EL ABUELO PRINCIPITO

02/07/18 — POR

«El Principito» cumple 75 años. Lejos de ser una antigualla, el libro para adultos que los niños también pueden leer –a pesar de que los adultos no quedan muy bien parados… – es hoy un icono, una industria, y un filón para nuevas producciones.

Por Juan José Santos M.

 

Nadie en la editorial estadounidense Reynal & Hitchcock, que fue la que publicó por primera vez «El Principito» en abril de 1943, soñó con el éxito descomunal que supondría aquella breve fábula del escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). El libro más vendido después de la Biblia, es trasladado a obras de teatro, películas, millones de objetos de merchandising, convertido en un fenómeno comercial a escala global sin antecedentes. Sin embargo… ¿es entendido por todos?

EL NIÑO QUE QUERÍA VOLAR

Su autor nació en el seno de una familia aristocrática arruinada de Lyon. Desde pequeño su mayor deseo fue volar, en la época de los pioneros de la aviación. Algo que logró subido a un precario monoplaza, del que no se bajará en vida. También practicó la escritura desde una edad temprana, y en sus libros el protagonista siempre era un piloto (el primero, «El aviador», lo publicó a los 26 años).

Su sueño de volar en un avión se cumplió. Aunque el vuelo no iba a ser ni cómodo ni sencillo.

Saint-Exupéry fue destinado a África como jefe de aeródromo en el Cabo Juby, trabajo no exento de riesgos, ya que, entre otras, su labor se orientó hacia el rescate de pilotos que habían caído en posiciones tomadas por los rebeldes en el Sahara, dirigiendo campañas de rescate no siempre exitosas. Él mismo debió ser rescatado. En 1935, intentando batir un récord de velocidad en Libia, destino Saigón, tuvo un accidente. Junto a su copiloto permaneció varios días en el desierto. La deshidratación les provocó alucinaciones que sólo acabaron cuando un beduino dio con ellos, salvándoles la vida. Sí, la historia tiene mucho de fábula. De una fábula como la de «El Principito».

Tras su periplo africano, y su retorno lujoso (aunque forzando al límite su maltrecha economía) a París, vivió dos años en Estados Unidos, durante los cuales concibió el cuento más famoso del mundo. Para algunos historiadores, el motivo de su estancia en Norteamérica se trató de un exilio, tras difundirse el muy poco probable rumor de que había colaborado con la Alemania nazi; para otros fue precisamente lo contrario: huir de la ocupación germana en Francia. Y otros lo relacionan con problemas de salud. En todo caso, la estancia americana no fue agradable; el eterno viajante echaba de menos a sus amigos y a su país. De hecho, fue la nostalgia la que gatilló la aparición del príncipe filósofo. En las numerosas cartas que mandaba a sus alejados camaradas, esbozaba la figura de un pequeño niño de pelo rubio y rizado, con alas o bufanda.

Puede que la fábula fuera producto de la necesidad de Saint-Exupéry por volar, mentalmente, fuera de Estados Unidos. Como sea, lleva al relato varios aspectos de sus propias experiencias. El asteroide B612 –con su pequeño y humeante volcán- sería un correlato del volcánico país natal de su esposa, la millonaria salvadoreña Consuelo Suncín, quien habría inspirado la figura de la rosa presumida. El amor del Principito por la rosa, a la cual protege con una cúpula de cristal, se corresponde al amor del autor por su mujer. El tierno zorro es trasunto de un fénec, un zorro del desierto que domesticó durante su periodo en el Cabo Juby. Al inspirador del malhumorado farolero lo conoció durante unas vacaciones en Saint-Maurice-de-Rémens. El atareado hombre de negocios está basado en el empresario francés Marcel Bouilloux-Lafont. Los baobabs, cuyas raíces destruyen el planeta, son una alegoría del nazismo.

 

Y, por fin, nuestro pequeño héroe. El Principito. Unos dicen que es el mismo Saint-Exupéry de joven (apodado “El rey sol” por su cabello dorado). La versión más extendida afirma que se inspiró en Land Morrow Lindbergh, el hijo del pionero de la aviación Charles Lindbergh, a quienes conoció en una visita a su hogar de Long Island. Tanto las personas y situaciones que inspiraron al autor, como las múltiples metáforas que arroja su lectura, fueron desde el inicio la tarea de varios críticos literarios. Sin embargo, Saint-Exupéry no pudo disfrutar del éxito de ventas de su libro. Un año después de su publicación, el intrépido escritor desapareció en el Mediterráneo tras un vuelo de reconocimiento. Nunca se supo si su avión sufrió un accidente o un ataque alemán. Lo cierto es que el cuerpo del “piloto más viejo de la Segunda Guerra Mundial”, como se proclamaba frente a sus cercanos, no apareció jamás. Desapareció como el Principito.

Fue el final de novela de aquel piloto despistado, escritor intermitente, e ilustrador limitado, pero cuyas imágenes –quizás por su misma sencillez– convirtieron su cuento en lo que es. Quizás mientras volaba estaba pendiente de la escritura, y cuando escribía, estaba pendiente de arriba, juzgando al hombre “a escala cósmica”, como una vez escribió. Lo cierto es que fue alguien sin estudios, que nos dio lecciones a través de la voz de un niño que nos sigue ofreciendo consejos a través de sus metáforas. Sobre moral, aunque no una unívoca, sino múltiple, y con mucha poesía; sobre las relaciones humanas, sobre el Universo y sobre el valor de la valentía. El niño que quería volar voló, y con él voló ese niño que es hoy un abuelo-niño. Y con sus aventuras voló la imaginación de millones de adultos capaces de ver lo esencial, que, como sabemos, es invisible a los ojos.

Comentarios

  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.
  • “Para ser irreemplazable, uno debe ser siempre diferente”, Coco Chanel (1883 - 1971).