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CUANDO LAS BUENAS INTENCIONES SE TOMAN LA ESCENA

29/01/18 — POR

«Todas esas Cosas Maravillosas», de Duncan MacMillan, aborda el suicidio y la depresión de manera amable y esperanzadora. Álvaro Escobar protagoniza la versión chilena, que vuelve a la cartelera en enero.

Por Marietta Santi.

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Nuestra sociedad no habla cotidianamente de la depresión y menos aún del suicidio, convirtiéndolos en un estigma. Y cuando el teatro se hace cargo de esos temas, la mirada suele ser trágica o, por lo menos, oscura. Por eso, «Todas esas Cosas Maravillosas», del inglés Duncan MacMillan (37), con su mirada honesta y despenalizadora de esos males tan presentes en el mundo contemporáneo, resulta una sorpresa, un bálsamo y una especie de terapia colectiva.

La versión chilena, protagonizada por Álvaro Escobar y dirigida por Alejandro Castillo, no sólo obtuvo buena crítica, sino que fue una de las obras más vistas de 2017. Así, su regreso a la cartelera de enero en el Teatro de la Aurora ofrece una alternativa más que recomendable.

«Todas esas Cosas Maravillosas» («Every Brilliant Thing») surgió de unas cuantas líneas que MacMillan escribió para una actriz en una de sus primeras obras. Luego se convirtió en un monólogo que iba a darse a público una sola vez, dirigido por George Perrin, pero logró vida propia gracias a la reacción del público. Finalmente se estrenó en 2014 en el Festival de Edimburgo con el actor Jonny Donahoe como protagonista, y comenzó así un viaje internacional vertiginoso, que aún no para y que fue recogido en un documental.

¿Cuáles son las razones del éxito? La primera es la historia. El narrador parte recordando cuando tenía siete años y su mamá intentó suicidarse por primera vez. En el hospital el niño decide ayudar a su madre a superar la depresión y para eso elabora una lista con todas las cosas maravillosas por las que vale la pena vivir. La enumeración comienza con helado, y sigue con las cosas con rayas, el color amarillo, ver televisión hasta tarde, etc.

Luego de ese episodio vino otro incidente similar, cuando el protagonista tenía 14 años. Entonces continuó su lista, que escribió en papeles que le dejó a su mamá encima de la cama, en la cocina, en la mesa… Nunca supo si ella los leyó. El relato sigue con la universidad, el amor, la adultez, sus problemas de pareja y, finalmente, con el suicidio de la madre. Durante todos estos sucesos la lista crece y alcanza a un millón de cosas maravillosas.

Lo segundo es la forma de integrar al público, sin generar tensiones ni convertir la puesta en un show. Antes de que comience la obra, el actor reparte papelitos numerados escritos con “cosas maravillosas” entre el público que va entrando a la sala. Luego, durante la función, dice un número y el asistente que lo tiene debe leer lo anotado. También convoca a los espectadores para que lo ayuden con su narración e interpreten personajes como una veterinaria, una profesora, y su padre.

La luz de sala siempre está encendida y los recursos escénicos son mí- nimos, sólo unas entradas de música ayudan a la atmósfera. Toda la exigencia descansa en el talento interpretativo del protagonista, que debe hacer que parezca fácil lo difícil, y naturales las palabras aprendidas. La acción semeja una charla distendida con amigos, pero el texto no cae en concesiones ni facilismos. Es agudo, serio, profundo. Y de igual manera acogedor.

Lyn Gardner, crítica de «The Guardian», escribió que “lo mejor de todo, este es un espectáculo que realmente abraza a la audiencia”. Y Ben Brantley, especialista de «The New York Times», señaló que “ser parte activa de su equipo creativo quita el frío de las profundidades de un invierno hambriento de luz”.

Por su parte, en Chile, Pedro Labra, de «El Mercurio», acotó que “esa cercanía e intimidad hace que la representación funcione a la vez como un juego interactivo; por abordar los espinudos temas que trata, depresión y suicidio, parece también una suerte de terapia grupal de autoayuda”.

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McMillan.

TERAPIA DE GRUPO

En diversas entrevistas, MacMillan (el más destacado de los autores británicos de la generación subcuarenta) ha señalado que «Todas esas Cosas Maravillosas» surgió del deseo de poner en la discusión algo que socialmente se silenciaba. “No vi a nadie discutir la depresión suicida de una manera útil, interesante o precisa”, fueron sus palabras.

En «Theatermania.com» señaló que la obra realmente se trata de cómo vivimos en la tierra como seres humanos: “Es de esperar que te haga sentir elevado. No es un espectáculo sentimental, escandaloso. Ojalá articule la complejidad de estar vivo y te haga sentir feliz. El gesto detrás de la obra es encontrar la manera de hablar sobre las cosas más serias de una manera no grave. Algo que falta en nuestra cultura, en las discusiones sobre salud mental. En los medios, la depresión en general es tratada como un tabú o es fetichizada. Nunca escuchas sobre las personas que trabajan de nueve a cinco y se quitan la vida; escuchas sobre los artistas y los cantantes y las modelos”.

Álvaro Escobar concuerda absolutamente con el autor. “Hablamos poco o nada de esto porque tengo la sensación de que no queremos molestar a los otros con amarguras ni con depresión, menos en el mundo en que vivimos, donde todos queremos estar bien. Además, hasta hace poco tener un problema mental o un suicidio en la familia era muy mal visto”, reflexiona.

El actor, locutor radial y abogado llegó a la obra cuando vio parte de ella por el cable: “Me sentí cautivado y pasé de una emoción a otra, vertiginosamente”, cuenta. Lo que vio fue el documental «Every Brilliant Thing», grabado en la temporada neoyorquina de la pieza, en el Barrow Street Theater. Inmediatamente se contactó con los agentes de MacMillan, compró los derechos y llamó a Alejandro Castillo, quien lo dirigió en «Visitando al señor Green» en 2007, con Nissim Sharim, y  en el remontaje de 2012, con Edgardo Bruna.

Siempre, detrás de las obras que protagoniza Escobar hay una decisión política. Se evidencia en «Rompiendo Códigos» (2005), donde interpretó a Alan Turing, científico que fuera repudiado por ser homosexual. Y en «Visitando al Señor Green», se puso en la piel de un hombre gay y judío. “Cuando las estrené estábamos lejos del Acuerdo de Unión Civil, lejos de la ley Zamudio. Este país era una caverna de malas ideas y las obras hablaban de inclusión, de tolerancia”, recuerda.

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Imagen de «Every Brilliant Thing», en el Festival de Edimburg

No tiene dudas de la pertinencia de «Todas esas Cosas Maravillosas» en el Chile de hoy: “Hubo muchos suicidios el año pasado. El chico de la Alianza Francesa, la universitaria que usó cianuro, la trabajadora de Falabella. Nuestro país tiene el primer lugar en la tasa de suicidios de Latinoamé- rica, resulta más que claro que esta obra tiene algo que decirnos, ahora”.

En sus entrevistas, MacMillan ha dejado en claro que no se trata de una obra de autoayuda o de una terapia de grupo. Álvaro Escobar está de acuerdo con eso, pero agrega que, sin embargo, contribuye a recobrar el deseo de vivir. “Desde su simpleza, puede ayudar a salvar vidas. Desde la mirada del adulto que narra la historia de su madre depresiva se genera una distancia, y esa distancia permite esquivar el dolor. Hay ternura, hay humor, hay reflexión”.

Agrega que “la lista de cosas maravillosas por la que vale la pena vivir la escribe un niño para salvar a su madre, pero termina salvándonos a todos. Siento que esta obra no es de una temporada”.

Al final de cada función, se ofrece papel y lápiz al público para anotar una “cosa maravillosa por la que vale la pena vivir”. Y, aunque parezca extraño, casi todo el mundo se queda unos minutos para hacerlo.

Se arma una fila larga frente a la mesa con los útiles y, al final, después de escribir, los asistentes se acercan a un saco desbordado de papelitos y suman el suyo. Casi siempre con una sonrisa.

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La obra es representada por Álvaro Escobar y dirigida por Alejandro Castillo

Jueves 18 de enero, Estadio Español, Viña del Mar. Viernes 19 y sábado 20 de enero, 21:00 horas en el Teatro de la Aurora, Avenida Italia 1133. El domingo 21 de enero estará, además, en el festival de teatro del Duoc.

Comentarios

  • “Todas las ideologías que justifican el asesinato, acaban convirtiendo al asesinato en ideología”, palabras de un juez tras la muerte de Isaac Rabin.
  • "Nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación", Mark Twain (1835 - 1910).