EL LOBO ESTEPARIO Y LOS MIL ROSTROS DEL SÍ MISMO

06/03/18 — POR

Por Jessica Atal K.

Ilustración: Alfredo Cáceres

90_literatura_loboestepario_1

 

«El lobo estepario» (1917) es una novela de iniciación. Pero, ¿iniciados en qué? No podía entender. En el conocimiento, pienso, pero cuál. ¿El de las artes? ¿La creación? Treinta años después de mi primera y única lectura, vuelvo a leer esta obra maestra de Hermann Hesse (1877-1962). Intento un nuevo acercamiento a los significados ocultos que, según dicen, ya han sido revelados por los grandes maestros como Jesús o Buda, entre otros. Pero estos dos, específicamente, fueron referentes importantes en la vida del Premio Nobel 1947. ¿Hubo otros maestros que influyeron a ese nivel? Sé que Hesse fue muy cercano a C. G. Jung –y éste es definitivamente un maestro–, por lo que el conocimiento psicológico adquirido a través de su amigo, especialmente en cuanto a simbología, tiene que haber sido relevante a la hora de escribir y crear. ¿Qué otra cosa es la creación que avanzar en el camino de la búsqueda del propio ser? Entonces, concluyo, ese debe ser el conocimiento al que Hesse y otros como él en su época aspiraban: a llegar hasta lo más profundo del sí mismo, a conocerse, a pertenecerse a sí mismo. El que recorre el camino de búsqueda espiritual como propósito consciente de vida, debe ser un iniciado. Pero no quiero apresurarme en sacar conclusiones. Esta es una obra que no se termina de descifrar. Requiere lectura cuidadosa y detenida, pues cada frase esconde y entrega un significado “significante”. No se puede leer como una novela cualquiera o una obra puramente de ficción. Hay códigos, señales, mensajes, puertas. No en vano, al final de la historia, Hesse introduce la escena dantesca del teatro mágico, con sus infinitas puertas listas para ser abiertas, penetradas, con la magia a flor de piel. Sí o sí, viene el momento de internarse, de dejarse caer o, más bien, dejarse guiar. Al principio, se siente como una caída al espacio abierto, al vacío, a la nada. Pero después del primer paso, comienza a entenderse de una manera diferente, cómo es el proceso de ser guiado por el camino del autoconocimiento.

No es fácil. Por eso, mucho cuidado. Debe realizarse lentamente. Hay que tomarse el tiempo para leer a este “lobo feroz”, sin querer entenderlo todo de una vez, sin querer estrujar su contenido. Es imposible retenerlo entero. Porque es mucho. Y contundente, apretado. Él mismo es cuidadoso consigo, como si no quisiera dejarse leer por cualquiera. “Sólo para locos”, advierte el “tratado” que ha dejado escrito el lobo. No puede entrar ni pertenecer cualquier mortal. Su lectura, su enseñanza, es sólo para algunos iniciados, para esos “locos”, para el “Hombre Inmortal”.

LA PRIMERA LECTURA

La primera vez que leí «El lobo estepario» estaba en la universidad. Tenía 18 o 19 años, y quería ser escritora. Escuchaba música clásica todo el día, como lo hace Harry Haller, el protagonista y alter ego de Hesse. La música popular se reducía a Silvio Rodríguez o chilenos como Los Jaivas, Sol y Lluvia, Gatti y Peralta.

Eran los ochenta en Chile. Mi mejor amiga de la universidad, M., leyó el libro en la misma época que yo y después se quiso suicidar. Tomó pastillas durante una crisis depresiva. No soportaba, claro, la vida. Pero no cualquier vida. No soportaba la suya. Su vida, pequeña y aburrida, burguesa. Yo la miraba y tampoco soportaba su vida. Era una vida venida a menos, de padres separados. Al papá no lo habían vuelto a ver. La mamá pertenecía a una familia con aires de grandeza, sacada de uno de los ambientes de Hesse que atraen y espantan, pulcros, ordenados, con olor a limpio. En esa estrechez burguesa, Hesse sitúa su crítica a la sociedad. Harry aspira a relacionarse con lo eterno, con las estrellas, con lo sublime. Mozart, en primer lugar: “Toda mi vida había sido la meta de mi amor y devoción”, confiesa.

Es difícil bajar de allí. Más aún con una guerra mundial a cuestas. A comienzos del siglo veinte, el Existencialismo aparecía hasta debajo de las piedras. Hesse fue uno de sus más inteligentes exponentes. Una sensación de incomodidad profunda conducía a aferrarse al anarquismo. Una sensación de extrañeza, de no reconocerse. ¿Soy yo capaz de cometer estas atrocidades? ¿Soy capaz de dar vida, pero también de quitarla? ¿Así, tan fácilmente? ¿Yo lo decido? Mi amiga M. se salvó finalmente gracias a un buen lavado de estómago y un nuevo romance (nada más burgués que el sentimentalismo, dice Hesse), y yo no volví nunca más a acercarme a Hesse ni a su lobo. Había querido acabar con la vida de mi amiga. Me daba miedo. Ese mismo lobo podía meterse en la mía. Y yo quería vivir. Tenía una pasión especial por la vida. Creía que era algo así como un manantial lleno de oportunidades, de cosas por hacer, de sorpresas. Pero sublimes. Ese mundillo burgués, al igual como le ocurre a Harry Haller, me repugnaba, me daba asco.

EL MUNDO DEL LOBO FEROZ

Yo era, sin duda, bastante loba y lo sigo siendo. Eso nunca se me pasó. La vida me puede arrastrar al lado oscuro y fácilmente. Con los años se aprende a salir más rápido. A perder menos tiempo intentando volver al “buen” camino. Como humanos que somos, tenemos la tendencia a caer. A repetir errores. Fracasos. Problemas. Si no se aprende la lección, vuelven a aparecer, como dice Jung. Y si no se aprende en esta vida, la idea de reencarnación que desarrolla Hesse (seguramente influenciado por el budismo) refuerza la sentencia de que se debe aprender en la siguiente. O en la subsiguiente. Y así. Hasta el final del final de los tiempos.

Por eso, la historia del lobo estepario no tiene que ver solamente con un lobo. El lobo puede ser tigre, mono, pájaro. Puede ser todos a la vez. No hay que “casarse” con una personalidad, dice Hesse, por muy perturbador que esto sea. El hombre no es una forma fija y duradera. Es ensayo y transición. Está constituido de muchas personalidades. Se puede tener un retrato de sí mismo bien definido, inamovible, clasificado. Uno solo. Con todas sus curvas y superficies. Se puede tener dos, por ejemplo, si desde el centro del ser cuerpo y espíritu se parten por la mitad y surgen dos polos: el hombre y el lobo de la estepa. Desde allí interactúan -o luchanla razón, por un lado, y la naturaleza, por el otro. El conflicto dual de los orígenes, luz/sombra. Pero «El lobo estepario» va mucho más lejos de dos y plantea que pueden ser cientos, miles los retratos de uno mismo. El yo se multiplica hasta el infinito. Algunas “almas singularmente dotadas y delicadamente organizadas” son plurales, contenedoras de “un haz de yos”. Se rompe la ilusión de la unidad de la personalidad. Los “yos”, además, interactúan. El joven y el viejo, el sabio y el tonto; el bien vestido, el harapiento y el desnudo. En diferentes etapas de la vida en diferentes vidas, todos juntos  having a ball. La exigencia filosófica y mental es mayor. 

La filosofía de la reencarnación, pienso, esconde un consuelo para el hombre. Es una manera disfrazada de decir que es “inmortal”. Aunque sea en otras vidas, sigue viviendo, una y otra vez, en otros cuerpos, en otros tiempos. Es como decir, bueno, si no fuiste lo suficientemente bueno en esta vida, vendrán otras, porque el yo se expande y se multiplica hasta el infinito. ¿Es que Hesse se atormentaba mucho pensando en que no iba a alcanzar a aprender en esta vida para llegar a aferrarse a la idea de otras vidas? ¿Acaso sentía que no iba a lograr ser lo suficientemente “bueno”? ¿Lo suficientemente artista? ¿Lo suficientemente sabio?

Harry Haller es un alma que no sabe bien cómo vivir en el mundo de la gente corriente, con sus fábricas y sus sueldos y sus familias bien constituidas. Él deambula por esferas superiores. Dialoga con los grandes. Maestros del arte, de la música, de la literatura. Dostoievski, Nietzsche, Novalis, Goethe, Mozart. Sus interlocutores son los elegidos y él quiere emularlos. El camino hacia el “verdadero Hombre”, el “Inmortal”, se paga con grandes dolores, “con doloroso aislamiento”. Recorrerlo aterroriza a Harry en lo profundo de su alma. Sabe que esto le llevará a mayores sufrimientos, “a la veneración, a la última renunciación, quizá a la horca y aunque la Inmortalidad le hace señas al fin de este camino, no está dispuesto a sufrir todos estos dolores, a morir todas estas muertes”. ¿Quién está realmente dispuesto a sufrir?

La esencia del conflicto que sufre Harry, se puede definir, entonces, como la batalla dentro del espíritu entre fuerzas opuestas. Es el mismo drama fáustico de la escisión del alma. Harry lleva una vida indisciplinada, con periodos de irregularidad en el sueño y desórdenes en la alimentación y la bebida. Tiene mala salud, trastornos del ánimo y problemas de sociabilidad y adaptación. Es un hombre desdichado, atormentado por el tiempo que se le escurre entre las manos, sin hacer más que padecer y autocompadecerse de su propia suerte. Harry, finalmente, es un hombre atormentado por la culpa, condenado por el delito de haber nacido justamente para “vivir”, condenado por su tiempo a reiniciar una y otra vez el juego de la vida. 

Este mismo hombre, sin embargo, anhela la vida tranquila del hogar, ese “templo del orden”, la decencia y la salud, el cumplimiento con “el deber”, las fiestas familiares. Pero Harry sabe que no puede estructurarse dentro de parámetros convencionales del common sense,  de la democracia y la burguesía. De allí viene ese anhelo salvaje de “impresiones fuertes”, el loco deseo de destrozar algo “como un almacén o una catedral”. No hay límites. Todo puede ser y ocurrir cuando actúa la fiera descarriada que se tiene adentro y anda suelta en un mundo donde ya no encuentra patria ni aire ni alimento. 

En este sentido, la novela abre una puerta hacia una existencia diferente, supuestamente más elevada, aunque no exenta de dolor, que es el “recuerdo de nuestro elevado rango”. Como si acordarse de que se puede ser mejor causara dolor, quizás porque no alcanzamos a serlo. «El lobo estepario» propone un camino de vida atrayente y pavoroso a la vez. Es tan endemoniadamente tormentoso, que cuesta trabajo soltar amarras y atreverse a leer. Hesse ubica al lector en una posición difícil, porque cada cual puede dar el salto a su manera o no darlo en absoluto. El ser debe atreverse a desprenderse de su sentimiento de decadencia y también de sus visiones subjetivas, su experiencia, su pasado. Es un ejercicio difícil, que obliga a estar en el presente siempre, en ese “teatro” abriendo puertas infinitas, sin resistirse, sin oponerse, aunque nos cueste “la razón”.

EL SUICIDIO O LA OTRA PUERTA

Uno de los temas principales de esta novela es el suicidio. Europa sobrevive bajo la desolación de la Primera Guerra y Hesse, de 50 años (como Harry), sufre el fracaso de su primer matrimonio. La angustia es el pan de cada día. Harry es un suicida. Un hombre que siente su yo como “un germen de la Naturaleza, particularmente peligroso, problemático y dañado”, siempre expuesto y, por lo mismo, en peligro. Para este hombre, el suicidio es la forma de muerte más verosímil. La meta de su existencia no es la propia perfección, sino la disolución de la vida para así volver a Dios, “a la madre”, al Todo. Sin embargo, el suicidio no sirve de nada, pues el lobo debe seguir el penoso camino de la “encarnación”. Una y otra vez. Debe pasar por los horrores de la muerte, debe sufrir “una nueva conformación, una nueva encarnación cuyo fin no sería ya la paz y el descanso, sino siempre una nueva autodestrucción”.

¿Cómo salir de esto? ¿Será el amor la respuesta? ¿Es el amor demasiado burgués? ¿Serán “los amantes” unos niños del diablo, como dice Hermine, la joven que introduce a Harry a la existencia mundana del sexo, amor y drogas? ¿Cómo se vive si vivir es lo más difícil? ¿Si es más difícil incluso que morir? ¿Cómo se logra no desatender el camino hacia la libertad y ser animales que jamás se muestran indecisos o ignoran lo que tienen que hacer o cómo comportarse? ¿Hasta qué punto se debe reconocer como propia la culpa respecto al mundo en que vivimos, la guerra y otras miserias humanas desatadas por omisiones y malas costumbres?

Y, por último, ¿no son éstas las mismas preguntas que se hace la sociedad global en la actualidad? Lo que fue un manifiesto existencialista en los tiempos de Hesse sigue siendo de peso noventa años después de haber sido publicado. La “enfermedad espiritual” de Harry no es “el capricho de un solitario”, sino “la enfermedad de la época”, la neurosis que parece atacar no a los más débiles e insignificantes, sino “a los fuertes, a los más espirituales, a los mejor dotados”. Ellos existen en todas las épocas, en todos los tiempos. Son ellos los invitados a este paseo por el infierno, a un paseo angustioso a veces, animoso otras, con el ánimo de “ofrecer la frente al caos, de sufrir el mal hasta el fin”. Pero, ¿vale la pena?

Creo que sí. Creo que lo más valioso que atesoraremos en esta vida es a nosotros mismos. Cada uno por sí solo y en sí mismo. Es suficiente. Se basta. Es necesario exigirle a la vida lo más elevado, sin acostumbrarse a su estupidez y su crudeza. Es necesario reconocer la teoría de las mil almas, dejarlas aparecer a todas, con sus pretensiones y deseos. Dejar el ser libre de las amarras de una sola personalidad, aunque no sea una aventura agradable ni divertida sino, al contrario, una faena “amargamente dolorosa y, muchas veces, casi insoportable”.

Más que nada, se trata de mirar hacia adentro, al mundo sin tiempo. Después, ¡aprender a reírse de uno mismo!, dice Hesse. Todo el “humor elevado empieza con esto, con no tomar en serio nunca a la propia persona”, escribe, entregando otra pieza clave, una lección que él mismo tuvo que aprender. Reír como los inmortales para así subsistir en este teatro del absurdo, con sus máscaras y disfraces, títeres y payasos. ¿No es eso finalmente el arte? Allí es donde está la serenidad, la armonía, el modo de existir más allá del bien y del mal.

No lo sé. Son sólo algunas ideas de una loba esteparia. Lo más importante, creo yo, es acercarse al lobo con cuidado y mucho respeto.

Comentarios

  • “El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras”, Woody Allen (1935).
  • “En mis cuadros hay cosas improbables, no imposibles”, Fernando Botero (1932).