CIRQO

24/03/18 — POR

Una obra interesante abre el año cinematográfico de la ficción chilena, apelando al melodrama, género noble y despreciado.

Por Vera – Meiggs

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Roberto Farías y Pablo Krögh en «Cirqo

 

Entre los pudores del cine nacional está el de la filiación a los géneros. La llamada “Política de los autores”, según la cual el director puede ser el responsable total del resultado de una película, infectó las aspiraciones cinematográ- ficas de los años sesenta chilenos y la epidemia continúa instalada cómodamente en el mundo académico y profesional. Sus bacilos son posibles de encontrar en las más apartadas regiones de nuestra intrincada geografía, en el ámbito del salón parroquial y en la plaza de los lugares comunes.

La crítica ha tenido su responsabilidad y el arribismo de realizadores recién llegados al medio cultural (que quieren excluir lo popular a como dé lugar, como deseando desconocer el propio origen social) han terminado por dilapidar muchos esfuerzos productivos. Los gé- neros son expresiones de lo consensuado por una mayoría que ama el reconocimiento fácil y las formas canónicas, pero que en cambio exige emociones intensas y auténticos simulacros de lo real… aunque sepan que son mentiras imaginarias, es decir verdades estéticas.

Intentos ha habido en el reciente cine chileno. Nicolás López y sus comedias son un ejemplo, fallido tal vez expresivamente por cierta pereza que le impide elevar sus proyectos más allá de la total explicitación ramplona. Algo similar le ocurre a Jorge Olguín, que no logra instalar una inquietud imaginaria en un país que vive con el miedo cotidiano. Ernesto Díaz con sus aventuras de improbables karatecas en ambiente criollo ha logrado ir más lejos y suele ser muy celebrado por la crítica, aunque el público no siempre ha respondido como debiera.

Sin duda, el género por excelencia del cine chileno es el documental y, después de él, la comedia, a la que pertenecen los mayores éxitos comerciales del presente siglo, lo que ha relegado al melodrama al desván de la televisión, lo que en Chile es el espacio del simulacro reiterado y de la destrucción permanente de lo que alguna vez tuvo el respeto y la dignidad de lo expresivo.

Nuestro cine tiene olvidado al melodrama por puro arribismo. Ha querido ser “artístico” antes de tiempo.

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Orlando Lübbert (1945), ganador de uno de los premios más prestigiosos obtenidos por el cine chileno, la Concha de Oro de San Sebastián por su célebre «Taxi para tres», sabe de estas cosas y de sus riesgos. Por eso vuelve después de 15 años. Y lo hace con «Cirqo», bajo el dignísimo ropaje del melodrama.

GÉNERO TENSADO

El melodrama es derivación popular de la tragedia, una de las dos máscaras griegas del teatro y aquella en la que se tratan los temas serios y los destinos contrariados de príncipes, reyes y semi-dioses. En su permanente adaptación a los gustos mayoritarios, a la pérdida de las jerarquías y de la fe en un sistema való- rico único, la tragedia se fue arrinconando sola y el siglo XVIII la dejó reducida a una entelequia. Como señal actual de ello, el periodismo televisivo y su desprolijo uso del idioma utilizan la palabra tragedia con facilismo aterrador. El resultado de un partido de fútbol es “una tragedia” para los perdedores. La vulgaridad ya no conoce pudores.

El melodrama podría entenderse como un sucedáneo de la tragedia, asemejándose en la búsqueda del efecto emocional, pero su apelación a lo doloroso y frustrante sigue poseyendo una dosis de expresividad interesante. Un estudioso señala: “El melodrama siempre será un medio de instrucción para el pueblo, porque al menos este género está a su alcance”.

Es probable que por ahí se haya encaminado Lübbert para comunicarse adecuadamente con su público, como antes lo hiciera con la comedia. En ambos casos el envase formal es el realismo. Todo lo que vemos no se debe tanto al género como al modelo de lo real, a la cercanía de la experiencia entre espectadores y personajes, al verosímil figurativo de la imagen cinematográfica.

Género versus realismo, es ahí donde Lübbert juega sus opciones. Lo que a primera vista pudiera parecer una estrategia ganadora y fácil requiere bastante destreza en su manejo y un dominio maduro de sus recursos expresivos.

Dos fugitivos de la ley, Mario y Jaime (Roberto Farías e Iván Álvarez de Ayala, excelentes como siempre) encuentran refugio casual en un circo pobre. Rápidamente se reciclan como payasos e inician una nueva vida que no guarda relación con la anterior y de la cual sabremos muy poco. Tampoco sabremos la causa que obliga a Martínez (Pablo Krögh), jefe de algún rango en el aparato represivo, a perseguirlos con tanto encono, al punto de introducirse en la vida de la mujer de Mario (Blanca Lewin), seducirla e instalarse a vivir con ella y su hija con el solo objeto de atrapar al fugitivo. Si la situación es un poco difícil de tragar, aun tratándose de un melodrama como este, es por la tensión permanente que el género escogido opone al marcado realismo de la puesta en escena y que Lübbert deja fluir confiado en que esa sea la mejor estrategia para llegar a un pú- blico medio de amplio espectro y de frecuente consumo televisivo. También por eso es que la construcción sicológica de los personajes es un poco plana y el rol de la esposa resulta poco interesante frente a la disyuntiva moral que se le presenta entre su pasado y el nuevo compañero seductor.

AMORES TIBIOS EN TIEMPOS DUROS

La falta de una mayor profundidad en los afectos puede ser un límite del relato: las historias de amor presentes no involucran sentimientos muy arraigados y por lo tanto no corren el riesgo del desgarro, ni tampoco el de la plenitud. Las emociones potenciales en juego quedan dosificadas al nivel que la realidad podría presentar, lo que en un melodrama resulta una riesgosa timidez. ¿Pudor, o tal vez Lübbert no se siente totalmente a sus anchas en los desbordes emocionales del género? Tampoco «Taxi para tres» se luce en este aspecto y es que el cineasta construye sus relatos dentro de un parámetro ideológico que deja limitado espacio para los sentimientos. Esto que en una comedia puede funcionar perfectamente, lesiona la estructura del melodrama en forma más sensible. Sus relatos buscan ser ilustraciones de problemas sociales importantes, más que exploraciones de los sentimientos humanos. Sin embargo, «Cirqo» enfrenta su límite más evidente con clara conciencia.

Estamos dejando fuera un dato importante: la acción ocurre en los años ochenta, los protagonistas son fugitivos políticos y Martínez es un agente represivo de la dictadura, todo lo cual podría ser casi un dato secundario si no fuera por el giro final del relato. Aquí Lübbert es donde más arriesga y donde la apuesta obtiene su mejor ganancia, porque este giro, que enmarca todos los acontecimientos, obliga a releer la película entera desde una perspectiva ideoló- gica. Afortunadamente la ambigüedad triunfa sobre la explicación y el cierre puede amplificar el significado de esa contención emocional para adquirir la dimensión de una alegoría.

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Al centro Alejandro Trejo interpretando a Don Tirso , quien está a cargo del «Cirqo»

Quizás el intento de simbolizar todo no sea pleno, pero la entretención está garantizada y la ilusión circense está bien servida, no faltan los tópicos del suspenso del número peligroso, ni el payaso lacrimógeno, ni el jefe gritón y garabatero, que en manos del actor Alejandro Trejo no se eleva un milímetro de la página en que está escrito. Blanca Lewin y Pablo Krögh no aportan más que con su presencia física a unos personajes carentes de relieve y evolución. Pero el resto del reparto posee variado interés como para construir un mundo poético que sigue existiendo más allá del final de la proyección.

Lejos de cualquier reiteración machacona sobre el tema de la dictadura, «Cirqo» se impone por su amenidad narrativa, su visita discreta y sencilla al olvidado terreno del melodrama y por un cierre inquietante que puede estar recordándonos mucho de lo que más hemos querido olvidar en este Chile del siglo XXI.

Comentarios

  • “No puedes esperar que los dos extremos de una caña de azúcar sean dulces”, Proverbio.
  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).