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Édouard Manet «Olympia»

17/11/16 — POR
(1863, Museo de Orsay, París). En este cuadro que lleva un nombre habitual entre las prostitutas parisinas del siglo XIX, Manet retoma, tanto en el tema como en la forma en que fue pintado, el llamado que hiciera Charles Baudelaire a pintar la vida moderna.

«Olympia», el cuadro que Édouard Manet (1832-1883) exhibió en 1865 en el Salón de Arte que organizaba la Academia de Bellas Artes de París, invitaba a ser visto de acuerdo a ciertas convenciones, las mismas que permitieron su aceptación en el certamen académico. El nombre del cuadro, la desnudez de la mujer y las flores recordaban a la diosa Afrodita y su pose y los elementos dispuestos en torno a ella aludían a la «Venus de Urbino» (1538), de Tiziano, una célebre pintura del Renacimiento italiano. Al mismo tiempo, la presencia de una sirvienta negra evocaba las exóticas delicias del harem, al igual que las escenas de odaliscas que poblaban las paredes de ése y de los anteriores Salones. En el catálogo, además, la información sobre el cuadro era acompañada por los almidonados versos del poema «Olympia», del pintor y escritor Zacharie Astruc, amigo de Manet.

La pintura, sin embargo, ponía de manifiesto y frustraba, al mismo tiempo, las expectativas de los visitantes del Salón. Frente a ellos, Victorine Meurent posaba absolutamente reconocible y con accesorios vulgares y actuales. Ninguna parte de ella había sido idealizada: las piernas ligeramente cortas, la forma cuadrada de su cara, su mentón en punta, sus pies para nada aristocráticos, la mirada fría y directa. La mano, que en la «Venus de Urbino» cubre inocente y pudorosamente su sexo, en la «Olympia» se apoya con firmeza y ha sido modelada en perspectiva, volviéndose el centro de toda la composición. La luminosa sala con ventanales se ha transformado en la oscura habitación cerrada de un prostíbulo y se ha trucado el perro que descansaba a los pies de la Venus –un emblema de la fidelidad conyugal– por un animal asociado a la brujería y a la traición, el erizado gato negro que no conoce a quien entra en la habitación y ofrece las flores que la sirvienta negra entrega a la prostituta.

El desnudo realista en la escena contemporánea hizo estallar los mismos lugares comunes que la pintura invitaba a emplear. “¿Qué representa esta odalisca con el vientre amarillo, esta horrible modelo tomada quizá de dónde?”, se preguntaba en mayo de 1865 el crítico de la revista «Artiste», y Jean-Léon Gérôme, más directo, la comparaba con “un cadáver en los mostradores de la morgue, esta Olympia de la rue Mouffetard (un conocido barrio de prostíbulos) ha muerto de fiebre amarilla y ha alcanzado un estado avanzado de descomposición”. Un mes más tarde, Amédée Cantaloube escribió en «Le Grand Journal», que la Olympia era una suerte de “gorila femenino de caucho siluetada en negro”, y Félix Deriège, que “el blanco, el negro, el rojo y el amarillo producen una terrible sensación de confusión en el cuadro: la mujer, la negra, el ramo, el gato; todo este tumulto de colores disparatados y de formas imposibles atraen la atención y lo dejan a uno estupefacto”. La crítica y los espectadores asociaron de inmediato el carácter “sucio” del tema a la forma en que la pintura había sido ejecutada: las gruesas pinceladas grises que subrayan el contorno del cuerpo, los violentos toques de color y el fuerte contraste entre los tonos claros y los oscuros, producían el efecto de una desintegración de la pintura. Se trataba, como señaló en defensa de Manet el escritor Émile Zola en 1867, de “una nueva manera en pintura”, en la que el tema representado se vuelve inseparable de la superficie pictórica, de la forma en que ha sido pintado.

Comentarios

  • "Los hombres no cambian, se desenmascaran", Germaine de Staël (1766- 1817), escritora francesa.
  • “El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras”, Woody Allen (1935).