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El legado fílmico de William Burroughs

03/09/17 — POR

A 20 años de la muerte del escritor beat, revisamos la filmografía que, directa o indirectamente, dejó junto a sus textos. Son experimentos y homenajes que ayudan a revelar a un escritor incomparable, un yunkie bendito que alimentó las subculturas del siglo XX.

Por Andrés Nazarala R.

85_Personaje_Burroughs_1Jim Jarmusch vuelve al hogar neoyorquino de William Burroughs (1914-1997) –bautizado por el escritor como el “búnker”– décadas después de visitarlo por primera vez. El autor de «El almuerzo desnudo» ya está muerto y no quedan más que sus objetos. Como es habitual, el cineasta juega al tipo cool y no muestra emoción recorriendo las ruinas de un pasado que también es el suyo, pero ahí realizó uno de sus primeros trabajos: el sonido de «William Burroughs: The Movie» (1983), película que se creía perdida hasta que apareció en 2015. La escena pertenece a otro documental, «Uncle Howard» (2016), centrado en Howard Brookner, director de esa película extraviada y compañero de Jarmusch en la escuela de cine, muerto a los 34 años. Dirigida por su sobrino, Aaron Brookner, la cinta parece una crónica de fantasmas, la historia de la amistad de dos almas gemelas que se cruzaron cuando habitaban este mundo. Uno se fue joven; el otro ya grande (83). Pero la conexión fue inmediata. Algo pasó ahí para que Burroughs se abriera. Brookner lo filmó durante cinco años, robándole recuerdos y confesiones íntimas. Ese rodaje fue para el escritor como una terapia. Brookner fue el psiquiatra y Burroughs, el paciente, un sobreviviente que en esos años encontraba algo cercano a la paz luego de haber compartido innumerables noches salvajes junto a sus amigos Allen Ginsberg y Jack Kerouac, recorrer el mundo, volverse junkie, asesinar accidentalmente a su mujer en México, convertirse en escritor y explorar los límites de la consciencia en ciudades como París, Tánger y Londres. El “búnker” era, de alguna manera, un fin ordenador. Una estación terminal. «William Burroughs: The Movie» permanecerá como el retrato fílmico definitivo de un autor incomparable que abandonó el planeta el 2 de agosto de 1997. Hace 20 años. Al margen de su tremenda obra literaria, o como anexo de ella, Burroughs dejó también una filmografía cargada de experimentaciones, cameos, inspiraciones y homenajes. Su paso por el cine no fue tan anecdótico, como si las imágenes en movimiento fueran el medio perfecto para transmitir sus teorías sobre el control y la deshumanización.

CUT-UP

A comienzo de los años 60, Anthony Balch, el director de cine exploitation (fanático irremediable del cine de género y del actor Bela Lugosi), conoció a William Burroughs en el mítico Beat Hotel, de París. Se hicieron amigos y realizaron «Towers open fire» (1963), cortometraje experimental que adoptó la técnica del cut-up, que el escritor desarrolló junto al artista y mago Brion Gysin. Este método consistía en recortar frases y luego pegarlas aleatoriamente en el papel. Transplantado al cine, el experimento implicaba editar imágenes sin relación aparente, rompiendo con la dictadura de la lógica, acogiendo la atmósfera brumosa de un sueño. Tres años más tarde, Balch y Burroughs depurarían la técnica en «The Cut Ups» (1966), cortometraje de montaje vertiginoso que en su estreno londinense provocó mareos y reclamos de una audiencia indignada, pero que también probablemente fue el germen de un nuevo lenguaje visual. El montaje del material estuvo dictado por el azar, como si el proceso fuese una manipulación espectral, fortuita, cocinada desde un más allá que Gysin buscaba descifrar obsesivamente. En esos años de residencia en el Beat Hotel, los amigos no sólo experimentaban con drogas, sino también con brujería. Eso llevaría posteriormente al escritor a oficiar de narrador en la versión restaurada de «Häxan» (1922), documental que indaga en los submundos del ocultismo. El tercer experimento entre Burroughs y Balch se llamó «Bill y Tony» (1972), y muestra a ambos, sobre un fondo negro, hablando directamente a la cámara en un juego constante con la identidad. Pero el gran deseo frustrado de Balch fue adaptar «El almuerzo desnudo», la novela maestra de Burroughs. Las malas lenguas dicen que Mick Jagger, quien oficiaría como productor y actor, fue sexualmente acosado por el cineasta y decidió poner fin a la empresa. Balch, quien era más conocido por películas de culto como «Horror hotel», vio su técnica frustrada, pero con la distancia del tiempo podemos apreciar que el cut-up cinematográfico fue una fuente no aprovechada de ideas cinematográficas, un antecedente prematuro y revelador de la estética del videoclip o de, por ejemplo, el montaje vertiginoso del primer Darren Aronofsky.

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DESPUÉS DEL FRACASO DEL HIPPISMO, EL INTELECTUAL PSICODÉLICO LLAMA A TOMAR LAS ARMAS A TRAVÉS DE LAS HERRAMIENTAS TECNOLÓGICAS.

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Imágenes de «Towers Open Fire», «The Cut Ups» y «Bill and Tony», todo el cine experimental de Burroughs.

 

OPIUM JONES

William Burroughs era conocido por ser un tipo huraño e impredecible, pero nunca rechazó una invitación para posar frente a una cámara (participó incluso en dos ofertas insospechadas: un comercial de Nike y en un videoclip para U2), porque sabía que esas apariciones funcionaban como homenaje a todo lo que había construido. Para Burroughs las cosas nunca fueron fáciles. Sus demonios internos lo llevaron a topar fondo, pero tuvo la oportunidad de renacer. Su vida entera es un viaje desde la oscuridad hacia la luz.  En la película de culto «Chappaqua» (1966), dirigida por Conrad Rooks y centrada en un drogadicto, interpreta a un dealer conocido como Opium Jones, compartiendo créditos con Allen Ginsberg, Ravi Shankar, Ornette Coleman, el músico callejero Moondog y el francés Hervé Villechaize, célebre por interpretar a Tatoo en «La isla de la fantasía» y por quitarse la vida a los 50. La extraña «Decoder» (1984), dirigida por un punk alemán conocido como Muscha, se basa en su obra «La revolución electrónica» (1970) y sigue al empleado de un restaurante de comida rápida que descubre que, poniendo música ruidosa en el local, es capaz de incitar a violentas revoluciones. Burroughs tiene una pequeña aparición pero es el gran mentor. Su libro funciona como un manual de acción terrorista, pero es un “terrorismo psí- quico”, logrado gracias a experimentos sonoros y visuales, como hacer sonar una alarma afuera de una comisaría policial. Para Burroughs, esa acción provoca un estado de confusión no poco grave. Después del fracaso del hippismo, el intelectual psicodélico llama a tomar las armas a través de las herramientas tecnológicas. Más recordado es su cameo en «Drugstore cowboy» (1989), de Gus Van Sant, en los zapatos de Tom the Priest, un cura junkie que conoce al protagonista (Matt Dillon) en un centro de rehabilitación. El cineasta quedó tan maravillado con el escritor que decidió filmarlo para un corto experimental basado en uno de sus textos: «Thanksgiving prayer» (1991) y lo invitó a realizar un cameo en “Even cowgirls get the blues» (1993). La figura de sacerdote ocupó varios textos de Burroughs. Uno de ellos, «The priest they call him», terminó justificando un álbum de spoken word junto al adicto más célebre de los 90: Kurt Cobain. También en los 90 –junto con aparecer disparando con su escopeta en el video de «Just one fix», de Ministry—, Burroughs prestó su voz para una cinta de animación en stop-motion: «The Junky’s Christmas» (1993), rara avis cinematográfica, a medio camino entre el cine familiar y la contracultura, sobre un adicto a la heroína que deambula por la ciudad en Noche Buena y descubre el verdadero espíritu de la Navidad.

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Imágen de «Towers Open Fire», «The Cut Ups» y «Bill and Tony», todo el cine experimental de Burroughs.

 

BURROUGHS POR CRONENBERG

Anthony Balch murió en 1980, pero hubiese sentido frustración al saber que David Cronenberg se haría cargo de la adaptación de «El almuerzo desnudo» (1991), lejos del bajo presupuesto y la experimentación y, lo que es peor, producida por la 20th Century Fox con un elenco de actores medianamente cotizados: Peter Weller («Robocop»), Judy Davis y Roy Scheider, entre otros. Pero el cineasta canadiense no alivianó la crudeza bizarra a la que nos tenía acostumbrados y complementó el universo alegórico y retorcido de la novela de Burroughs con eventos de su propia vida: el asesinato de su mujer con un revólver (mientras jugaban a Guillermo Tell bajo la influencia de las drogas), las experimentaciones sexuales y poéticas junto a su grupo literario, su estadía en Marruecos, sus alucinaciones. El escritor nunca habló de la película. Sí lo hizo Timothy S. Murphy, especialista en su obra, quien consideró que Cronenberg transformó en algo meramente estético el discurso subversivo del autor frente a la política, el sexo y las drogas. Ese fue el territorio más mainstream que alcanzó Burroughs. A diferencia de Kerouac o Ginsberg, él sigue siendo demasiado virulento e inasible como para ser transformado en una postal inofensiva.

Comentarios

  • "Si me dan lo que quiero soy mansito como un cordero", refrán popular.
  • “Si le hubiera preguntado a la gente qué quería, me habría dicho que un caballo más rápido”, Henry Ford (1863 - 1947).