,

CRUZANDO UNIVERSOS

18/10/17 — POR

En su bella escritura, con ecos de Herta Müller, Elfriede Jelinek e Ingeborg Bachmann, Isabel Mellado nos convoca a su partitura sensorial, un verdadero viaje iniciático.

Por Nicolás Poblete Pardo.

 
87_Literatura_IsabelMellado

Isabel Mellado, se toma cada frase como un verdadero ejercicio de traducción: en su narrativa se percibe el dilema que enfrentan los traductores, y también los músicos que transforman en sonido impalpable lo que se puede plasmar en una hoja de una obra musical.

«Vibrato» es una obra donde se mezclan música y literatura de modo muy original. Su escritura destaca por el uso de giros lingüísticos de alto nivel poético y por sus piruetas léxicas que nos hacen detenernos y saborear este imaginario donde cada palabra parece haber sido escogida con pinzas. Y es que Isabel Mellado, quien vive hace veintisiete años en Alemania, se toma cada frase como un verdadero ejercicio de traducción: en su narrativa se percibe el dilema que enfrentan los traductores, y también los músicos que transforman en sonido impalpable lo que sí se puede plasmar en una hoja de una obra musical. Esta novela consigue convocar una serie de preocupaciones vitales (el ser extranjero, la sensación de desarraigo, la imposibilidad de la comunicación en la pareja, la necesidad de madurar, el dolor de perder a seres queridos) a partir de un formato que hace uso de cierta experimentación, para componer una bella partitura. Según la escritora Nona Fernández, “«Vibrato» es la obra de una autora que escribe con la misma pasión y compromiso que se requieren para interpretar una sinfonía”.

Lo que más llama la atención de «Vibrato» es su marcado tono lírico, que llega a altos niveles de inspiración. La voz narrativa, mediatizada por su perceptiva protagonista, va designando la realidad con observaciones que realmente requieren una segunda lectura para apreciarlas en su magnitud. Frases como “Donde hay ojos inteligentes, hay quizá cariño inteligente”, “El miedo es un virus que sabe mutar”, “cae granizos como dientes de leche”, “con las teclas negras del piano se puede componer la noche” o “lloré porque mis tímpanos aún no habían escuchado lo suficiente del ruidoso universo”, ayudan a Clara a lidiar con la realidad de una extranjera viviendo en Berlín. Así, mucho más que la historia misma de esta mujer, lo que Mellado busca es privilegiar el “cómo” se cuenta una historia, esa mirada particular, única.

–«Vibrato» puede verse como una obra autobiográfica o “autoficcional”. ¿Cómo integras estas semejanzas entre personaje y autora? “Lo que me une a Clara, la protagonista, es media vida con el estuche de violín en una mano y la maleta en la otra, la conquista de un nuevo lenguaje –el alemán– y la pasión por la comida. Ficción significa fingir, modelar. Como músico profesional, conozco bien la materia de la que trata «Vibrato». Por otro lado, me estimula desobedecer a la partitura y a la realidad, porque la escritura es memoria y creación. Mi afán es trascender lo autobiográfico y con la distancia justa, en beneficio de la novela, procurar un texto amplio que, entre otras cosas, ofrezca una mirada o, para ser más precisos, una escucha inédita al hermético mundo de la música clásica. A lo largo de 99 compases, fragmentos de existencias, los personajes en contrapunto de voces reflexionan sobre el supuesto éxito y su precio, las prioridades y los sucedáneos, lo íntimo y lo global, la amistad, la pérdida, la integración. Narran sus historias, que conforman una especie de sinfonía de tono existencial y sibarita”.

–Hablas de la necesidad de sanar un background familiar desde el dolor que representa un tipo de desalojo y exilio. También está la noción de archivo y un afán de documentar la historia. Esto también se relaciona con el padre ausente y alcohólico. Pienso en este padre ausente como patria ausente. “Cuando las cosas se ponen difíciles, Clara y su hermano se encierran en un compás, lo habitan repitiéndolo una y otra vez e intentando meter todo dentro, buscando encontrar, allí al menos, un tiempo perfecto. «Vibrato» es una novela acompasada, porque el compás es la unidad de tiempo que menos hiere. La música está escrita en compases, el público no los percibe como tales, pero sí el intérprete, que con su instrumento y el gesto unificador de un director, va cruzando pequeñas fronteras, las barras de compás, como cicatrices inaudibles. Clara, con la única compañía de su mascota Gerundia, una calavera, y su violín, con el que continuamente revive el sonido de sus muertos (los de su país y otros, los compositores clásicos), parte a Europa cuando el duelo parece desbordarla. Berlín ejercerá de figura paterna. Con metrónomo y también con los sonidos sustentados en lo exacto, las matemáticas, intenta disciplinar la pena, las dudas. En Berlín no le será suficiente conocer el mundo de oído, tiene apetito de sabores y experiencias nuevas, se abre a otros sentidos para sobrevivir, incluyendo el sentido del humor. Se muda a una casa okupa, yendo de lo individual a lo grupal prueba otros registros: un cuarteto de cuerdas, música callejera y la fusión en una gran orquesta sinfónica.

Los músicos son seres desclasados, una noche se presentan en grandes escenarios y por la mañana tocan en un funeral de mala muerte  ¿Ser músico es una profesión o un estado? Es un pequeño país, una alternativa. Allí confluyen músicos desarraigados de distintos orígenes. Tocan con sus delicados instrumentos obras de cinco siglos, llevan un enorme archivo en los tímpanos y en las yemas de sus dedos. Las huellas digitales han sido reemplazadas por las huellas de las cuerdas. Cada cual quisiera ir por su cuenta, son muy individualistas, pero un buen ritmo y un buen director los ata en racimos de sonido. Creo que la orquesta también puede considerarse una familia disfuncional, pero familia al fin, ¿quizá esto sea por fin pertenecer para Clara?”.

–Aprender un instrumento es aprender a apegarse a la vida. El violín es para Clara una tabla literal de salvación: es un árbol, es madera, arma y ataúd. Es “mi ancla, mi flecha”, una suerte de prótesis que le provoca pesadillas y un miedo de castración. Un ladrón le aserrucha el brazo, en una de sus pesadillas; en otra, el fuego devora su violín. “A ella le asombran esas clínicas de desintoxicación donde, con su hermano, visita al padre en la infancia. En vano intenta durante un mes desintoxicarse de la música, ser más ‘normal’. El hermano de Clara, verdadero artista y un outsider, teme ser instrumentalizado por su instrumento y deja el violín. Pese a que su estudio le supone éxtasis y obsesión, paraíso e infierno sobre la cuerdas, a Clara le es imposible imaginarse sin su violín, ¿acaso todas esas horas dedicadas a dominar un instrumento significaron descuidar el resto? Porque para ella, como para muchos músicos, siempre fue la música y el resto. Frente a una partitura, encerrada entre cuatro paredes, el violín es una suerte de embudo que le permite sumarlo todo, intentar abarcar algo del mundo que se le escapa, compendiándolo en los tonos que interpreta. Ya sin violín las cosas se complican”.

–También haces observaciones respecto al género. “Apenas hay mujeres directoras”, se comenta. ¿Cuál es la relación entre género y el mundo de la música? Esto también lo vemos en la relación con Hans. En una de sus conversaciones él le pide que se disfrace de Clara Schumann. En un pasaje punzante, ambos admiten amar más a la música que uno al otro.“No aspiré a conseguir un análisis profundo de la condición de la mujer en la música clásica, pero plasmé algunas preguntas que me inquietan y para las que aún no encuentro respuestas. La relación de Clara con su esposo, Hans Pappe, un temido crítico musical alemán, es extraña pero nada inusual entre parejas de culturas diferentes, he observado. Al comienzo, la curiosidad mutua hace las veces de subtítulos. Imaginan estupendos textos para escenas de la vida común, pero a menudo los subtítulos no se ajustan y los superan con creces. El turismo emocional los ha agotado. Entre Clara y Hans se produce entonces un juego epistolar y de máscaras; aparentando ser otros, disfrazados de Brahms y Clara Schumann consiguen por momentos vencer su afán competidor y tanto miedo a la intimidad. También Clara utiliza el violín como máscara”.

87_Literatura_IsabelMellado2

«VIBRATO» Isabel Mellado Alfaguara 307 páginas $14.000

 

Comentarios

  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.
  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.