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EL OCÉANO SUMERGIDO

02/07/18 — POR

El viaje de Kenneth White, que se inicia entre griegos y chinos, termina en Chile. Una odisea ansiosa de mares mentales amplios, donde se siente el respirar de los océanos. Un regreso a lo salvaje, en clave poética.

Por Miguel Laborde.

Ilustración Alejandra Acosta

EL OCÉANO ES AZUL, A VECES. Fueron los poetas griegos los que, como en tantas cosas, establecieron la norma. Lo cierto es que el azul griego es ocasional. Se vuelve verde y tibio más al norte, gris bajo la neblina, bronce cuando anuncia tormenta, negro cuando se fuga el cielo.

Este de aquí es frío y azul, como sueño de poeta, y algo hay en él que apenas emerge. Según el escocés Kenneth White (1936), el Océano Pacífico es parte de una historia cataclísmica. Antes que pasar a la historia de la literatura con sus libros, prefiere “revelar el paisaje cataclísmico de la tierra en toda su extrañeza y toda su belleza”.

Esto lo dice en su libro «Le Plateau de l’albatros», el que le publicó la Editorial Grasset en 1994. En él afirma que la cultura griega –¿nuestra cultura?– no existiría sin “la poesía oceánica de Homero: el ágora está bañada de sus olas”…

Es una imagen hermosa. Pensar en el ágora de los políticos, de los filósofos, la plaza abierta a la palabra y cuna de la democracia, aligerada por una brisa marina que deja respirar mejor a las ideas. La sophia de Platón no era “sabiduría”, como ahora se traduce, sino “inteligencia poética”.

Más cerca nuestro, Walt Whitman, el que abrió el paisaje amplio de las verdes praderas de Estados Unidos, las de la paz del búfalo, llegó a declarar que dejaría de lado todo proyecto poético –en el sentido común del término, del hacer poemas–, si tan solo pudiera dar cuenta de “la ondulación de una ola, de la respiración del océano”.

Lo han dicho tantos navegantes. Es en alta mar, cuando se levanta la bruma del amanecer y el mar recobra su ritmo, que la vida comienza. ¿No hicieron nacer el mundo, los pueblos antiguos, desde el fondo del mar? El drama verdadero estaba ahí, en la vida que emerge desde el abismo y en los continentes que ahí se hunden. El resto era accidental. El amanecer de la poesía también es así. En su «Teogonía», Hesíodo se dedica a escribir de “El Alba y el gran Sol y la Luna brillante, y la tierra y el vasto Océano y la oscura Noche”.

Es lo esencial. Pero, al decir de White, perdimos esa claridad. Nos movemos como cazadores y pescadores, sin ver nada que nos distraiga, concentrados en la presa. Ciegos a todo lo demás.

Podríamos ser como el hombre navegante, antes bien, escribe White. Ser que vive alerta a percibir otras señales hasta encontrar su devenir en la aventura inmensa del mar: “Él debe conocer las mareas y las estrellas, debe estar atento a la hora, la estación, el cielo, los vientos, que cambian a cada instante. Debe tener una inteligencia de múltiples facetas, gnome poluboulos, una inteligencia de la ola y el viento”.

Sabios, los griegos entendían que nunca llegarían a conocerlo del todo, porque había “un mar abierto, sin orillas reconocibles, sin señales, la clase de mar en la cual se perdieron los Argonautas: ‘una región pánica’ ”. Como si las olas y los vientos fueran ahí un portal que lleva a enfrentar lo caótico cósmico. Un paso que permite acceder de lo conocido a lo desconocido.

Como sucediera con los Argonautas, aterrados de pronto, a-terrados, sin tierra, sin referentes, al penetrar a un estrecho –símbolo femenino por excelencia–, sin saber qué había al otro lado: ¿Habría otro lado?…

Pero, a pesar del pánico, no se puede atravesar sin entregarse, sin abandonarse. Entonces, recién algo puede emerger, surgir al aire y el sol. La vida crece en medio de lo incierto.

Estrabón, en los orígenes de la geografía, intentó seguir la misma ruta. Nos cuenta White que fue en la antigua sabiduría china donde encontró un significado para su propio rol de “intelectual”, que lo hizo reconocerse: «El hombre del viento y el relámpago»

La posibilidad del Pacífico.

Ya se ha dicho, muchas veces en este comienzo de siglo, que avanzamos hacia un mundo visual. Que el ser humano, luego de miles de años orientado por imágenes, y sólo recientemente intelectual en clave racional (apenas un puñado de siglos), a través de las pantallas regresa ahora a lo audiovisual. ¿Cuál era el prodigio de las cuevas de Altamira? No era un discurso, era una experiencia. Ahí abajo, ante las imágenes prodigiosas, oír el retumbar del torrente de agua subterránea golpeando las rocas, como si la tierra hablara ahí. La tierra, el agua, y el fuego de la antorcha iluminando el muro bajo el temblor del miedo.

¿Y cómo podrá ser el regreso a ese mundo de las experiencias? (Es lo que ofrecen, ahora, los publicistas; los objetos están de baja).

Para White, si la separación puede ser salvada, si fuera posible el salto atrás, será mediante lo poético. Porque ahí se encuentran ambos mundos; es en lo poético donde la imagen y la palabra, unidas, alcanzan su “eficacia plena”.

¿Y este libro de White, por qué se llama así, «Le plateau de l’ albatros»?

La metáfora es mítica. De la Meseta del Albatros, en la parte central del Pacífico, sólo serían visibles las cimas en Rapa Nui, los islotes de Sala y Gómez, el Archipiélago de Las Galápagos. Huellas únicas del continente que se hundió en lo que los polinésicos llaman “El Cataclismo de Hiva”.

Para White, recién estamos aprendiendo a pensar desde la tierra, y no sobre ella. Luego de siglos obsesivos, por querer dominarla, poseerla, luego de andar perdidos como los Argonautas, ahora podríamos aspirar a contemplar el continente sumergido. Con otros ojos.

No los del cazador ni los del pescador, sino los del navegante atento a señales múltiples. En un estado de conciencia abierto a todo, conectado al cosmos y al caos. Y así ser capaz de creer en las intuiciones propias y tomar decisiones por ellas. Para así poder ver lo que no se espera. La Meseta del Albatros estaría ahí, desde siempre, desde el hundimiento de la Lemuria o Mu. El libro de White es un recorrido, desde Hesíodo y Estrabón, Homero y Platón, a La Perouse y Humboldt, Cendrars y Thoreau, todos cuantos han sido vistos vagando por las orillas del océano esperando la cataclísmica reaparición de la tierra perdida. En pasos, en sueños, en textos.

Todo vale.

El libro tiene un subtítulo: «Introduction à la géopoétique». Y, curiosamente, luego de recorrer escenarios y viajeros y poetas de todos los continentes, su Epílogo termina en Chile.

Y lo hace evocando las visiones del filósofo italiano Ernesto Grassi (1902-1991), colaborador de Martin Heidegger, quien pone en valor la imaginación y la metáfora, antes que la racionalidad moderna, para comprender el mundo. Seguidores tuvo en Chile, como el también filósofo Joaquín Barceló.

En «Arte y mito», escrito originalmente en alemán («Kunst und Mythos»), Grassi inicia así: “Nos encontramos en Chile. Es el comienzo de la primavera: una claridad difusa”…

Creyente en que la cultura debe recobrar la relación directa con el mundo (das Unmittelbare), encuentra aquí el escenario que permite el tránsito de lo conocido a lo desconocido. Chile como portal, o estrecho. Porque le parece, el chileno, un paisaje inmisericorde, inhumano. Las palabras comunes ya no sirven y hay que buscar otras. La luz de aquí no es luz, es un “fenómeno cósmico”.

Cunde la soledad, hay algo inquietante, asoma el pánico. Sensación de impotencia, por la imposibilidad, por ejemplo, de “ver” el paisaje con un punto de vista pictórico. Se impone sobre el hombre, no se puede reducir a lo humano. La naturaleza, aquí, sería una realidad desconocida y desorganizada, “inquietante”, sin permitir la residencia. Lo que reina aquí, traduce White, “es la ausencia de la palabra humana”.

Los Andes locales también serían inhumanos, “un puro fenómeno geológico”. Sus formas, colores, sombras, serían imposibles de representar con “unidad artística”.

No hay coordenadas, los elementos tectónicos no armonizan unos con otros. Pero, con sus experiencias en las costas de Chile, Grassi vio surgir la posibilidad de un arte nuevo: “Sin tales experiencias, uno no comprenderá jamás qué significa erigir un muro, delimitar un espacio; qué es pintar un lienzo, componer formas y colores; qué es describir, por medio de ritmos y palabras, nuestra situación y nuestras experiencias, y así poder enfrentar el mundo caótico”.

¿Chile de frente al caos?

Es posible que a los chilenos nos resulte extraña la percepción del país como una suerte de portal cósmico que permite contemplar lo caótico a la cara.

Pero, y alguna vez en estas mismas páginas escribimos de la condición “cruda” de la geografía chilena, reconocemos en ese relato percepciones de larga data, especialmente de poetas chilenos.

Luego de su referencia a Chile, White se pregunta si la condición humana, que sería “un campo de batalla” en su interior –tal como aparece en el imaginario mapuche–, podría tener su origen en una catástrofe inicial, drama oculto en el origen de la especie.

Si los ojos de White se vuelven hacia acá –llegar a conocer la Patagonia…–, es porque ve aparecer aquí, a ojos vista, la poética que anda buscando; porque “América es como el mar, que siempre comienza de nuevo” .

Le atrae lo salvaje. Y los salvajes como los conoció el botánico Jean Baptiste Du Tertre en el Caribe, en el siglo XVII: “Ellos pasan medios días enteros sentados sobre una roca, o en una ribera, los ojos fijos en tierra o en el mar, sin decir una sola palabra”…

Ese estado, de ensoñación o adormecimiento, le parece a White más promisorio que el de alerta permanente –la astucia del clever– que tanto se ha propiciado las últimas décadas.

Comentarios

  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.
  • “El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras”, Woody Allen (1935).