ante el decepcionante recorrido de la curaduría central, uno alberga esperanzas con las representaciones por países, y en los anteriormente citados, al menos, una sana carcajada salva la visita. Las risas se complican cuando afrontamos los pabellones más desafortunados, como el de China, con su conglomerado folclórico; Tailandia, con un espacio que se confunde con una tienda de muebles; o las repúblicas checa y eslovaca, con una especie de escaparate de mall en el que varios cisnes incandescentes pretenden decirnos algo. Sin palabras nos deja un espacio dispuesto entre pabellones, en el que se muestran objetos de lujo, alfombras y ropa veneciana de oro y terciopelo. ¿Es esta la dirección que está tomando este evento?

Comentarios

  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.
  • "Y Dios tomó un puñado de viento del sur, sopló Su aliento sobre él, y creó el caballo". Leyenda beduina.