Del dolor y la pérdida

29/01/18 — POR

Por Jessica Atal.

Reina María Rodríguez (1952) es cubana y ha ganado varios premios importantes. En una entrevista a «The Clinic» explica que los concursos son su manera de ganarse unos pesos. Es madre de cuatro hijos. Y es una escritora notable. Otra cubana residente en Chile, Damaris Calderón, destaca en ella su resistencia poética y cívica. Su obra, señala Damaris, ha sido una especie de “resistidero”, desbordando el fenómeno de las llamadas “las dos orillas” (Cuba y Miami). Reina María ha permanecido en la isla, pero ha vivido el exilio político o la emigración a través de sus amigos.

Prosas de La HabanaPortada

«PROSAS DE LA HABANA», Reina María Rodríguez. Editorial UV de la Universidad de Valparaíso. Valparaíso, 2015. 195 páginas

 

«Prosas de La Habana» es un libro principalmente de recuerdos, escrito en prosa, pero que bien sobresale por su lírica, su aguda reflexión y la casual anécdota ilustrada con fotografías en blanco y negro tomadas por la misma autora. Habla de la gran Pérdida, primero de la patria y de los grandes discursos, y sigue con la pérdida más íntima, la que deja suciedad, oxidación, cómplice del paso duro del tiempo, del dolor de huesos y “las arrugas que da la miseria”, haciéndose lugar entre los “abusos de confianza que neutralizan aquello que lo saca a flote (al poema) y lo provoca a cada rato: la realidad”.

Esta escritora está permeada de una realidad cruda, inamovible, y su escritura recorre como una cámara fotográfica las imágenes que se superponen rapidísimas, precipitándose al centro de las calles como al centro de las almas (perdidas), que deambulan como obstáculos en un mundo creado para otros. Ella, desde su “escondite”, fotografía y observa como una posesa lo que pasa por delante de sus ojos: comidas que no alimentan (es más, que los dañaron), parques, mesas, bares, viejitos a la salida de un cine también viejo; todo lo que, en definitiva, dejó de ser vida: coger algo con el terror “a no obtenerlo después o jamás”, el trasero de un puerco amarrado a una bicicleta, el destino de las cosas robadas. “Todos son extraños, desconocidos, gente, gente…” y, sin embargo, Reina María los retrata como si fueran parte de ella misma y en verdad lo son. Eso es ella: esta isla y su miseria, donde “no existen los espejos”, porque sería demasiado triste reflejar el panorama. Este libro es el mejor espejo. Nítido, doloroso, agudo, palpitante.

Otro libro muy distinto, pero igualmente doloroso, es «Un hombre extraviado», de Cristián Warnken (Santiago, 1961). Las fotografías en blanco y negro ahora se reemplazan por ilustraciones a color de Danitza Pavlovic, que vienen a complementar el dolor de un hombre que ha perdido a su hijo y se ha perdido a sí mismo.

un hombre extraviado

«UN HOMBRE EXTRAVIADO», Cristián Warnken. Editorial Pfeiffer. Valparaíso, 2017. 101 páginas

Cuarenta poemas hablan aquí de pérdida, de ausencia, de muerte y del sinsentido posterior que lo inunda todo. Esta es, creo, la pérdida que más puede doler en la vida. La pérdida que llega para quedarse y envuelve como una capa más de la propia piel. ¿Hay algo más doloroso que perder un hijo? ¿Un hijo cuando todavía es niño? No lo creo. Warnken abre este libro con el grito angustioso, incrédulo aún de lo que ha ocurrido: “Hijo mío, hijo mío/ ¿por qué me has abandonado?”. Después de ese instante de desesperación ante lo innombrable, viene un camino insoportablemente tenebroso, sin vuelta atrás, abismante. Es un camino que debe recorrerse incluso sin saber adónde ir ni a qué aferrarse, porque ni una sola esperanza hay para lograr despertarse de la peor de todas las pesadillas. Este es “el libro de los niños muertos” y esta es una poesía hecha de señales “emitidas hacia la nada”; sencilla, desdichada, valiente, que no consuela, sino que plantea infinitas preguntas sobre lo que el hombre es capaz de soportar y padecer. Y, claro, la pregunta que se hará el poeta: si es acaso posible que la poesía mitigue, mientras se escribe, el dolor cuando es eterno, la herida cuando jamás se cierra.

Comentarios

  • "Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes", Isaac Newton (1642 - 1727).
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.