De snarks, profecías e intencionalidades

17/05/17 — POR
Ni tan leída ni tan poco conocida, esta es una pieza de colección. se trata de un poema subtitulado «Agonía en ocho espasmos», y narra la disparatada expedición comandada por el capitán en busca de una especie mitad serpiente y mitad tiburón.

No vamos a descubrir a Lewis Carroll (1832-1898) a estas alturas. Ya está instalado, merecidamente, en el panteón de los inteligentes, sutiles y perspicaces; pero también lo está en el panteón del humor fino, la imaginación y el espíritu juguetón. Mucho queda dicho sobre él cuando consideramos que escribió «Alicia en el país de las maravillas» (1865), pero también una «Lógica Simbólica» (1896).

Se apuesta sobre seguro si se supone que el primero de esos libros debe sumar una lectoría abrumadora, en tanto el segundo debe estar entre sus textos menos conocidos y leídos. Ni  tan  leída  ni  tan  poco  conocida, «La caza del Snark»(1876) es una pieza de colección. Se trata de un  poema  subtitulado «Agonía en ocho espasmos», y  narra  la  disparatada  expedición  comandada  por  el Capitán  en  busca  del  Snark,  una  especie  que  es  mitad serpiente (snake) y mitad tiburón (shark). Como una entidad misteriosa digna de su condición, del snark no se sabe ni poco ni mucho, lo suficiente como para constituir una incógnita intolerable que merece una solución urgente y sin dilaciones. Guiados por un mapa que no contiene indicación alguna, en un barco que por períodos navega hacia atrás, y una tripulación perfectamente inepta, la expedición es una redonda estupidez.

Por razones que podrían recomendar exactamente lo contrario, el Capitán decide el desembarco en una playa que no puede sino ser el lugar perfecto para dar con el snark. Equívocos más, equívocos menos, la búsqueda se da por finalizada con el más completo fracaso y con la sola conclusión de que el snark es un boojum, la más peligrosa especie de snark.

¿Qué pretendía Carroll con este poema, si es que pretendía algo? Para aumentar la atmósfera de incertidumbre, indefinición y paradoja, respondió con elusivas que, suponemos, debieron incrementar su buen humor y la convicción de que era un juego digno de jugarse. Se permitió, pues, algo así como un año después, decir que no sabía qué significaba el poema. Sostuvo también que se trataba de un sinsentido y no pudo dejar de formular una idea que no hace sino tirarle combustible al fuego: “Las palabras significan más que lo que pretendemos que signifiquen cuando las usamos, de modo que un libro entero debería significar bastante más de lo que pretende un escritor”. Lo disfrutaba, sin duda. En una revista de 1887, y algo más de una década después de la publicación del poema, escribió:

“He recibido periódicamente corteses cartas de lectores desconocidos que quieren saber si «La caza del Snark» es una alegoría, o contiene algún oculto sentido moral, o es una sátira política: y a todas estas preguntas no puedo dar sino una respuesta: ‘no sé’ ”.

Tal vez nadie ha sintetizado tan bien el asunto del libro  como Williams y Falconer: “Describe  con  infinito  humor  el viaje imposible de una tripulación improbable para dar con una criatura  inconcebible”.  Carroll  debió sentirse complacido con todas las especulaciones  referidas  al  propósito que habría tenido para escribirlo y guardó riguroso silencio, de modo de no orientar interpretación alguna. Probablemente, todas las interpretaciones calzan, por contrapuestas que puedan ser: una alegoría sobre el origen de los mitos y las religiones, sobre la dinámica de las creencias compartidas y la increíble credulidad que las refuerza, sobre la desigual estructura social de su tiempo; una sátira sobre la filosofía hegeliana del Absoluto (como lo sostuvo F.C.S. Schiller), o sobre cualquiera de los tantos conceptos universales abstractos que abundan en la literatura filosófica y que son tan abarcadores como inentendibles.

El snark es la invención de quienes creen en él y ven confirmada su existencia una y otra vez en una secuencia interminable de causas, indicios, señales y mensajes. Así, el snark está en la idea de profecía autocumplida, de W.I. Thomas: una vez que hemos definido la realidad de cierto modo, no hacemos sino convertir todas las ocurrencias, contingencias y azares en confirmaciones inapelables  de  nuestra  definición  previa.  Cuando  se piensa  como  martillo,  todos  los  objetos  del  entorno parecen clavos. La idea puede aplicarse por todas partes, se trate de ideología, economía, religión, amores o ensoñaciones. El snark, por supuesto, está igualmente en las tesis recientes de psicólogos cognitivos, neurocientistas y evolucionistas, según las cuales el cerebro fue un órgano crucial para la sobrevivencia de nuestros ancestros, proporcionándoles la habilidad para establecer conexiones, ensayar predicciones, atribuir intenciones a los seres y entidades diferentes de los homo sapiens, a interpretar fenómenos como señales. El éxito de estas estrategias cobró su precio, expresado en el desarrollo de una fuerte tendencia animista y antropomórfica que convive hasta hoy con nuestras condiciones reflexivas y racionales, y que cubrió el mundo de quimeras, fantasmas e ilusiones.

No calza en absoluto que Carroll, el autor de «La caza del Snark», el mismo sujeto que dio de su agudeza tantos y sobrados testimonios, no supiera de todo esto. Lo que lo hace tan brillante es que eligiera decirlo de otro modo, casi como sin decirlo, poniéndolo por el revés, en la convicción de que se puede subir hacia abajo y bajar hacia arriba. En suma, el abandono de lo obvio, un tipo paralelo y divergente de pedagogía, una apuesta de seducción sin aviso previo. Entre niñas encantadoras, reinas tramposas, bichos que hablan y animales astutos, permitiéndose violar con sus personajes todas las leyes de la física y de la lógica, haciendo de cada asunto un divertimento, Lewis Carroll fue una hermosa invención de sí mismo.

Comentarios

  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.