Campanas, megáfonos y celulares

13/03/17 — POR
Así como el libro arrinconó al latín y generó la recuperación de las lenguas vernáculas en el siglo XVI, cada nueva tecnología pone en jaque los mecanismos de control tradicionales.

Hagamos un pequeño esfuerzo de imaginación:  un  megáfono  instalado  en  la  parte  alta de  unas  edificaciones  que  rodean  su  casa  comienza a transmitir instrucciones sobre cómo deben comportarse los ciudadanos, las pautas de conducta que han de respetar, las lecturas que deben cumplir, los rezos que necesitan realizar. Es el crepúsculo, la hora en que la noche se avecina. No hay modo de evitar oír el mensaje sonoro, metálico, amenazante. Usted puede estar seguro de que sus vecinos están oyendo y experimentando la misma sensación de temor. Por de pronto, nadie puede salir a la calle. Cada familia en sus habitaciones, en silencio. Cada cierto rato, un vehículo cruza la calle, con sujetos vociferando consignas, alzando sus fusiles.

Cuando  la  luz  alumbra  cada  nuevo día, operan otras prescripciones. Como se sabe, los afanes fundamentalistas se caracterizan  por  lo  que  prohíben,  no por  lo  que  permiten.  Las  mujeres  no pueden ir a una escuela o a la universidad. ¿Para qué ir a clases si todo está dicho en el Corán? No pueden salir solas a la calle. Los homosexuales no tienen derecho  a  la  existencia.  Se  los  ahorca y se les mantiene colgados para que los fieles manifiesten su repugnancia en la forma de pedradas, disparos o escupitajos. Esta descripción se refiere al estilo de vigilancia, control y sometimiento que los talibanes aplican sobre los habitantes de los territorios que llegan a dominar, a quienes se exige obediencia y lealtad absolutas.

Los talibanes son una facción político-militar islámica, fundamentalista que ha asolado Afganistán y otras zonas de Asia y del Medio Oriente. Pero es también el estilo del Estado Islámico.

A lo largo de la historia, las organizaciones totalitarias han utilizado los mismos procedimientos. El megáfono –una tecnología reciente– cumple el mismo rol que las campanas desempeñaban en el Medioevo católico, en tantas zonas cristianizadas y en tantas regiones rurales del mundo de hoy. La campana informa, llama, ordena, atemoriza, convoca, reúne a los corderos. No hay por qué no suponer que, en su momento, las campanas debieron desatar el mismo impacto, un temor semejante, una maniobra de control y hegemonía. Por lo demás, eran el único medio de comunicación colectiva, amparado por la condición analfabeta de la población.

Así como el libro impreso comenzó a arrinconar al latín en los recintos religiosos y fue generando la recuperación de las lenguas vernáculas en la Europa del siglo XVI, poniéndose a competir con las escrituras sagradas, así cada nueva tecnología puso en jaque los mecanismos de control tradicionales. De vez en cuando, alguna experiencia revolucionaria retoma el más antiguo de los métodos: la información que circula en el vecindario. ¿Qué mejor espía que el vecino? Con recompensas simples y tangibles –comida, trabajo, reconocimiento– se tiene a la mano la más poderosa y eficiente organización policial. Los ejemplos más claros de esta práctica siniestra han sido, en el pasado reciente, los comités de defensa de la Revolución, en Cuba. Se trata de una eficiencia  que  se  alimenta  de  los  temores, de la servidumbre, de las comprensibles debilidades de cada quien.

La idea de un solo mensaje, transmitido desde una única fuente, capaz de alcanzar a todos y a todas sin excepción, y que hay que interpretar de un solo modo: tal es el ideal fundamentalista. Así  como  el  demonio  pudo  adoptar  formas  corpóreas animales  o  transmutarse  en  entidades  invisibles,  tentando  con poder, dinero o sexo, el anticristo de todos los fundamentalistas es el teléfono celular, el pequeño aparato móvil que va con su usuario, que permite decidir qué decir, qué escuchar, con quién conectarse, qué hacer. ¿Podría haber algo más ridículo e inútil que prohibir los celulares?

Hace unas décadas, una película cerraba sus créditos reproduciendo la lista de autores prohibidos por el régimen militar griego de esos años. Entre los censurados estaba Platón. Con toda seguridad, casi nadie recuerda el nombre del dictador a quien le vino a la mente la brillante idea. Con toda seguridad, también, Platón sobrevivirá mucho más allá que todos los tiranos juntos, así sea que recurran a campanas, megáfonos, escuchas telefónicas, matinales televisivos, redes sociales o drones.

Comentarios

  • "Si me dan lo que quiero soy mansito como un cordero", refrán popular.
  • “El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras”, Woody Allen (1935).