ANIMALES PERTURBADORES

23/11/17 — POR

En fábulas, relatos, películas y documentales, su conducta sigue siendo más coherente e intransable que la nuestra.

Por Vera-Meiggs.

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Los animales fueron nuestro primer espejo. Observándolos, tuvimos las lecciones iniciales sobre nosotros mismos. Nuestra identidad se construyó, como hoy, en la comparación y en la semejanza. De ellos provienen nuestras nociones de solidaridad, de amor, de sentido grupal, es decir, de moral. Por eso, las danzas más primitivas –las más antiguas obras de arte– son imitaciones del gesto animal cargado de sentido vital y emoción auténtica.

l y emoción auténtica. Las divinizaciones de que fueron objeto todo lo dicen sobre el alto nivel de sabiduría y poderío que le hemos atribuido a esta parentela genética. Milenios tendrían que transcurrir antes que un dios con rostro humano se asomara en nuestro imaginario y serían dioses más terribles que los anteriores. Por eso mantenemos todavía la temerosa, prudente ternura que los animales nos producen y por eso también las fábulas, los zoológicos, los documentales y los relatos que ellos protagonizan en todas las épocas. Lo que está indicando que la función especular de la animalidad nos sigue diciendo algo importante sobre nosotros mismos. No siempre positivo, por supuesto, pero casi siempre altamente significativo por ser su conducta mucho más coherente e intransable que la nuestra.

AMORES ZOÓFILOS

En esto como en otras cosas, Buster Keaton parece el primero en atreverse a compartir protagonismos con sendos mamíferos. En el primer caso, «Go west» (1925), brillante sátira a las convenciones del género, Buster como vaquero tiene un idilio nada de metafórico con Browneyes, una coqueta vaca que le corresponde de igual manera. Pero el vaquero debe conducir a su amor al matadero por orden del patrón. En su rebeldía, se sube con todo el ganado al tren y, aprovechando la detención en una ciudad, abre los carros y huye con su amada, sólo que el resto de la manada son cientos de toros que parten detrás de la hembra e invaden la ciudad en una de esas secuencias de delirio surrealista que tan bien le quedaban al genial cómico. El punto culminante se alcanza cuando Buster, consciente del desastre creado, intenta llevar al ganado de vuelta a los corrales disfrazado de diablo, suponiendo que el rojo servirá a ese propósito. Al final, él solicita quedarse con ella, lo que desata las esperanzas de la hija del patrón, pero será Browneyes la elegida.

En «El camarógrafo» (1928), última obra maestra de Keaton, su compañero de las aventuras fílmicas es un monito, cuya presencia es sólo un contrapunto cómico de alta efectividad, pero es difícil encontrar en toda la historia del cine un mejor actor animal que aquel mono extraordinario.

Perturbador es el ménage a trois que se instala en una familia burguesa cuando el marido descubre que el amante de su mujer (Charlotte Rampling) es un chimpancé. Sucede en «Max, mi amor» (1986) del japonés Nagisa Oshima, experto en remezones de este tipo y dotado de un sentido de la ironía sin el cual la historia habría sido inverosímil.

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«Max, mi amor»

Decididamente cómica es la historia que Roberto Benigni le cuenta a un monseñor que sube a su taxi en «Una noche en la tierra» (Jim Jarmush,1991). Un arranque de desbocada sinceridad lleva al taxista a confesar sus encuentros sexuales con una ovejita, amenizados con la imitación de los balidos que efectúa Benigni, los que terminarán teniendo funesta consecuencia para el anciano confesor.

EN EL MAR

Poética es la presencia de «La tortuga roja» (Michael Dudok de Wit, 2016), encarnación de una femineidad posesiva y amorosa a la vez, que encuentra en un náufrago el objeto de un amor silencioso y trascendente, que la transfigura en mujer y le da un sentido nuevo a la existencia de ambos. Bello apólogo sobre la relación con la naturaleza, que estuvo este año de candidato al Oscar al mejor dibujo animado.

Todo lo contrario es «Moby Dick» (1956, John Huston), que aún funciona bien como película de aventuras. A la hora y veinte de metraje aparece por primera vez la ballena del título, toda blanca y de mal genio. Quizás no alcanza el carácter maligno que posee en el texto, pero se las arregla para dejar un aire inquietante en la secuencia final. “No es el demonio, es sólo una ballena”, dice uno de los marinos, y tiene toda la razón, desgraciadamente para la película, que si hubiese sido lo contrario le habría hecho honor a la novela de Herman Melville que la inspiró.

Un clásico del terror, algo simple en su idea base, pero muy efectivo en su realización es «Tiburón» (Steven Spielberg, 1975). A pesar de que mucha tecnología ha pasado por la pantalla desde su realización, la efectividad se centra principalmente en lo narrativo y en la puesta en cámara, que evita mostrar al voraz pez hasta el momento en que ya la platea está lista para dar saltos de miedo. Uno de los mayores éxitos de la historia del cine.

¿Qué representa la anguila en «La anguila»? (Shohei Imamura, 1997) El protagonista, que ha asesinado a su adúltera mujer, instala una peluquería y evita hablar con la gente, pero sí se comunica con el pez que conserva en un acuario doméstico y del cual se siente muy amigo. La simbología sexual puede ser una pista de esta inquietante y sugestiva película (Palma de Oro, Cannes 1997).

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«La Tortuga Roja»

FELINOS

Baby, un manso y tierno leopardo, es el que maneja Katharine Hepburn en «La adorable revoltosa» (Howard Hawks, 1938), una de las cumbres de la comedia estadounidense. Cary Grant es un paleontólogo y el perrito de ella le roba el hueso de un esqueleto de dinosaurio que él está completando. Pero además aparece otro leopardo, nada tierno y que suplanta a Baby, provocando una infinita cadena de enredos, que sabe instalar algunos apuntes muy divertidos sobre la ambivalente condición humana y animal, tensados entre emociones y sumisiones que sólo pueden ayudar a desmoronar el edificio de lo racional.

En la vereda opuesta, «La marca de la pantera» (Jacques Tourneur, 1942) es una de las mejores obras del terror clásico, principalmente debido a su sabio equilibrio entre lo sicológico y lo fantástico. Irena (Simone Simon, en su mejor rol) es una mujer que teme ser la encarnación de un felino que matará al hombre que ama en el momento de consumar su unión. La presencia de una pantera negra encerrada en el zoológico añade una permanente tensión que no explica nunca el relato. Afortunadamente. Fue tal su éxito que dos años después se intentó una secuela con el mismo reparto, pero con otro director y un guión estúpido y sin pantera.

«Tropical malady» (2004) dio a conocer internacionalmente al gran tailandés Apichatpong Weerasethakul (1970), autor originalísimo e hipnótico, uno de los mayores del Asia. Una historia de amor entre un soldado y un joven obrero, ambientado todo en una provincia anodina retratada con mucho de mirada documental y ritmo cansino. Pero a mitad del metraje comienza otra historia en la que el soldado persigue a un misterioso hombre desnudo que se interna en la selva y que en su salvajismo parece la encarnación de su propio deseo. Paulatinamente, el protagonista ve que las huellas del hombre se confunden con las de un tigre. El éxtasis final en el encuentro con el animal tiene mucho de Teseo frente al Minotauro en clave homosexual y es de una belleza inolvidable.

Después del Sheer Kahn de «El libro de la selva», el tigre más famoso ha sido Richard Parker, el coprotagonista de «Una aventura extraordinaria» (Ang Lee, 2014), una fábula que Esopo habría envidiado. El joven indio Pi es el único sobreviviente de un naufragio en que muere toda su familia y casi la totalidad del zoológico con el que viajaban. En un bote salvavidas las cosas son tensas a causa de la imposible convivencia entre Pi, una hiena, un chimpancé, una cebra, y Richard Parker, que por supuesto no es vegetariano. Pero la aventura de sobrevivencia alcanza un elevado nivel de interés cuando el narrador adapta su historia para gusto de los consumidores de la compañía de seguros. Una experiencia límite con lo divino y el mundo natural, filmada con una fotografía excepcional que le otorga el marco preciso de realismo-maravilloso que el relato requería.

En Chile el buen quiltro ha sido sólo parte del decorado, y gatos y lauchas brillan por su ausencia. Sólo el documental les ha dado alguna presencia. «Historia de un oso» ganó un Oscar, pero es un cortometraje animado, sobre unos animalitos que no existen en Chile.

 

Comentarios

  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).
  • "Nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación", Mark Twain (1835 - 1910).