Aparecer y desaparecer en la obra de Eduardo Vilches

03/09/17 — POR

Por Ignacio Szmulewicz R.

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I. Un refugio en Ñuñoa

Una tranquila noche de invierno, Eduardo Vilches me recibe en su acogedora casa de Ñuñoa. A pasos de una modesta plaza vecinal, la vivienda constituye un verdadero refugio de calma y tranquilidad en la agitada vida capitalina. Me saluda con amabilidad, camina con cuidado pero decidido, y gustosamente perdemos el tiempo escuchando y comentando la historia que silentemente cada objeto contiene. Entre sus posesiones preciadas brilla una deslumbrante colección de sillas Viena. Libros, adornos, recuerdos, todo bañado de un aroma encantador que proviene de un jardín de olores.

Junto a la infinidad de cachureos rescatados del mercado persa, síndrome de Diógenes que con humor le asigna a su compañera de vida, la documentalista Alicia Vega, los muros reciben una colección de obras de arte: Adolfo Couve, Eugenio Dittborn, Iván Navarro, amigos, alumnos y cercanos. Luego pasamos a su estudio, donde se almacenan más libros, planeras y una cuantiosa colección de diapositivas con la historia del grabado, materia que, con orgullo, ha sido uno de sus mayores aportes a la enseñanza de arte en Chile.

Lo visito con el propósito de hablar de su muestra «Fotografías» en la Galería XS (hasta el 23 de septiembre), sin embargo, resulta imposible no perderse en los recuerdos de una vida llena de personas, viajes, ciudades, anécdotas y hechos históricos imborrables. La obra de Eduardo Vilches transmite sencillez y síntesis. Lo cierto es que todo me parece un misterio.

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II. Vilches y la Ballena

Dos viajes marcaron su vida. A inicios de los sesenta, y gracias a una Beca Fulbright, prosiguió estudios en la Universidad de Yale, templo donde se congregaban los seguidores de Josef Albers, quien, en 1963, publicaría «La interacción del color», su biblia, producto del impulso de sus alumnos. Mientras la enseñanza formal la realizaba en New Haven, cada fin de semana tomaba el tren con destino a Nueva York, entonces la bullente capital del arte moderno. La metrópolis le quitó la palabra y le removió los sentidos. Su curiosidad lo llevó a dedicarse por completo a la contemplación de exposiciones.

Cuenta su almanaque personal que durante una exhibición de Mark Rothko en el MoMA, Vilches fue inquirido por el propio artista letón-estadounidense sobre sus pinturas, a lo que el natural de la octava región sólo pudo responder con un silencio tímido –algo que Rothko debió haber tomado como signo de literalidad frente a tan metafísico arte. Al pedirle que busque la manera de describir al Nueva York de antaño, simplemente dice: “Toda la ciudad era de tal vitalidad que, como una ballena, vapor le salía de sus entrañas”. Atmósfera, movimiento e intensidad, un teaser narrado para el futuro «Taxi driver», de Martin Scorsese.

A inicios de los ochenta, un segundo viaje definió su mirada. Vilches visitó Berlín. La ciudad le causó una impresión radical. Ahora, no en términos de clima ni de atmósfera sino de contrastes. Separaciones, barreras y muros, algunos más intensos que otros. Pero, sobre todo, un contraste entre la tecnología, economía y movimiento de un lado y otro. El aire detenido y el silencio estupefacto al contemplar un Este demasiado distinto. En ese minuto de la narración, no duda en decirme las coincidencias que hicieron que el cine alemán (Rainer Fassbinder y otros) se mostrara asi-duamente en el Instituto Goethe de Santiago, a instancias del empuje de su compañera de vida y con la presencia continua de la Stasi con color local.

En la misma estancia europea, Vilches aprovechó para visitar Francia, Inglaterra y Holanda, más por curiosidad y apetito intelectual que por turismo. Las bibliotecas y archivos no tuvieron otra opción que abrirle el paso a un académico del confín del mundo, cuya necesidad por armar una historia del grabado se materializaba en la observación directa con los originales de Goya, Callot y Durero, como también en la ampliación drástica de la bibliografía. El cuerpo de conocimiento con el que Vilches ha impartido con dedicación la enseñanza de arte desde la década de los sesenta hasta la actualidad proviene de esos dos núcleos del saber: el color y el grabado.

III. La ventana de Alicia

Sólo a meses del traumatismo del Golpe, y a dos años de la épica UNCTAD III (épica de mural desaparecido y luego reconstruido), Vilches expuso una de sus series más destacadas en la Galería Carmen Waugh. Incluyó ahí copias de sus manos, siluetas de su rostro, en un lastimoso camino de retorno a una figuración, aunque en un ambiente de abstracción pura y silenciosa.

La fotografía llegó tarde a la vida de Eduardo Vilches. Durante la década de los 80, cuando algunos de sus alumnos más ilustres estaban realizando los famosos desplazamientos del grabado y la gráfica hacia el espacio público, él observaba desde una pieza frente a su estudio la plaza vecinal. Comenta mientras hablamos de esa serie: “Es la ventana donde está ahora Alicia”.

Me resulta paradojal toda la situación. Hablar de la ventana de Alicia (pensando en la famosa niña del espejo); la fotografía como medio de expresión desde el espacio privado y familiar (cuando era el medio de registro de la contienda pública para la AFI); la enseñanza de los desplazamientos para posicionarse con timidez desde lo doméstico (Mario Soro, Arturo Duclos, Alicia Villarreal en el genial ensayo de María José Delpiano).

En años de turbulencia política, protestas callejeras y futuros acuerdos democráticos, Vilches contemplaba el mundo bajo la luz de la tarde. Sin los blancos y negros dramáticos de su serie del año 74, sino con atmósferas lumínicas a lo Rembrandt, un poco como la pintura de Ximena Cristi o Adolfo Couve o, más aún, con la fineza y delicadeza de un Vermeer.

La ventana de Alicia supone una manifestación profunda de una calma y tranquilidad, desinterés dirían algunos, aunque sobre todo una actitud de distancia y protección frente a un exterior demasiado desconocido e intratable (la cinta «Gloria» utilizó el mismo recurso con las movilizaciones estudiantiles).

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IV. De cementerios y de padres

La serie que expondrá en la Galería XS bajo el título de «Fotografías» proviene de una visita extendida al cementerio de Punta Arenas. Lugar de atracción tanto por su jardinería –los conocidos cipreses– como por su arquitectura mortuoria –detalles, molduras, estatuaria, templos, etc. El ojo de Vilches se preocupa por la síntesis, los contrastes, las texturas, es decir, los elementos formales expuestos en su máxima –y a veces mínima– tensión, movilidad y movimiento, haciendo que el espectador entienda problemas propios de la disciplina. La serie incluye algunas instantáneas capitalinas donde se juegan operaciones visuales similares. La sencillez del positivo/negativo (símil del blanco y negro) que ahora impulsan otras relaciones de profundidad, espacialidad, atmósfera, hacen que el espectador pueda extender la mirada en lo mismo buscando lo otro.

Sin embargo, cada uno de estos asuntos, en-marcados y puestos al escrutinio público, significa una particular manera de entender la muerte y su entorno. Para Vilches, a posteriori, la visita al cenáculo de los fallecidos tuvo desde su infancia una connotación cotidiana. El ritual de los vivos en recuerdo de los habitantes del más allá caló profundo en un imaginario de cruces y memoriales a los caídos. Aun cuando la capacidad de síntesis proviene de un gusto por la abstracción, el control y el orden, no se puede evitar sentir empatía hacia las persistentes huellas que la pérdida del otro deja incrustadas en el cuerpo. La tragedia familiar se piensa así como marca fija, matriz si se quiere en el lenguaje de la reproductibilidad, que puede ser desplazada diversamente en las mil y una situaciones, materiales y tecnologías que el camino depare. ¿Qué aparece y desaparece entonces en la impresión del grabado, la serigrafía y la fotografía?

Fotos: Gentileza Eduardo Vilches

 

Comentarios

  • "La buena hospitalidad es sencilla; consiste en un poco de fuego, algo de comida y mucha quietud", Ralph W. Emerson (1803 - 1882), escritor estadounidense.
  • "Ríe y el mundo reirá contigo, ronca y dormirás solo", Anthony Burgess (1917 - 1993), escritor y compositor inglés.