CINE DOCUMENTAL E HISTORIA

29/12/17 — POR

La aparición de un libro y de tres filmes sigue alimentando el cauce de nuestra memoria social.

Por Vera-Meiggs.

Que el texto privilegiado de la historia del siglo XX ha sido escrito en la pantalla cinematográfica ya es una verdad del tamaño de … otra pantalla y es algo que ya no requiere discusiones, sólo constataciones. No es distinto el caso del cine chileno, aunque de buenas a primeras las reconstrucciones de época no sean una especialidad local. En parte por los costos, en parte por cierta pereza criolla en revisarnos explícitamente la memoria colectiva y también porque los hechos del 73 parecen haber dividido la percepción compartida del recuerdo y su permanente revisión corre el riesgo de volverse un tópico. Y eso bloquea los intentos de examinar otros temas. Claro que la historia no se representa de una sola manera y su relación con el cine admite ambivalencias y disimulos, paralelismos y contrapuntos, homologaciones y concordancias. Tal es la densidad de relaciones entre cine e Historia.

A ello está dedicado el libro «La mirada obediente. Historia nacional en el cine chileno» (Editorial Universitaria), de reciente aparición y cuyos autores y editores, Claudio Salinas y Hans Stange, son periodistas expertos en estudios de comunicación y el primero es además historiador. Juntos enseñan en el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, lo que les da una efectiva plataforma de acción para adentrarse en un tema árido y que podría ser puramente académico, si no fuera por las implicancias que tiene hacia el presente de los espectadores de cine, hoy mayoritariamente personas de cultura media y con interés de comprender algo más del mundo.

Si bien el libro, compilación de ensayos de varios autores, amplio y rico en citas, también en su entramado de temas y en la variedad de los mismos, se dedica al cine de ficción nacional, en su interesante epílogo los autores dejan abierta la posible continuación de la obra dedicada al documental. Promesa que en Chile es indispensable para entender el total del panorama del cine nacional.

Tres ejemplos recientes y complementarios entre sí parecen anunciar ese volumen. Tres largometrajes documentales que pasarán a formar parte de nuestra memoria futura, facilitando el estudio que nuestros nietos harán de nuestra época.

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«ACU, RECUPERANDO EL SUEÑO» (Osvaldo Rodríguez, 2016).

Diez años de trabajo para registrar cinco de actividad de la Agrupación Cultural Universitaria, la que dejó sus acciones suspendidas hace treinta y cinco años. ¿No será mucho?

Viendo el trabajo de Osvaldo Rodríguez se puede justificar tal empeño, que nos vuelve a la memoria una época dramática y determinante para la nuestra, pero que también puede ser leída como “los mejores años de nuestras vidas”, al decir de uno de los entrevistados. La ACU es uno de los capítulos más interesantes de la historia estudiantil durante la dictadura, tanto por la amplitud de sus alcances, como por la espontaneidad de su génesis y de su ocaso. Esos cinco años fueron los que sirvieron de cambio de actitud sustantiva para enfrentar las enormes dificultades que el Gobierno imponía a todo aquello que pudiera cuestionar cualquiera de sus arbitrariedades. Una buena cantidad de ejemplos de ello, incluso divertidos, contiene el documental. Pero es la voz de sus participantes la que ocupa la mayor parte de su metraje, excesivo en su afán de explicarlo todo. Las entrevistas realizadas a los protagonistas del movimiento producen mucha empatía hacia esa generación de arriesgados jóvenes que sólo deseaban tener amigos en los cuales confiar plenamente. Ahí parece estar la clave del movimiento que, en segundo lugar, contenía auténticas aspiraciones culturales y en tercero aparecía lo político, ordenamiento de prioridades que da cuenta de la salud espiritual de una generación amenazada constantemente.

El tono que prevalece es melancólico y la música lo subraya, pero los entrevistados en la actualidad, con sus canas y kilos sumados, dejan entrever aún la vitalidad de un compromiso del que se sienten orgullosos y que sigue irradiando efectos positivos en sus vidas. Un documento valiosísimo para comprender la historia estudiantil de una época tan determinante en nuestro siglo XX. El tiempo jugará a su favor cuando ya nadie esté en condiciones de quitar o añadir algo a lo que ahí se contiene.

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«EL COLOR DEL CAMALEÓN» (Andrés Lübbert, 2017).

La historia individual que se engarza con la gran historia colectiva de los pueblos y sus cambios históricos es algo que el cine parece recoger con particular fortuna. Andrés Lübbert, el joven cineasta belga de origen chileno, se encontró con un drama “de película” en su fragmentado hogar, que lo hizo crecer a distancia de un padre silencioso y bloqueado emocionalmente, en un país ídem. Pero la incomodidad frente a la toma de conciencia de todo esto fue taladrando prudencias, pudores y resistencias. El hecho de estudiar cine ayudó, como también el que su tío paterno sea el afamado cineasta chileno Orlando Lübbert («Taxi para tres»), mientras que su padre Jorge trabaja como camarógrafo de guerra.

Narrado en primera persona, el documental busca explicarse quizás demasiadas cosas. Jorge es un chileno-alemán al que le toca vivir su juventud en medio de la convulsión de la UP y la posterior repulsión a la dictadura. Todo sería muy claro si Jorge hubiera llegado a Bélgica exiliado como uno más de tantos miles de militantes de izquierda, pero la maleta personal llevaba ovillos nada transparentes y su psiquis daba muestras de muros de contención poco comunes. El joven documentalista va abriendo brechas para entender el comportamiento paterno y Jorge deja finalmente fluir parte de sus horrores pasados y Andrés, con respeto, recoge parte del material que constituye el filme, suerte de expiación, de terapia y de redención, que conmueve sin estridencias.

Centrado sobre sí mismo, el documental puede resultar muy claro, preciso y exacto, faltándole una cuota de incertidumbre o de vuelo imaginativo que el tema podía permitir. Pero su eficacia y sinceridad están fuera de toda duda.

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«EL PACTO DE ADRIANA» (Lissette Orozco, 2017).

Suerte de versión en clave femenina de la película anterior, el documental traza un arco potente entre su comienzo y su final, con sendas entrevistas via skype de la tía de la protagonista, residente en Australia. Entremedio se desata un terremoto de emociones poco común, tan sanador como catártico.

Hace algunas semanas, conversando con el famoso cineasta italiano Nanni Moretti, éste manifestaba el asombro que le producía encontrar a Chile aún dividido a 27 años de terminada oficialmente la dictadura. Él comparaba nuestra situación con aquella de Italia después de la guerra, en la que en pocos años el país se repuso de su aventura fascista. La gran diferencia que yo señalaba es que en Italia la dictadura perdió la guerra y el país fue ocupado militarmente, mientras que en Chile la dictadura perdió las elecciones y los militares seguían en el mismo lugar en que tradicionalmente siempre estuvieron, pero con más poder que antes. Eso podría explicar que relatos como los que narra este filme sean tan recurrentes y las hilachas de aquel período sigan arrastrando restos de memoria oscura.

La tía Adriana, personaje naturalmente idealizado por la distancia y la carencia de una madre real, es cariñosa y disponible para ayudar a su familia chilena, al punto que cuando Lissette, la sobrina cineasta, le pide instalar una cámara en el interior del departamento australiano de la tía, Adriana accede para contribuir así al trabajo audiovisual, que de paso le podría ayudar a despejar una turbia historia que la acompaña y que es la razón de su distancia. Adriana trabajó para la CNI, fue secretaria de su máximo jefe y además lo disfrutó, como lo confiesa abiertamente. Pero de ahí no pasó, ella jura que sólo fueron labores administrativas las suyas. Lo jurará varias veces.

Formalmente ascética, incluso poco atractiva, la película posee la suficiente coherencia interna para ascender a momentos perturbadores en la exploración de una verdad sospechable, pero nunca obvia. Se agradece que la protagonista y autora sepa mantener la impasible cámara del skype a la distancia exacta en que la propia Adriana se sitúa en su afán de hacerle creer a su sobrina la verdad que se ha construido para seguir viviendo.

Comentarios

  • "La música se desarrolla en el tiempo, la arquitectura también", Le Corbusier (1887- 1965).
  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).