EL AUTOR NO HA MUERTO

14/03/18 — POR

Durante la última década hemos visto una proliferación del género “memoria”, tendencia que revela la necesidad de compartir experiencias, generalmente límites, para comprender y darle sentido a la intemperie en la que vivimos.

Por Nicolás Poblete Pardo.

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© ULF ANDERSEN / AURIMAGES

El autor, aunque mortal, está lejos de haber muerto. De hecho, gracias a nuestra realidad crecientemente globalizada, cada vez se hace más cercana la brecha entre escritura y creador, especialmente en este género que nos permite observar una faceta más íntima y que revela el lado más vulnerable de ciertos literatos. Además de sus producciones en el ámbito de la ficción, poesía, ensayo o cuento, vemos que el mercado ha recibido con las manos abiertas las escrituras de voces ya instaladas en la vitrina editorial, para proveer más ángulos con los que comprender los distintos lugares sociales desde los que escriben. Traumas familiares, conflictos de minorías étnicas o raciales, el análisis sobre identidades sexuales diversas, la marginalidad que enfrentan los cuerpos insertos en la adicción y las drogas: estos laberintos son bienvenidos desde el momento en que permiten una aproximación humana; nos dan la oportunidad de ingresar al centro más espiritual de sus creadores. Y es que hay una necesidad humana de poner nombres, identificar, localizar. La vida de un autor, por más secreta o subterránea (cómo no pensar en Emily Dickinson, en Jane Austen, en Thomas Pynchon), nos provoca, por lo menos, curiosidad… Ver de más cerca al escritor nos ayuda a entender que esa humanidad sigue ahí, y que es posible establecer un puente entre aquella creatividad y el intercambio vital que acontece al leer esa experiencia en forma de escritura.

(In)Mortalidad del autor

En 1967, el filósofo y semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980) promulgó, a través de su ensayo «La muerte del autor», la necesidad de revisar la tiranía asociada a la lectura de textos a partir de su creador, su persona, su vida. Su detracción iba en contra de una lectura que ya se había hecho clásica en los circuitos de crítica literaria y llamaba a leer sin requerir un contexto personal o biográfico. Su propuesta surgía en medio de tendencias postmodernas que atisbaban el colapso de los significados uniformes, la dificultad de articular piezas verdaderamente originales y la muerte de Dios.

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Honestidad versus impudicia

Grandes obras de la literatura universal permanecen anónimas: «El lazarillo de Tormes» (un referente crucial de la escritura picaresca), el poema épico anglosajón «Beowulf» (que sigue influyendo hasta en espacios televisivos como «Games of thrones») o el «Cantar del Mio Cid», que posiciona temas para la eternidad: el destierro y el honor. Y, aunque volvemos a los textos sin necesidad o posibilidad de encontrar a sus creadores, quizá algo daríamos por saber qué manos se escondieron tras sus manuscritos. En la mayoría de los casos donde los autores han pasado al plano del anonimato, comprendemos que fue su voluntad la de transformarse en fantasmas, pues el costo que habrían pagado por denunciar su sociedad habría sido altísimo. En el actual mundo occidental ese peligro es cada vez menor (aunque imposible olvidar el caso de Salman Rushdie (1947), quien con «Los versos satánicos» provocó una batahola en el mundo musulmán y, producto de lo que se consideró una blasfemia, el Ayatollah Khomeini autorizó perseguirlo para darle muerte. La tendencia actual es resaltar la “honestidad” como una de las cualidades que se le exigen a la “memoria” y, a veces, esta supuesta candidez llega al límite de lo impúdico, lo que le ha valido a más de alguna publicación el calificativo de “memoria-miseria.

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Autobiografía, memoria y experiencias límite

Semejante a la autobiografía, la memoria es una narración que revela experiencias vitales, íntimas del escritor, aunque, en general, acotadas a un tiempo definido de su vida y no necesariamente en orden cronológico. Asimismo, mientras la autobiografía generalmente apunta a destacar una trayectoria de logros, las memorias muchas veces acentúan un tono más literario. Judith Barrington (1944), cuyo «Writing the memoir» es un clásico del género, dice: “Si el encanto de la memoria es que nosotros, los lectores, vemos al autor luchando por entender su pasado, entonces también debemos ver al autor probando opiniones que luego puede derribar, sólo para luego intentar con otras, a medida que toma una postura respecto al significado de su historia”.

OTROS LIBROS TESTIMONIALES

Rupert Thomson (1955): «This party’s got to stop»: Aquí, el creador de la ominosa novela «Death of a murderer» se remonta al verano de sus 8 años, cuando, junto a su hermano, enfrenta la muerte de su madre. El libro es un agudo análisis sobre los vínculos familiares, la muerte, el desarraigo y el engaño. “Somos como niños nuevamente, pero sin padres. Estamos solos y en la más completa oscuridad”, narra Thomson.

Julian Barnes (1946): «Nada que temer». Con su erudición típica, Barnes llena su libro con comentarios sobre religión, educación, comunicación entre familiares. Habla sobre la difícil y fría relación con su padre, quien prácticamente mira en menos su primer libro publicado, y hace un complejo retrato de su madre en el momento de su muerte.

Joan Didion (1934): «El año del pensamiento mágico» es ya un clásico en el género. En él, Didion nos deja con el alma en un hilo al documentar el año que sigue a la muerte de su marido. “La vida cambia rápido. La vida cambia en un instante. Te sientas a comer y la vida como la conocías termina”. Un libro que he regalado muchísimas veces, y que ayuda a entender lo que ocurre en nuestro cerebro y emociones con el proceso de duelo.

Joyce Carol Oates (1938), en «Memorias de una viuda» relata el término de su matrimonio de 47 años, después de la muerte de su marido por una infección hospitalaria. Con muchísimas referencias literarias, el libro destaca por su arquitectura aparentemente aleatoria: correos electrónicos, extractos de cartas, obituarios, citas. El fantasma que evoca le hace temer: “Quizá nunca lo conocí”. Se pregunta: “No tenemos personalidades a menos que haya gente que nos conozca”.

Jesmyn Ward (1977), la única mujer que ha ganado dos veces el National Book Award en los Estados Unidos, escribió «Men We Reaped» como una forma de lidiar con la temprana muerte de su hermano. Observaciones en torno a la masculinidad, el sur americano, segregado racialmente, la pobreza, protagonizan esta memoria. Ward describe su experiencia como la única chica afroamericana en un colegio privado, donde se sentía fea y debía ver a su madre hacer el aseo en las casas de sus propios compañeros.

Bill Clegg (1970): su novela «Did you ever have a family» fue seleccionada para los premios Booker y NBA en 2016, tiene dos memorias que revelan su lucha contra las drogas: «Portrait of an Addict As a Young Man» y «Ninety Days». En ambas relata su adicción a la cocaína y al alcohol, y el esfuerzo por retornar a una sobriedad. La escritura, dice, fue su salvación.

Bill Clegg (1970): su novela «Did you ever have a family» fue seleccionada para los premios Booker y NBA en 2016, tiene dos memorias que revelan su lucha contra las drogas: «Portrait of an Addict As a Young Man» y «Ninety Days». En ambas relata su adicción a la cocaína y al alcohol, y el esfuerzo por retornar a una sobriedad. La escritura, dice, fue su salvación.

Sherman Alexie (1966): «You don’t have to say you love me», un volumen hermoso, plagado de poemas y párrafos organizados como prosa poética, donde el escritor nativo estadounidense habla de su relación con su madre en un tono rabioso y, finalmente, conciliador. Acotado al año en el que la madre muere, Alexie despliega humor e impotencia en partes iguales.

Sigrid Rausing (1962): «Mayhem» es un elegante estudio sobre la adicción en el centro de una poderosa y adinerada familia europea. Dueña de la revista «Granta», Rausing disecciona emociones como la culpa y la desesperanza. Habla sobre la falsa superioridad moral y el arrepentimiento. Al rememorar la adicción de su hermano y la muerte de su cuñada, admite: “Lamento todo”. El libro es sublime en su evocación de momentos idílicos de infancia, en los que no se sospechaba la adicción que atraparía a sus familiares.

Jeanette Winterson (1959): «¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?» es tanto el título del libro como la pregunta de la madre adoptiva a la chica de 16 años, cuando Jeanette le confesara haberse enamorado de otra chica. Como en muchas de sus novelas («Las naranjas no son la única fruta», «Sexuando la cereza», «Simetrías viscerales»), acá también Winterson analiza la tensión que le provocó su temprana orientación sexual y lo difícil de acomodarse a un entorno hostil para con las diferencias.

Comentarios

  • "Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco". Mark Twain (1835 - 1910)
  • “La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final”, Oscar Wilde (1854-1900).