El mapa del Chile que queremos

21/05/17 — POR
Españoles, holandeses, ingleses y franceses trazaron los mapas del Océano Pacífico de acuerdo a sus pretensiones, haciendo del Mar del Sur un “lugar” en sus imaginarios. Los latinoamericanos, con nuestra interminable costa pacífica todavía no tenemos uno que deje entrar el mar en nuestro horizonte mental.

Los mapas siempre han sido arma diplomática en las disputas entre los países, un medio de darle forma a sus conquistas y ambiciones.

Conocida es la proyección creada por Gerardus Mercator, la que distorsiona las áreas geográficas  a  medida  que  se  aleja  del  Ecuador,  lo que de paso agranda a Europa. Alemania, de 350 mil kilómetros cuadrados, parece similar a Bolivia, que supera el millón de kilómetros cuadrados. Y sigue utilizándose en Google Maps.

Sus cartógrafos dan explicaciones, como que la tierra no es perfectamente redonda, y al llevarla a un plano se alteran las formas o los tamaños de cada continente. Esa realidad nos invita a pensar, a cada uno, cómo queremos vernos representados, tal como hicieron los europeos que, al ubicarse en el centro de los planisferios  dejando  en  Greenwich  el  inicio  de todo, desde su posición “ordenaron” el mundo.

Ellos  establecieron  un Lejano y  un  Cercano Oriente, división que nos desorienta. Porque el Cercano nos resulta remoto, pero nos basta cruzar el Pacífico para llegar a un “Lejano Oriente” que, para nosotros, está al poniente.

En  los  mapas  mundiales  con  Europa al medio, se nos secciona brutalmente el escenario más amplio de nuestro entorno, el más rico en potencialidades: el Océano Pacífico, que queda ocupando los bordes, la periferia del mundo. Sin derecho a ser “lugar”. Al romper la unidad del Pacífico se le niega su condición de realidad geográfica con historia propia, se olvida que fue por siglos un área de encuentro entre Occidente y Oriente, cuando cruzaban los  galeones  españoles  que eran vínculo  de Asia con América. Era una ruta marina que “redondeaba el mundo” y nos dejaba, a los americanos, de puente estratégico entre Asia y Europa.

Esa dinámica, que también fue cultural y generó migraciones, sugiere un planisferio donde América sea central, y no borde izquierdo. Uno de los precursores en el diálogo entre Occidente y Oriente, el jesuita Matteo Ricci, a la hora de establecer vínculos con China (1584), hizo lo que era de esperarse en su planisferio: dejó el Pacífico en el medio. Lo hizo para rendir tributo a la China milenaria que, con razón, se sentía menoscabada al verse arrinconada al borde  en  los  mapas  europeos. A  ella,  como  a nosotros, nos interesa un mapa que restablezca la centralidad del Pacífico.

El estrecho encadenado

Necesitamos vernos dentro del océano. La reciente conmemoración del descubrimiento del Cabo de Hornos nos pasó de largo, y puede suceder lo mismo con los 500 años del paso austral de Hernando de Magallanes, el año 2020, por el primer europeo que avista y pisa territorio de Chile.

Digamos de paso que ambos lugares fueron por siglos el único medio de entrar al Pacífico, por lo que sus mapas eran altamente valorados por los gobiernos y sus corsarios y piratas. El cosmógrafo Hernando Colón, hijo del Almirante, sugirió poner cadenas en el estrecho para controlar el paso, lo que nos resulta inimaginable, pero corresponde a una realidad de la época: España quería estar sola en el Pacífico.

Profundo era el despecho británico ante el Papa, que había repartido la rica América del Sur entre españoles y portugueses. De ahí su apoyo a Francis Drake, a Richard Hawkins, exploradores y creadores de mapas, avanzada de lo que finalmente intentaron con reuniones en Versalles:  la conquista anglo-francesa de Sudamérica, que se frustró por accidente. Basta recordar que un solo pirata, Thomas Cavendish, en dos años de correrías logró reunir la mitad de los ingresos anuales de la Corona inglesa.

No podían apartar de sus mentes el Cabo de Hornos y el Estrecho de Magallanes; si caía Chile seguiría el resto, con las enormes riquezas del Perú y el Alto Perú, y el derecho a navegar libremente por el ancho Pacífico.

La Otra Orilla

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Ahora, la flecha internacional apunta de América hacia La Otra Orilla del Pacífico, la de Australia y China, de Japón y Nueva Zelandia, entre otros países ribereños. Para verlos y comunicarnos necesitamos el uso de mapas centrados en el Pacífico.

Un hecho relevante, muy sugerente, es la cartografía española. Sus autores concebían y representaban a América y al Pacífico como una unidad, la parte de tierra y la parte de mar, el continente y su mar adyacente. El Nuevo Mundo, aunque era uno solo, tenía dos partes: territorio y maritorio.

Las rutas, como la de Filipinas a México, humanizaban el Pacífico y hacían visible la presencia y dominio en un océano que, por lo absoluto del poder real hispano, llegó a ser llamado “El lago español”.

Vicente de Memije, héroe cartográfico, es el que logra darle forma al imaginario español. En lo alto de su mapa la península española, cabeza y Corona del imperio, que así parece llamada a controlar cuanto sigue más abajo: el Atlántico o Mar del Norte; luego siguen América y el Mar del Sur y finalmente, en la base, los pies: Filipinas.

Había tras este mapa una serie de “disputas visuales”. Si España defendía la tesis que asocia los mares anexos a sus territorios adyacentes, los neerlandeses esgrimieron el Mare Liberum, que argüía el concepto de los océanos libres, no apropiables por nación alguna. Los mapas de Johannes van Loon, muy populares en su época,  presentan  un  Océano  Pacífico  vacío,  puros mares azules, sin tierras que arrojen señales de soberanía. Un Océano como lugar, propio y libre, independiente.

En  los  mapas  de  sus  seguidores  aparecerán algunas islas que refuerzan la idea de lo exótico, lejano y diferente, dando espacio a imágenes seductoras y paradisíacas que se potenciarán con la presencia francesa en la sensual Polinesia.

El jesuita Antonio Cantova, misionero de las Islas Carolinas, que son unas 500, traza un mapa -de 1722-, influenciado por la imposibilidad de catastrar y nombrar tanta ínsula; él refuerza esa ajenidad, esa otredad, al presentar el Pacífico como el lugar sin límites, desmedido, de miles de islas dispersas en un océano que pertenece a otra escala, diferente a todo lo conocido. Aún se dice que tiene “entre 20 mil y 30 mil islas”, sin precisarse su cantidad.

No hemos llegado a conocerlo, tal vez por esa desafiante vastedad, aunque sea la cuenca oceánica más antigua del planeta, formada por rocas sedimentarias que llegan a los 200 millones de años.

Tributos

Este  trabajo  se  ha  realizado,  como  referencia principal, a partir de una sugerente presentación llamada «La percepción histórica del inmenso azul: modelos de representación en la cartografía del Océano Pacífico», de José María García Redondo, un historiador doctorado por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Él fue uno de los más de 200 expertos que se reunieron en Sevilla el año 2013, en el congreso internacional de los 500 años del descubrimiento del océano (El Pacífico 1513-2013. De la Mar del Sur a la Construcción de  un  Nuevo  Escenario  Oceánico),  la  que  fue publicada en el libro «El Mar del Sur en la historia, ciencia, expansión, representación y poder en el Pacífico» (Rafael Sagredo Baeza y Rodrigo Moreno Jeria, coordinadores, edición Universidad Adolfo Ibáñez, DIBAM; y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, 2014).

Su notable serie de mapas, precisamente, es una invitación que, más allá de permitirnos observar  las  transformaciones  del  Pacífico  en  el imaginario europeo, nos provoca directamente: ¿Cuál debiese ser el lugar del océano en nuestro imaginario? ¿Cómo debiera ser el mapa que inaugure una nueva relación entre América Latina, Asia y Oceanía, Océano Pacífico mediante?

Tal vez necesitamos hacer uno con el “Lejano Oriente” arriba, volviéndolo Cercano para así cerrar el círculo de nuestro origen, en un reencuentro con esa Asia milenaria de donde llegaron los primeros habitantes americanos.

Aunque  como  país  vivamos  de  espaldas  al mar, vaya un saludo para uno de los chilenos de excepción, Mateo Martinic, Premio Nacional de Historia 2000. Allá en su casa de Punta Arenas, de cara  al  Estrecho  y protegido  del  viento,  se ha recluido para escribir, a tiempo completo, una gran biografía de Hernando de Magallanes, a ser publicada el año 2020 para los 500 años del descubrimiento del Estrecho.

Será un homenaje al líder de la primera expedición europea que pasó del Atlántico al Pacífico, al primer europeo que toca tierra chilena dando nombre a la Patagonia y a la Tierra de los Fuegos, al que abre paso a la aparición de Chile en los mapas, el mismo Magallanes que llama Océano Pacífico al que antes era Mar del Sur.

 

Comentarios

  • "La duda es el origen de la sabiduría", Rene Descartes (1596- 1650), filósofo francés.
  • “Conquistar sin riesgo, es triunfar sin gloria”, Pierre Corneille (1606-1684), dramaturgo francés.