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De memoria, mecánica y precisión.

07/06/18 — POR

Este Fenómeno habla de la Maestría de Lillo en la elaboración y en la estructura, siguiendo la más pura tradición estadounidense de autores como Flannery O`Connor (1925 – 1964) o Jhon Cheever (1912 – 1982). Ellos retrataron magistralmente la infelicidad y el infortunio de la clase media, que juegan papeles esenciales dentro de la miseria espiritual y física de sus personajes.

Por Jessica Atal K.

Marcelo Lillo escribe desde los 15 años, pero su primer libro lo publicó recién a los 50. Ahora, a los 60, lanza «De vez en cuando, como todo el mundo», una recopilación de cuentos –30 en total– que dan fe de su sobria e intensa escritura.

Lillo tiene la virtud de comenzar con una sencillez casi incómoda. Se lee casi sin esperar nada de sus relatos. Pero, de repente, éstos dan unos giros que no sólo remecen emociones fuertes, sino también logran finales inesperados, los del cuento perfecto, a veces sin que ocurra nada trascendente y, de todos modos, dejando esa sensación de que aquí pasó algo, algo importante, un pedazo de vida extraordinario, aunque común, sin saber cómo ni qué exactamente.

Este fenómeno habla de la maestría de Lillo en la elaboración y en la estructura, siguiendo la más pura tradición estadounidense de autores como Flannery O’Connor (1925-1964) o John Cheever (1912-1982). Ellos retrataron magistralmente la infelicidad y el infortunio de la clase media, que juegan papeles esenciales dentro de la miseria espiritual y física de sus personajes.

Cada cuento de Lillo es un mundo diferente, aunque se repitan los mismos escenarios o, de un relato a otro, se parezcan los personajes: una pareja pasa días en la cama, sin salir de su casa, mirando televisión el día entero, cesantes y sin plata, hasta que ven por la ventana a la vecina entrando con una torta a su casa. Por hambre, cruzan y tocan la puerta. Lo que presencian es el cumpleaños de un niño de cinco años junto a su madre y su abuela. Es una escena triste, agresiva y deprimente. Lleva por título «La felicidad», y es uno de sus mejores cuentos.

En «Vírgenes», un joven pierde la virginidad con la mujer que será su madrastra el día después de que su padre la ha traído a dormir con él. Durante la noche, el hijo escucha, sin alternativa, las relaciones sexuales de la pareja. Otro muy atractivo, donde la nostalgia está marcada por una lluvia que no cesa, es «El fumador», un escritor que vive en su auto viejo, con todos sus libros adentro, y se gana la vida vendiéndolos y, quizás, contándole historias falsas a la gente que conoce en el camino.

Hay en las atmósferas de Lillo un “olor a gallinas” que hay que matar, porque acarrean infecciones. Hay dolor y desamparo que cargan muchos de estos personajes que no son nada –una mujer alcohólica y un marido que limpia su desorden y la acuesta borracha cada noche–, y cargan con una capa de desprecio por la vida, incluso asco. Los retratos de Lillo parecen fotografías nítidas de la vida de clase media, de hombres “civilizados”, que pasa frente a la pantalla de un televisor. El aparato se convierte en un personaje más, en el más complaciente, como esa amante que no hace preguntas, que sólo espera que el hombre vuelva a aparecer en su puerta después de dejar en casa a su mujer.

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Recomendable y entrañable

Un pequeño ensayo, “un breve elogio”, lo llama el autor, es «De memoria», de Pedro Gandolfo, que justamente trata sobre esa misteriosa y fascinante facultad humana que es la memoria. Hay varios tipos de memoria y diferentes grados de olvido y Gandolfo los describe, deteniéndose, con ritmo pausado y elegante, en cada uno de ellos para ir subrayando sus virtudes. Especial lugar tiene en este libro la importancia de la memoria en el acto de escribir. La prosa de Gandolfo tiene algo de vaporoso y de proustiano (no sé por qué se me ocurre que es un obsesivo lector de «En busca del tiempo perdido» y, claro, está presente en su obra una y otra vez). Lo que no se pone en duda es el mérito de ser un gran lector y, por lo mismo, con la capacidad de ser un erudito a la hora de escribir sobre algún tema. Este elogio a la memoria está escrito porque “es ella la que sostiene la propia identidad” y porque, además, “vivimos en la memoria”. Para existir y desplegarse, la memoria necesita holgura, amplitud y un horizonte libre. De la misma manera, diría yo, es como escribe Gandolfo, logrando un perfecto equilibrio entre la mente que piensa y el lenguaje pausado, cuidado, inteligente y, por qué no, mágico también, que caracteriza su escritura. Siempre recomendable y entrañable.

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Comentarios

  • “Ha sido un gesto de amor, un acto provocado por el poder del arte. Seguro que el artista lo comprenderá”, joven camboyana al besar una obra de Cy Twombly en 2007
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.