EL CURADOR INCANSABLE

13/01/18 — POR

El suizo Hans Ulrich Obrist, comisario de la Serpentine Gallery de Londres, es una de las personalidades más poderosas del mundo del arte visual contemporáneo de hoy. A través de las más de tres mil horas de entrevistas con artistas, sus más de 150 exposiciones y el sinfín de libros y catálogos publicados, ha dedicado su vida a reinventar y expandir la labor del curador. El arte que más le interesa es el que piensa el presente y se adelanta al futuro.

Por Evelyn Erlij.

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LATINSTOCK

Los adolescentes suelen fantasear con conocer a estrellas de la música, a futbolistas o a ídolos del cine, pero cuando Hans Ulrich Obrist (Zúrich, 1968) tenía 17 años, en 1984, soñaba con conocer a artistas visuales. Cuando visitó la exposición de los suizos Peter Fischli y David Weiss en el Museo de Basel, se encaprichó tanto con la idea de conversar con ellos, que al final lo logró: “Soy un estudiante de secundaria, estoy muy, muy obsesionado con su trabajo y me encantaría visitarlos”, les dijo, movido por un impulso. Su cabeza estaba llena de preguntas sobre lo que había visto en el museo y quería interrogarlos para saber sobre su forma de trabajar. Así, haciendo entrevistas, descubrió su vocación. Fue el creador italiano Alighiero Boetti el que le dio la clave de su futuro trabajo: ser curador no es pasarle un espacio a un artista para que lo llene, sino hablar con él y preguntarle qué podría hacer en él.

Ese ha sido el tema principal de todas sus exhibiciones, cuenta en su libro «Ways of Curating» (2014) el hombre que hoy es considerado el comisario más poderoso del mundo, según la revista «ArtReview».

Conversando con artistas, tratando de entender cómo trabajan, cómo piensan y cuáles son sus visiones de mundo, Obrist no sólo se ha dedicado a repensar la labor del curador, sino también ha construido un archivo inmenso de entrevistas —llamado «The Interview Project»— que, según dicen, superaría las tres mil horas de diálogo con artistas, arquitectos, científicos y pensadores. El motor, sostiene, es la curiosidad, las ganas de seguir siendo un estudiante ansioso de aprender, como se intuye en su libro «Conversaciones con artistas contemporáneos» (2015), el único de sus trabajos traducidos al español.

En sus páginas queda clara su forma de operar: Hans Ulrich Obrist es inquieto, ansioso, excesivamente comunicativo; y el entusiasmo que transmite en sus encuentros con creadores da la impresión de estar ante un groupie del arte, una suerte de fanático a muerte que no se cansa de preguntar hasta conocer cada detalle de la vida y obra de un artista. No son preguntas crípticas ni demasiado intelectuales: “¿cuál fue tu primer catálogo?”, “¿puedes describir tu método para reunir el material visual para tus obras?”, “¿puedes hablarme de algún proyecto no realizado que haya sido importante para ti?”, le pregunta, por ejemplo, al suizo Thomas Hirschhorn.

Cuando no está entrevistando a gente como Marina Abramovic, Jeff Koons o Yoko Ono, o viajando por el mundo para conocer el estado del arte actual, Obrist se dedica a dirigir las exposiciones, programas y proyectos internacionales de la Serpentine Gallery de Londres, una de las instituciones públicas de arte más reputadas del Reino Unido y en la que, además de las muestras, cada verano un arquitecto de fama mundial construye un pabellón en vistas a exhibir las distintas tendencias de la arquitectura mundial. Zaha Hadid, Oscar Niemeyer, Frank Gehry, Jean Nouvel y el chileno Smiljan Radic Clarke han sido algunos de los que han participado, y es en esos cruces de disciplinas donde está el futuro del arte, según el curador suizo.

“Sólo soy un catalizador. Quiero ser útil. Establecer un diálogo entre generaciones. Hacer exposiciones que cambien las reglas del juego. Espero que mis exhibiciones y conversaciones se conviertan en cajas de herramientas. Cambiar el mundo, en suma, si no suena un poco rimbombante”, afirmó al diario «Clarín» en noviembre, de visita en Buenos Aires para montar en la Bienalsur su muestra «Take Me (I’m Yours)» », creada hace más de 20 años con el artista multidisciplinar francés Christian Boltanski y en la que el visitante puede hacer todo lo que en general está prohibido: tocar, usar, intercambiar y hasta llevarse elementos de la exposición. Más que un objeto, el arte es una experiencia, una interacción entre los creadores y el público.

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                                        «Conversaciones con artistas contemporáneos»

 

HACEDOR DE EXHIBICIONES

Boltanski, junto a Gerhard Richter, fueron algunos de los primeros artistas visuales de fama mundial que creyeron en Obrist a comienzos de los 90, cuando todavía estudiaba Ciencias Sociales y se atrevió a proponerle a ambos idear muestras junto a él. A partir de esas experiencias, y de los diálogos que luego entabló con cientos de creadores, llegó a la conclusión de que el curador no es el que selecciona obras ni el que discrimina qué es lo bueno o valioso, sino el que levanta puentes, hace vínculos, relaciona distintas áreas de creación y personas. Cree que sólo así se puede refrescar el arte con nuevas ideas.

Abrir nuevas rutas, conectar culturas, ensanchar la definición del arte y preservar la diversidad en un mundo cada vez más homogéneo son la base de su trabajo, y su meta –según explica– es expandir el campo de la curatoría de la manera en que el campo del arte se expandió durante el siglo XX, interconectando geografías, saberes; ampliando el interés de los creadores hacia la literatura, la tecnología, la ciencia, la filosofía. “Soy un hacedor de exhibiciones más que un curador, que es una palabra que se ha gastado mucho y ha perdido su sentido”, dijo en su paso por Argentina. En otras palabras, curar también es crear, es pensar nuevas formas de hacer arte y de exhibirlo, es –según escribe en «Ways of Curating»– desafiar los conceptos de creatividad, autoría e interpretación.

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Muestra «Take Me (I’m Yours)» en BIENALSUR, Buenos Aires, Argentina. Con curaduría de Christian Boltanski (Francia) y Hans Ulrich Obrist (Suiza/Gran Bretaña).

Pero también es combatir lo que llama el autoritarismo de los museos, es decir, la imposición que se hace al público de un relato, de un storytelling de una muestra determinada. Bajo la mirada de Obrist, los visitantes también pueden participar y ser parte del proceso creativo; de ahí su interés por las exposiciones o las obras en las que el público debe seguir instrucciones, una tradición que viene desde Marcel Duchamp y que ha sido cultivada por artistas como el pintor y fotógrafo húngaro Laszló MoholyNagy, y el músico, filósofo, poeta y pintor estadounidense John Cage. Como curador de una institución pública como la Serpentine Gallery, la democratización del arte y el acercamiento del público a la creación le resultan esenciales: “En un mundo con desigualdades tan exorbitantes es importante que la entrada a los museos sea gratis y que vaya gente que no está acostumbrada a ir”, ha dicho.

El arte que más le interesa –según una entrevista del «New Yorker»– no es el que perdura o el que queda en los museos, sino el más fugaz, el que deja un recuerdo en la mente del espectador, el que pasa a la historia bajo la forma de un catálogo y no a través de un objeto concreto; un arte que piensa el presente y se adelanta al futuro. Con su curiosidad inagotable, y a través de las cientos de entrevistas que ha hecho (una especie de historia oral del arte contemporáneo) y de las cientos de exposiciones que ha montado en lugares como el Museo de Arte Moderno de París o la Bienal de Berlín, Hans Ulrich Obrist ha recuperado el significado original del término curar, del latín “curare”, es decir, “cuidar”. En otras palabras: ocuparse de la buena salud del arte que existe y que vendrá.

Comentarios

  • "Pa' cantar de un improviso se requiere buen talento, memoria y entendimiento, fuerza de gallo castizo", Violeta Parra (1917 - 1967).
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.