EL ABRAZO DEL GUITARRÓN

02/06/18 — POR

Nombre principal en la décima improvisada de estos tiempos, el poeta y guitarronero Manuel Sánchez, nacido en el Biobío, criado en Lo Barnechea y radicado en Casablanca, está presentando el primer disco de una serie que le permitirá recuperar un patrimonio musical propio. Son los contrapuntos de su vida, que ya ha completado un cuarto de siglo en la rueda de payadores.

Por Antonio Voland.

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“Brindo dijo un inmigrante / lejos del país de origen / por mi cara de aborigen / la humillación es constante. / En el andén del aguante / abordé un tren sin regreso / porque unos esquivos pesos / no aliviaron mis problemas. / Y por huir de un sistema / en otro me quedé preso”. Es la historia del día a día la que se aparece así de desnuda y severa en muchos versos de los cultores de la décima. Es una poesía que puede aparecer improvisada, como en la mayoría de las veces a través del contrapunto o batallas de payadores, o bien escrita, como en el caso de este brindis, original de Manuel Sánchez (1973).

El payador y guitarronero hoy vuelve a instalar su nombre entre los continuadores principales de una tradición tan profunda y añosa que cuenta incluso con una leyenda propia: el contrapunto que enfrentó al hacendado Javier de la Rosa con el Mulato Taguada en San Vicente de Tagua Tagua en el siglo XVIII y que finalizó con la muerte del derrotado luego de tres días ininterrumpidos de versos improvisados.

“Los brindis son intervenciones no improvisadas sino aprendidas. Se toman de otros autores y se declaman. Están presentes en el aro de la cueca o en la rueda de payadores, donde cada uno hace su brindis”, dice Manuel Sánchez, nacido en el Biobío y criado en Lo Barnechea. “Son de distinta índole y hay una variedad enorme de brindis. Desde la pelota de fútbol a la cordillera. Tienen autoría pero la idea es que pierdan esa autoría a medida que se repite su uso. Los brindis tienen que ser de todos”, agrega.

TRES DÍAS Y TRES NOCHES Hoy está instalado en Casablanca, donde tiene lugar el que se ha dicho es el encuentro de payadores más grande de Hispanoamérica. Sánchez se ha sumado habitualmente a esas citas de cultores que se realizan por cuatro días y tres noches en la Plaza Mayor y que reciben a exponentes de todo el subcontinente, incluidos España, México, Cuba y Puerto Rico.

Fue en los 90 cuando Sánchez se formó en el oficio de la décima improvisada, aquella forma poética de rima consonante con diez versos de ocho sílabas. Allí riman entre sí la primera, cuarta y quinta línea; luego la segunda con la tercera; luego la sexta, la séptima y la décima, y finalmente la octava con la novena. Como nombre propio en este campo ha tenido presencia a través de sus discos «Verso libre» (2000) o «Guitarrón a lo poeta» (2007), además de participaciones en trabajos colectivos como el álbum «Encuentro Internacional de Payadores» (2003). Ahora está de vuelta con el primero de una colección de discos que le permitirá recuperar improvisaciones históricas de estas experiencias poéticas.

“No tiene sentido grabar un disco de décima improvisada en un estudio pues se pierde el contexto y se omite la esencia. He estado consiguiendo grabaciones de contrapuntos que se hicieron en distintas épocas y que estaban por ahí, perdidas. Entonces se aparecen cosas muy interesantes de escuchar”, dice respecto de ese material que escogió para el disco «Abrazado a un guitarrón», que inicia esta serie conmemorativa de sus 25 años en el oficio de la paya.

“En febrero de 1992 participé en mi primer encuentro de payadores, en Lo Barnechea. Estaban allí Pedro Yáñez, que era el gran referente de entonces; Pancho Astorga y Cecilia Astorga, hoy la gran mujer de la paya, además de Salvador Pérez, un cantor ciego de Rancagua, y Antonio Contreras, el Torito”, rememora. “En la improvisación uno puede fracasar feo. Yo estaba dando mis primeros pasos y todos los otros eran avezados. El riesgo del fracaso siempre está. Pero tenía 18 años y mi compromiso era muy grande. Era tanto lo que me fascinaba que había una necesidad de seguir no más. No me preocupaba si salía mal. Sólo quería hacerlo”.

El disco reúne cuatro contrapuntos de medio y largo aliento. Son distintas épocas, con cultores de cuatro países. Desde luego, un enfrentamiento fechado en 2001 con el chileno Sergio Cerpa, el Puma de Teno, uno de los payadores que dejaron una herencia para los nuevos tiempos. Y también encuentros con cultores como el uruguayo José Curbelo en 2002, el portorriqueño Roberto Silva en 2014, y la cubana Tomasita Quiala en 2013: “Una negra ciega impresionante. Creo que me quedo chico con la palabra impresionante, porque ella debe ser la máxima expresión de la improvisación de habla hispana. Parece que hubiera escrito, trabajado y pulido sus versos hasta dejarlos, y sin embargo se ha demorado 15 segundos en crearlos”, dice.

Los discos de Manuel Sánchez darán de paso una mirada completa a las variaciones de la paya: el pie forzado (cuando el público propone una frase), las personificaciones (cuando el cultor toma la identidad de una persona o de un elemento de la naturaleza para improvisar), la concesión (el juego que se da entre payadores hasta agotar la rima) y, por supuesto, los brindis, como ese del inmigrante de Sánchez: “Un payador tiene que leer mucho, saber mucho y estar muy informado de lo que ocurre. También hacemos la historia y somos como juglares que contamos historias. Nosotros decimos lo que la gente quiere decir”.

CUATRO VÉRTICES

VIOLETA PARRA: LA INFLUENCIA

Una fotografía muestra a una jovencita Violeta Parra con un guitarrón chileno en sus manos. “Se dice que nunca lo tocó y que nunca grabó, pero ella fue quien se encargó de desenterrarlo, diciendo ‘este instrumento único y maravilloso de 25 cuerdas existe, pongámosle atención’”, comenta Sánchez. Ya rumbo a los 101 años, Violeta Parra sigue siendo una de las principales referencias para los decimistas. “La décima está ahí, muy nítida, en su composición. La puedes encontrar en «Maldigo del alto cielo», «Rodríguez y Recabarren» y, por supuesto, en «Volver a los 17»”.

LÁZARO SALGADO: LA MÍSTICA

Muerto en 1987, se le considera el último de los grandes cultores de la vieja escuela de la improvisación. Es nieto del decimonónico Roque Salgado, quien aparece mencionado en las liras populares, e hijo de Liborio Salgado Reyes y de Magdalena Aguirre, la primera guitarronera del siglo XX, según refiere la tradición oral. También es sobrino en segundo grado de Juan de Dios Reyes, que fue el maestro de Santos Rubio. “Lázaro es un personaje mitológico. Cantor trashumante, aparecía en el Paseo Ahumada o en el Mercado Central. Nadie sabía de dónde era, si de Pirque, La Pincoya, Valparaíso o San Vicente de Tagua Tagua. Era uno de los pocos que conocía todas las formas de la paya, un músico excepcional, en la guitarra, el guitarrón y la improvisación amplia, incluso en esdrújulas”, describe Sánchez.

SANTOS RUBIO: LA ENSEÑANZA

“Directa o indirectamente, todos los cultores de las nuevas generaciones aprendimos de Santos Rubio. Después de que Violeta Parra iniciara en los años 50 la recuperación del guitarrón, la tarea siguió con Santos”, cuenta Sánchez sobre este maestro pircano nacido en La Puntilla en 1938 y muerto en San Juan en 2011. Un hombre ciento por ciento de Pirque. “Santos fue un gran conversador: era pura oralidad. Como era ciego, nunca leyó nada. Toda su sabiduría sobre el culto y el oficio la transmitía así. Fue el primero que llevó el guitarrón a la Universidad de Chile, donde hizo talleres. La academia se abrió a este mundo gracias a Santos. Me considero un bisnieto suyo: Santos enseñó a Manuel Gallardo, que le enseñó a Pancho Astorga, que me enseñó a mí”, enlista Sánchez.

PEDRO YÁÑEZ: LA TRANSFORMACIÓN

Los cultores coinciden en indicar a Pedro Yáñez como el hombre que le dio una categoría artística y escénica a la paya. Hasta los años 80 era una práctica cerrada, que ocurría en lugares pequeños, cantinas, ramadas, casas, patios de casas. “Pedro Yáñez la llevó a un escenario y frente a un público que también participaba. Hubo un grupo de importantes payadores en esa transformación, con Piojo Salinas, Santos Rubio, un joven Alfonso Rubio y Fernando Yáñez. Entre ellos, Pedro Yáñez fue el hombre clave”, señala Sánchez. “Puso el ritual del banquillo en el escenario: preguntas y respuestas, como en el enfrentamiento mítico del Mulato Taguada y Javier de la Rosa”, concluye.

 

Comentarios

  • “Me gusta que el flequillo me cubra los ojos: eso me ayuda a tapar las cosas que no quiero ver”, Raquel J. Palacio, escritora estadounidense.
  • “Muchas veces no hay guión ni nada. El guión lo hago al final. He llegado a hacer películas en dos días y medio”, Raúl Ruiz (1941-2011).