Antoni Gaudí y la arquitectura de la naturaleza

10/03/17 — POR
Este otoño europeo, la Casa Vicens, el primer encargo que recibió el artista catalán para una vivienda privada, será abierta al público.  Así, por primera vez, los visitantes podrán acceder a todas sus obras catalogadas y protegidas por la Unesco.

Es media tarde en Barcelona, un típico día claro de la primavera catalana. Poco antes del crepúsculo púrpura motivado por el sol que cae detrás del monte Tibidabo, la ciudad condal conserva su calma provinciana. Es junio de 1926. El aire limpio y fresco de la brisa mediterránea se cuela por el puerto viejo, cruza el casco antiguo y acaricia los nuevos edificios del ensanche de Cerdá.

El aire mueve pesadamente la larga barba blanca de un hombre que ha salido de un enorme edificio en construcción y se dispone a cruzar una calle. Vestido con un viejo traje, suele hacer este recorrido todos los días, apretando bajo el brazo un legajo de bocetos, planos y cartas, pero esta vez sólo lleva consigo un Evangelio manuscrito.

Nadie que se cruza con él sabe que ese aspecto descuidado es consecuencia de un duro rechazo amoroso –muchos años atrás– de una bella joven demasiado liberal e independiente que marcó su vida, volviéndolo un asceta, un místico, un fanático religioso. Una especie de monje recluido en sí mismo y en su trabajo: ese personaje que todos conocemos.

Pero Antoni Gaudí (1852-1926) no siempre fue así. Años antes se paseaba por Barcelona con actitud de estrella. Era amigo de las familias catalanas más ricas, a cuya élite perteneció sólo tangencialmente, hacía gala de su fama de genio y sacaba partido de sus dotes de artista. Fue un estudiante irregular, mal juzgado y poco entendido por sus profesores de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona; anticuados, le reclamaban exceso de creatividad y falta de rigor. Conocía bien los órdenes clásicos, pero extraía de ellos sólo sus virtudes matemáticas, y no respetaba las reglas del período historicista de moda entre los arquitectos europeos de su tiempo. Lo suyo era la intuición, la forma libre y la representación del mundo natural. Lo tildaron de loco y salió como pudo.

Naturaleza, forma y  simbolismo

Amante de la Naturaleza desde que tuvo conciencia, se deslumbraba mirando el sol colarse entre el follaje de los árboles en su casa de Riudoms; iba dando saltos por los roqueríos de la sierra que separa la región costera con el interior de Cataluña, admirando la belleza tectónica de las inmensas piedras talladas naturalmente; caminaba entre los prados de Reus y se mojaba los pies en las vertientes serranas que regaban los campos. Fue parte de un grupo de exploradores aficionados con los que cruzó la frontera entre España y Francia a pie, recorrió la Costa Brava cuando aún no se llamaba así, acampó en medio de los Pirineos y subió varias veces al Monasterio de Montserrat en búsqueda de su propia experiencia mística.

Era vegetariano, adhería al Higienismo (teoría impulsada por el naturista alemán Sebastian Kneipp) y hacía largos ayunos para limpiar cuerpo y mente. Más adulto y con menos energía exploradora, solía dar largos paseos a pie por la ciudad, costumbre que mantuvo hasta su último día.

Hijo, nieto y sobrino de caldereros (oficio hoy tragado por la gran ingeniería, que consistía en el diseño y construcción de depósitos industriales y estructuras metálicas), creció entre los talleres de manufactura y se empapó del trabajo manual, de las herramientas, los materiales y la forma. No es coincidencia entonces que sus primeros encargos formales fueran una reja (la del Parc de la Ciutadella, en conjunto con Josep Fontseré) y unos faroles (los de la Plaça Reial), ambas obras son representativas de su formación y fruto de su experiencia, bases de esa novedosa mezcla entre forma orgánica y oficio escultórico que lo haría gigante después.

La Naturaleza y la posibilidad de la forma eran parte de su imaginario, se formó como persona bajo esa idea, por lo tanto, el resultado de sus dos primeras creaciones siguió el camino natural, no había otra opción. Ambas obras fueron polémicas, pues el todavía conservador ambiente arquitectónico catalán estuvo lejos de entender el simbolismo metafísico y la dimensión cósmica, amparada en el profundo sentido religioso del que ya hacía gala el joven arquitecto. No muchos se tomaron el respiro ni contaron hasta diez antes de emitir un juicio sobre objetos tan desprejuiciados. Pero así ocurre siempre con lo nuevo.

El reconocimiento y la admiración llegarían, pero aún faltaba la ampliación de la escala y la oportunidad de materializar sus postulados en el lenguaje de la arquitectura. El encargo de la Casa Vicens llegó justo a tiempo.

Etapa profesional y la bendición Güell

Gaudí fue un admirador de la arquitectura árabe o mudéjar (término para definir la mezcla del arte árabe con el hispano), cuya característica principal es la inagotable repetición de elementos, el rebusque de la forma, la variedad, la asimetría y el color. Esto último fue lo que recogió como influencia directa y permanente en sus obras de ahí en adelante, y es que Gaudí no concebía la representación de la Naturaleza abstrayéndola del color.

Recibió el encargo de Manuel Vicens a principios de 1880 y de inmediato armó un equipo de artesanos compuesto por un escultor (Llorenç Matamala), un ebanista (Eudald Puntí), un herrero ( Joan Oños) y un maestro tipo jefe de obras (Claudi Alsina). Habitualmente olvidados en la biografía de Gaudí, los cuatro participaron de la mayoría de las obras futuras del arquitecto y fueron fundamentales en traducir al material sus pensamientos y visiones.

El mandante era un exitoso comerciante que había hecho fortuna vendiendo azulejos, cuestión que Gaudí no pasó por alto e incorporó como el sello principal de su impresionante debut. La casa se distribuyó en cuatro niveles construidos de ladrillo y revestidos –especialmente en su parte superior– con cerámicas en tonos verdes, azules y blancos. Se ocupó también de la geometría de los mosaicos, del diseño recortado de los dinteles y de las vigas falsas de madera del interior.

Además, en un gesto que refleja su gusto por mezclar mundos, grabó frases típicas del imaginario catalán en el friso de la tribuna, como para que nadie olvidara el lugar donde estaba parada su primera creación.

La casa se terminó ocho años después, en 1888, y de inmediato posicionó al artista catalán al frente de la vanguardia. Su estilo era nuevo y rompedor, nunca antes visto. De pronto, todos querían tener una casa firmada por el nuevo genio, que bordeaba apenas los treinta años. El principal interesado fue un político y empresario catalán llamado Eusebi Güell, a quien Gaudí había conocido en la Exposición Universal de París en 1878, cuando fue invitado a exponer su diseño para la vitrina de una tienda de guantes. Ambos de ideas demócratas, catalanistas y de una firme convicción cristiana, engancharon rápidamente. Sin embargo, la relación profesional no se materializó hasta que el político vislumbró en lo que se convertiría Gaudí una vez terminada la Casa Vicens.

Güell le encargó a Gaudí una serie de edificios nuevos y un par de remodelaciones para una casa que tenía en su finca del pueblo de Sarriá, hoy un barrio más de Barcelona. Aquí, el arquitecto volvió a dejar en claro su capacidad innata para romper con todos los esquemas y, seguro de sus convicciones, utilizó a la arquitectura como pretexto para la creación de un sello escultórico que buscó petrificar a la Naturaleza. Captar su esencia, congelarla y hacerla habitable.

Güell, de rodillas ante el talento de Gaudí, se transformó en su mecenas. Sociedad que duraría varios años y que permitiría algunas de sus obras más emblemáticas, entre ellas el inmortal Parc Güell.

Vendrían después otras genialidades, como la Casa Calvet, la Casa Milá, la Casa Batlló y la Cripta Güell, pero dicen que la segunda obra es siempre la más difícil, pues es el momento de ratificar las expectativas, de saber si el primer acierto fue fruto de la casualidad o de la genialidad. Gaudí demostró lo segundo y el resto es historia.

La Sagrada Familia y su pincel eterno en Barcelona

Se ha escrito, dicho y visto tanto sobre el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, que se vuelve algo tedioso repasar sus innumerables virtudes: las arquitectónicas, estructurales y urbanas; las escultóricas y estéticas; las sociales y culturales; las temporales y las históricas. Pero tal vez vale detenerse en el valor simbólico que tiene para su ciudad y su presencia eterna en el inconsciente colectivo planetario; así como en su rol de generador de un imaginario barcelonés, de un saber y un hacer catalán, asociado –por consecuencia– al resto de su obra.

La mano inmortal de Gaudí en Barcelona se percibe sin siquiera pisarla. Cualquier humano semi informado relacionará de inmediato a la ciudad con el arquitecto, y hay en esto un gran mérito, pues los medios masivos tienden a ensalzar a otro tipo de figuras, de obras un poco más efímeras y, tal vez, contenedoras de un valor más etéreo, menos asible. Para muchos, Barcelona también es Messi.

Y es que pocas ciudades en el mundo están tan ligadas a una sola persona. Pocas ciudades pueden ufanarse de poseer un sello tan distintivo producto del trabajo de un hombre, y no un hombre apoyado en poderes dictatoriales o eclesiásticos. Es fácil asociar Roma con Julio César, o a Múnich con Hitler. Barcelona puede darse el lujo de saltarse esa norma gracias a Gaudí.

Como todos saben, la historia del inicio acaba mal. El hombre barbudo vacila, esquiva a un tranvía, pero no puede con el otro. Es atropellado, pero sobrevive sin muchos rasguños visibles. Nadie lo ayuda. Tiene aspecto de indigente y tampoco se queja mucho. Alguien de la Guardia Civil obliga a un conductor a detenerse y a llevarlo a un hospital. La noticia corre rápido, el atropellado es Gaudí y su estado es de extrema gravedad. La prensa informa y cientos de personas se reúnen en vigilia a las afueras del hospital de la Santa Cruz. Gaudí no resiste las heridas internas y muere el 10 de junio. Su funeral será uno de los acontecimientos más recordados y masivos en la historia catalana.

Tenía 73 años y una larga, larguísima, lista de tareas por terminar.

Comentarios

  • “Me gusta que el flequillo me cubra los ojos: eso me ayuda a tapar las cosas que no quiero ver”, Raquel J. Palacio, escritora estadounidense.
  • "Y Dios tomó un puñado de viento del sur, sopló Su aliento sobre él, y creó el caballo". Leyenda beduina.