El “48” chileno y los patiperros

15/06/17 — POR
En Europa se conoce como “la primavera de los pueblos”, ese soplo que recorrió el Viejo Continente en 1848 y sacó al propio Richard Wagner a las calles, una brisa que parecía anunciar la llegada de un hombre nuevo, libre. También sopló en Chile, dando alas al arte y despertando un hambre de libertad que estimuló a los artistas e intelectuales de la Generación del 42. Lo que no se recuerda es que junto a esas élites también hubo campesinos contagiados, los que abandonaron el Valle Central para irse a California. Miles de patiperros. Ilustración: Alejandra Acosta

Conocemos bien el 48 europeo, cuando París se llenó de barricadas. Jóvenes indignados y obreros empoderados protestaron porque los ideales de la Revolución se habían evaporado: libertad, igualdad, fraternidad… Todo parecía haber sido un sueño; ahí seguían, incluso con un rey coronado, Luis Felipe I. La crisis económica tenía al pueblo con hambre, como siempre. El derecho a reunión se había suprimido.

En el frío del invierno, estudiantes y trabajadores marcharon unidos, por vez primera. El Gobierno sacó a 30 mil soldados a las calles, y a 40 mil Guardias Nacionales. Al elevarse la tensión, que amenazaba con una masacre, los guardias hicieron lo impensado: se pusieron en medio. Nadie disparó, cayó el Gobierno y el rey emigró a Inglaterra.

Es el comienzo de la Segunda República, con sufragio universal masculino y jornada laboral de horas controladas, entre otros logros. Alemania, Austria, Hungría, recibirán su influencia en lo que se llamó “La primavera de los pueblos”.

En los países germánicos, con artesanos y proletarios empobrecidos por la industrialización y las malas cosechas, miles se desplazaron hacia las ciudades y la miseria. El proceso perdió fuerza por alzas salariales que calmaron a muchos y miles debieron partir al exilio, como el músico Richard Wagner.

En Texas creció una colonia germana, otra en el sur de Chile, fomentadas por líderes que ya no estaban dispuestos a vivir sometidos a una monarquía.

Rodulfo Amando Philippi es uno de los republicanos que, tras la derrota, pierde sus cargos académicos y debe continuar aquí su labor científica. Varios no conservarán su nacionalidad prusiana, para asumir la plenitud de la chilena, una tierra republicana y libre.

Chile también cambió en 1848. Valparaíso, el puerto principal en comercio y finanzas alentadas por casas británicas, estaba perdiendo relevancia. Disminuían los barcos, se acumulaban las cargas. Pero, justo ese año comenzó la fiebre del oro de California, la que salvó al puerto por varios años con sus embarques de trigo que luego se enviarían a Australia e Inglaterra, lo que avivó el ambiente y alentó esperanzas.

Por entonces ya se habían formado los jóvenes líderes de una generación, la de 1842, que se preguntaba por el destino de los ideales patriotas. Poco parecía haber cambiado para las grandes mayorías, todo parecía igual que antes: pobreza sin igualdad, libertad para pocos, nada de fraternidad. Como en Francia, corrió otro aire, liberal.

El Club de la Reforma de 1849, La Sociedad de la Igualdad de 1850 (con Francisco Bilbao), el movimiento revolucionario de 1851 (desde La Serena y Concepción contra el concentrado poder central de Santiago), se suceden con rapidez. También aquí se unen, por primera vez, los intelectuales con los sectores populares.

El “48” chileno demandará cambios a una oligarquía que estaba cómoda en la República Autoritaria, la portaliana, que buscaba asegurar el orden para permitir el progreso. Pero la miseria y los artesanos desplazados por las importaciones, junto a los ideales del “48” europeo, ajizaron el ambiente: “la rebelión de los cigarreros”, “la batalla de las fraguas”…

Son los años de una literatura chilena fundacional romántica, cuyo imaginario libertario llegará al poder en 1871 con Federico Errázuriz  Zañartu y Benjamín Vicuña Mackenna. Es la generación de José Victorino Lastarria (presidente de la Sociedad Literaria), Manuel Antonio Matta, Salvador Sanfuentes, la que quiso echar las bases para crear un ambiente cultural nacional y creativo, acorde a los paisajes e historia del país; las bases de una identidad nacional. Tenemos que escribir como chilenos, dirá Lastarria.

Los patiperros

El año de 1848 también llevó un aire nuevo al corazón del Chile clásico, el Valle Central. Jóvenes, hijos de campesinos, por siglos pegados a la tierra y con ella como único destino, vivirán cierta independencia desde 1812, cuando comienza el Ciclo de la Plata en Agua Amarga, mineral donde llegarán cerca de tres mil personas. Arqueros en la década siguiente, el fabuloso Chañarcillo en 1832, Tres Puntas el mismo año clave de 1848, les abren nuevos horizontes. Más allá de sus cerros, embarcándose hacia un futuro con relumbre minero.

Un reciente y notable libro de Fernando Purcell («Muchos extranjeros para mi gusto», FCE, 2016) sobre el rol de mexicanos, chilenos e irlandeses en la construcción de California, de 1848 a 1880, da cuenta de esa su mayor aventura; el viaje de largos meses hasta California, en busca de oro y otra vida. Chilenos y mexicanos padecerán violentos bullyings –incluyendo numerosos linchamientos ilegales–, y el desprecio de los gringos que los tratan de greasers (grasientos). Pero esa misma discriminación hará surgir un sentimiento de identidad latinoamericana que, ahí en el sur de Estados Unidos, dará origen a la primera “comunidad hispana”.

Una carta citada en el libro refleja, cabalmente, la actitud de los gringos. Escrita el 15 de agosto de 1855 por Thomas Seward a su hermana Lucy, dice: “Estamos pasando por tiempos riesgosos en las minas matando chilenos, pero supongo que no sabes quiénes son. Son habitantes de Chile, uno de los países de Sudamérica, que son una mezcla de españoles e indios. Hay muchos aquí y han estado cometiendo asesinatos y robos por un buen tiempo, por lo que los mineros están disparando a cada rato y colgando a cada chileno que encuentran”.

Por supuesto, la gran mayoría no eran asesinos y ladrones. Pero (y el problema recrudeció al disminuir el oro –muchos no encontraban nada) los inmigrantes eran fáciles de culpar y, como desahogo, robarles o darles muerte, incluso a los almaceneros chilenos de San Francisco.

La solidaridad latina surgió de la necesidad, pero fue mucho más allá. Cuando los franceses invadan México, los chilenos responderán. Cuando España bombardee Valparaíso, los mexicanos contribuirán. Lo de las repúblicas hermanas, en un sentido real, nació entonces en California.

Docenas serán los buques que unan a Valparaíso con San Francisco, sellando un destino común para miles de chilenos. Quienes no viajaron, tampoco fueron los mismos después. Todos tenían un pariente allá, un conocido, las noticias eran frecuentes en los diarios, Chile tenía una “nueva frontera” que iba mucho más allá de sus límites.

El libro de Purcell permite ponderar mejor la presencia y el aporte chileno. Trabajo valioso, cuesta entender cómo, tratándose de un tema tan relevante y visible, no había sido antes abordado de manera integral. Leyendo sus páginas, uno siente que, a nivel popular, el espíritu de la Independencia sólo surgió, para el Valle Central, en 1848. La posterior migración a Australia, también de miles, fue su segunda parte. El chileno ya marcaba su camino, ni sedentario ni nómade, sino de “voy y vuelvo”; siempre ansioso de irse, y luego de regresar. Inquieto como el que más. Alguien lo decía,  se aprende a andar andando, se aprende a crear creando…

Mario Góngora, el historiador del vagabundo colonial, recogió esa expresión del andar andando, asumida por un joven que en el siglo XVIII declara que vive así, “trabaja en ocasiones, mientras que en otras estaba ocioso”. Como hemos aprendido en la historia del arte y la cultura, el ocio es fecundo y necesario, indispensable. En las haciendas de antaño, el afuerino era personaje respetado; era el ser más libre, el más viajado, el hombre de mundo. Esa tradición, no puede negarse, está en el origen del patiperro libertario, que en el siglo XIX saldrá, finalmente, a respirar a otras tierras.

Comentarios

  • “No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo”, José Mourinho (1963), entrenador portugués de fútbol.
  • "Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria", Alvaro Siza (1933), arquitecto portugués.