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DANIEL LENCINA Y LA TROMPETA EN EL JAZZ CHILENO

20/12/17 — POR

La nacionalidad por gracia que le concedió el Congreso Nacional en 2013 sólo vino a formalizar un hecho inapelable de la historia: el instrumentista uruguayo ha sido un músico chileno por más de medio siglo. Su muerte, ocurrida el último día de octubre, removió los ambientes, desde el jazz de los nichos hasta los públicos masivos que también lo conocieron por su participación televisiva, no sólo como trompetista sino como entretenedor y figura cercana. Aquí un vistazo a solistas del instrumento, uno de los más escasos de nuestro medio, antes y después de Lencina. Tal como los especialistas hablan de la música alrededor suyo: un jazz antes y después de Lencina.

Por Antonio Voland.

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Iba a ser la última presentación pública en vida de la música del uruguayo-chileno. Los productores del programa «Suite Recoleta», al aire en quince radios de Chile, contactaron a Daniel Lencina (1938-2017) para que autorizara la emisión de la música de su primer disco, «Siempre» (2001), editado por el sello Bolchevique Records. Entusiasmado, Lencina había ido en busca de su biblioteca musical para ceder el material, pero sólo un par de días después su salud empeoró drásticamente y lo llevó a una espiral de la que no pudo recuperarse. Lencina luchó durante un año con una fortaleza sorprendente, como testimonian sus familiares, y murió el 31 de octubre pasado. Una fibrosis pulmonar lo había sacado de la música unos años antes. Pequeño, robusto y entrador, la primera vez que estuvo en Chile, en 1962, Lencina recorrió el país de extremo a extremo junto con el grupo Hot Blowers, en una recordada gira de jazz. El pianista Giovanni Cultrera lo vio tocar en el Hotel Antofagasta e inmediatamente llamó su atención. Entonces el nombre de Daniel Lencina apenas se encontraba escrito en su pasaporte de la República Oriental del Uruguay. A él lo conocían como “Bachicha”, músico nacido en la pequeña Fray Bentos, en 1938.

Sus recorridos por Chile continuaron en idas y vueltas. Diez años después del episodio que lo conectó con los primeros jazzistas chilenos, Lencina volvió para protagonizar un concierto histórico. Ya había adquirido un peso específico propio como solista, de modo que fue uno de los líderes del conjunto que se presentó en el Teatro Municipal de Santiago el 5 de agosto de 1972, en la primera noche de la historia que ese escenario dedicó al jazz. Radicado definitivamente en Chile en 1974, “Bachicha” dejó de ser “Bachicha” para convertirse en Lencina, un sello que fue mucho más allá del circuito de melómanos.

Esto porque ese año creó el programa televisivo «Tiempo de swing», que insospechadamente se transmitía en horario estelar en una Televisión Nacional de Chile ahora intervenida por el régimen. Fue un eco de las primeras experiencias que Lencina había tenido en la televisión pública en su país y en Argentina, en los años 50. Con un octeto coliderado junto al pianista Ronnie Knoller, lanzó el LP del sello Arena «Tiempo de swing». Luego vendrían otras apariciones en el set, lo que le granjearía una popularidad notoria: «El teléfono musical», «Acompáñeme» y, por supuesto, «Sábados gigantes», donde estuvo hasta 1993 y para el que escribió el famoso tema de «Gigante show».

Su trompeta era la de los héroes históricos, desde Louis Armstrong, de quien adquirió también un estilo de canto en sus conciertos, a Dizzy Gillespie, de quien tomó su trompeta torcida, la misma con la que aparece en la portada de su disco «Siempre». También Harry James, como consigna el relato del baterista Orlando Avendaño, quien tocó en su octeto televisivo: a los diez años, “Bachicha” vio una película de Esther Williams. La estupenda nadadora no produjo un efecto tan importante en él como lo hizo el trompetista Harry James en una escena de la cinta. Ese día Lencina quedó atrapado en la música para siempre. Los músicos coinciden que hasta su aparición, el jazz chileno seguía siendo un experimento de aficionados, con una importante dosis de desprolijidad. Su dinámica como solista y su amplio conocimiento de los repertorios contribuyeron también a mejorar la experiencia del público. Por distintos lados, los nuevos músicos de la época también se unieron a un ritmo de profesionalismo.

Muchos años después, en el último período de actuaciones, Lencina sustituyó el famoso cuarteto que había formado a mediados de los 70 para tocar a dúo con Valentín Trujillo. El pianista recordaba algo más que su pachorra uruguaya: tenía un archivo musical en la memoria de más de 300 temas, que tocaba al pie de la letra, aunque con variaciones improvisadas, muchas veces sobrepasando la melodía original. Sus sidemen solían encontrarse acorralados: con él nunca existieron los ensayos. La mecánica estaba en “el aquí y el ahora”, y quien no conociera una melodía escogida por Lencina, no podía estar en su conjunto.

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© MEMORIA CHILENA

LUIS “HUASO” ARÁNGUIZ (1912-1989)

Perspicaz, hábil, inventivo, canchero, divertido y también holgazán, Luis Aránguiz es lo que por definición se considera un músico chileno popular. Para el musicólogo Álvaro Menanteau, autor de «Historia del jazz en Chile» (2003, Ocho Libros), es además el gran trompetista de la historia de esta música. Uno de los que primero captaron los aires de cambio que estaban soplando a inicios de la década de 1940. Hasta entonces él integraba orquestas de lo que Menanteau ha denominado “jazz melódico”: agrupaciones alrededor de algún director de renombre que tocaban repertorio swing, pero también otros ritmos bailables de la época, en salones, hoteles o radios. Aránguiz, quien se ganaba la vida en estos terrenos, detectó a aquellos músicos jóvenes que crearon el Club de Jazz en 1943, de modo que tras sus habituales jornadas de trabajo en las orquestas donde tocaba arreglos de oído noche a noche, él aparecía por la sede de calle Santo Domingo para improvisar con aquellos nuevos músicos. Su categoría como solista lo llevó a encabezar las formaciones de Los Ases Chilenos del Jazz de 1944 y 1945. Según una mitología urbana, su apodo de “Huaso” venía del antiguo burdel donde se había criado, regentado por una comadrona conocida como la “Huasa”. Luis Aránguiz marca con fuego una parte de la historia de la trompeta en Chile, la época donde figuraron otros nombres: Tito Rodríguez, cofundador del Club de Jazz; Abdón “Chito” Somoza, o Roberto “Mono” Acuña, astro de la Orquesta Huambaly.

EUGENIO “YUYO” RENGIFO (1940-2012)

Al porteño Eugenio Rengifo Bacelli se le considera un sucesor del “Huaso” Aránguiz, aunque su nombre no llegara a tener toda la fama ni figuración en el tiempo. Tras su muerte, ocurrida en Quilpué en 2012, la ciudad donde él además fue concejal consagra un festival de jazz en su memoria. Su memoria también está conectada a la figura de Louis Armstrong, su ídolo y de quien tomó un estilo que lo acompañó hasta el final. Primero en el Club de Jazz de Valparaíso, entre cuyos fundadores estaba su padre, y luego en el Club de Jazz de Santiago, “Yuyo” Rengifo sorprendió con el sonido, el fraseo y el vibrato “a la Satchmo” (el apodo de Louis Armstrong). No fue sólo un contacto a través de grabaciones, En 1957, cuando Armstrong visitó Chile y dio un concierto en el Teatro Astor, el Club de Jazz organizó una comida en su honor. Hasta allí llegó “Yuyo” Rengifo, quien tocó la trompeta para el astro, que, conmovido, abrazó al adolescente. Luego diría a la prensa de su país que un muchacho chileno le había recordado sus propios inicios en la trompeta. Rengifo fue contemporáneo de trompetistas como Sergio Acevedo, Pablo Aguirre, Edgardo “Tribilín” Oyarce, Álex Aparicio o Enrique Planas.

CRISTIÁN CUTURRUFO (1972)

Una noche en el escenario de El Living del Centro de Arte Alameda, Cristián Cuturrufo estuvo cerca de morir carbonizado. Una llama le encendió la frondosa cabellera, pero fue extinta a tiempo por uno de sus músicos. En otra ocasión, el trompetista protagonizó una maratón de horas de música en directo con siete presentaciones seguidas, alternando apariciones en los clubes El Perseguidor y Miles, del barrio Bellavista, donde entró y salió para tocar casi hasta el amanecer. El coquimbano es todo un personaje en el jazz local y es, sin lugar a dudas, el sucesor de Lencina. Desde lo musical toma el lado bebop del uruguayo, y desde lo generacional ha sido el trompetista que recibió el testimonio en la posta de este instrumento como un nombre propio. Frente a otros trompetas de los 80 y 90, como Gustavo Bosch, Cristián Muñoz, José Vergara o Gerhard Mornhinweg, que se desempeñaron como músicos de big bands, Cuturrufo fue un solista sin par. Y con tres líneas de acción –el bop puro y duro, el latin jazz y el jazz funk– ha sido un líder generacional. En su historial se exhibe una discografía de diez títulos, la creación de dos clubes de jazz y la dirección de una serie de festivales regionales.

SEBASTIÁN JORDÁN (1981)

El quillotano Sebastián Jordán viene a ser el trompetista de una época. Su aparición rompió con la hegemonía que tenía Cuturrufo, lo que de cierto modo instaló dos tipos de escuelas trompetísticas para un jazz multiplicado en rumbos durante la década de los 2000. Jordán aparece en el disco que inaugura esa época, «Fiasco contemporáneo» (2003), del guitarrista Nicolás Vera, y en adelante sería clave en la puesta en marcha de espacios como el club Thelonious, que abre ese mismo año, y donde se ha escrito la historia reciente. Como solista, es dueño de un sonido y de una narrativa únicos, y ha alternado participaciones en conjuntos casi opuestos, desde el sexteto de jazz fusión de Pablo Lecaros hasta el septeto de jazz avant-garde de Martin Joseph. Y si tiene que elegir, el quinteto es su modelo favorito. Con ese formato ha grabado dos de sus mejores trabajos: «Afluencia» (2009) y «Trapecista» (2015).

SEBASTIÁN CARRASCO (1983)

La suya es una exploración que se interna en zonas abstractas y hostiles de la música. Contemporáneo de trompetistas de la Universidad de Chile, como Benjamín Vergara o Rodrigo Arenas, donde conoció la modalidad y el rigor de la trompeta clásica, Sebastián Carrasco fue derivando hacia territorios prácticamente opuestos a esa práctica docta. Primero, como alumno de los famosos talleres de improvisación del inglés Martin Joseph, desde donde se generó una escuela de músicos experimentales y, luego, con una activa militancia en las escenas del underground capitalino, que lo ubicaron como una suerte de oveja negra dentro del jazz y sus derivados. Ha integrado grupos como LaKut, exponente free rock, y el sexteto del clarinetista Mauricio Barraza, así como la nueva banda de la ex cantante de Fulano, Arlette Jequier, próxima a editar su primer disco.

ALEJANDRO PINO (1990)

Apenas dos instrumentos son suficientes en uno de los trabajos más interesantes del jazz actual. En el disco «Atmósfera» (2016), el pianista Valentino Baos se unió al trompetista cañetino Alejandro Pino, formado entre el Orfeón Juvenil de Cañete y la Universidad de Chile, donde estudió trompeta clásica. Juntos elaboran una serie de conversaciones bilaterales, como si se tratara de dos amigos. La música llamó la atención de los especialistas, quienes lo seleccionaron entre los finalistas al premio Pulsar de este año en la categoría Jazz. Allí, Pino concreta sus capacidades como solista de la trompeta dentro de un jazz contemporáneo, luego de tocar con el septeto de Martin Joseph y con el Ensamble Quintessence, donde su sonido se aprecia en los álbumes del año 2015 «Roundabout» y «Décimo», respectivamente.

JUAN PABLO SALVO (1999)

Dos mil diecisiete fue un año determinante para la trompeta. En octubre murió Daniel Lencina, y poco antes el dieciochoañero Juan Pablo Salvo apareció sorprendentemente en el Festival Thelonious Chile con su quinteto para presentar una obra de alcance. «Elementos», una suite en cuatro movimientos que marca el despegue del más joven de los trompetistas del jazz chileno. Formado en la Escuela de Música Enrique Soro en trompeta clásica y fiscorno. También tiene instrucción en la Conchalí Big Band, que dejó este año, lo que viene a confirmar la categoría de cantera de esta escuela de niños músicos. Su primer disco es «Mensaje», editado este año por el sello Vértigo.

Comentarios

  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.
  • “Me gusta que el flequillo me cubra los ojos: eso me ayuda a tapar las cosas que no quiero ver”, Raquel J. Palacio, escritora estadounidense.