El planeta no es un globo (después de la globalización)

10/03/17 — POR
No puede decirse que el ser humano es un ser curioso, hambriento de nuevos horizontes y explorador por naturaleza. De haberlos los hay, pero también existen muchos de la especie que se satisfacen en el arraigo, en lo propio, en ese rincón familiar que les ofrece un fuerte sentimiento de identidad y pertenencia.

Unos y otros han sido indispensables para que la humanidad siga viva pero, qué duda cabe, el conocimiento del Planeta le debe mucho a esos que, seducidos por las distancias largas y sus lejanías, lo desconocido, traspasaron los límites del territorio ancestral y se aventuraron fuera de lo propio; en lo ajeno.

Más allá de los viajes comerciales, de las rutas chinas y árabes, por ejemplo, fue propio del ser humano el tener curiosidad frente al diferente y lo diferente. Hubo mucho viaje, a veces trágico, sin razón política o económica; travesías poéticas por así decirlo, como la excursión que uno hace a la montaña más cercana para contemplar el paisaje del otro lado.

En nuestro ámbito, el colombiano William Ospina tiene una novela amazónica centrada en el viaje de Pedro de Ursúa en busca de El Dorado. Riqueza que, de encontrarla, sería homenaje a su amada, una sobrina de Atahualpa. El título del libro alude al nombre indígena del gran río: «La serpiente sin ojos» (Random House, 2013).  En él menciona el extraordinario viaje de los habitantes de una tribu que, tras ver pasar río abajo al primer barco español, el del descubridor Francisco de Orellana en 1541, no soportaron no saber de qué se trataba; tras mucho pensarlo, viajaron también, río arriba.

De haber tenido el concepto, podrían haber dicho que el barco era un objeto no identificado, una nave extraterrestre, la que se debía investigar y explicar; es la actitud que, en muchos casos, ha salvado a la humanidad.

En un logro de varios años, unos diez, prepararon una expedición para conocer el lugar de origen de eso que alteró para siempre su visión de mundo, haciendo todo más complejo e incierto. La curiosidad mata a veces, es cierto, pero algunos seres humanos son así, no se conforman con las variaciones de la comida y el sexo como únicas aventuras posibles.

Cristóbal Holzapfel, en su notable libro «De cara al límite» (Metales Pesados, 2013), ahonda en este rasgo decisivo de la condición humana. En su análisis, se detiene en la acción ‘delimitadora’ del ser humano que (mamífero, al fin) pone límites, acota, territorializa; pero, también, este filósofo chileno nos hace visible que hay actitudes opuestas, ‘deslimitadoras’, que tenderían a aumentar con la Modernidad. Esto, en tal grado, que todos los límites parecen ahora removerse, sin quedar ninguno firme y estable.

Holzapfel plantea que el ser humano es un ser que se define frente a lo ilimitado, lo eterno, la dimensión trascendente frente a la cual ya no tendríamos una actitud sino un estado de ánimo. Un sentimiento ante lo inexplicable.

En algún momento nos sorprende la vertiginosa experiencia de lo infinito, ver un alto cielo estrellado o percibir la música de sus esferas, en un espacio sin medida ni dimensiones, propio de un tiempo sin tiempo, como diría Neruda, circunstancia que es la propia de lo paradisíaco.

Como el poeta griego Heráclito al principio, sentimos que tanto el universo exterior, ajeno a todo límite, pero también nuestros paisajes interiores, nos arrojan a un espacio tiempo que es otro, plenamente abierto y sin horizontes que lo acoten. Apto para la plenitud del ser.

A esos abismos síquicos Roberto Matta los llama inscapes, paisajes de adentro. Por lo mismo se interesó mucho en el sicoanálisis y en el “sentimiento oceánico”, como define Freud a esta dimensión sin límites.

No es casualidad el que, si la Modernidad se asocia a la caída de los límites y a la apertura de escenarios ilimitados, Matta sea considerado el artista que, en la primera mitad del siglo XX, más se deja arrastrar por ellas, hasta llevarnos a compartir su experiencia. El vértigo lo sedujo, el vértigo hacia arriba, como a tantos antes que a él. Ello sucede con más frecuencia en el arte y en el misticismo.

El músico Juan Pablo Izquierdo, de niño en la casa familiar de la céntrica calle Miraflores, ya oscura, una noche y cuando sólo lo acompañaba el ojo verde de la gran radio de madera junto a la cama, la que transmitía una composición reciente, se sintió arrojado hacia los confines del Universo. Ese día se selló su destino: sería músico, volvería a navegar en el espacio cósmico.

Insistamos, no es algo tan frecuente. Tal vez sea un sentimiento minoritario frente a la necesidad de seguridad, orden y estabilidad, lo que caracteriza a los sedentarios. Pero, como decíamos, siempre hubo seres humanos dispuestos a soportar el miedo al riesgo, a lo inmanejable, a lo incierto, con tal de asomarse más allá del límite, al otro lado. Del valle, del bosque, de la montaña que se alza como barrera, o del océano cuyo horizonte, casi burlesco, siempre se aleja.

Buckminster Fuller, inventor y arquitecto estadounidense (1895-1983), rinde tributo a los piratas. Ellos habrían sido, en tiempos menos remotos, los que osaron alejarse de las rutas consolidadas para penetrar estrechos correntosos y aguas desconocidas, en las que tormentas, barcos de otros pueblos, vientos imprevistos, todo podía resultar mortal.

En su percepción científica del mundo como unidad, Fuller es uno de los protagonistas del siglo XX. Aunque, en otros siglos, Goethe no soportara el espíritu clasificatorio de Leibniz –por temor a que se perdiera de vista el esplendor de la totalidad– y que Humboldt llamara «Cosmos» a su gran obra integradora, después de ellos la ciencia se alejó de la experiencia del mundo como conjunto.

Al recuperarla, y observar el Planeta desde ella, Fuller advirtió tempranamente la crisis energética y la urgencia de orientar el mundo tecno-industrial hacia el uso de energías renovables, como la solar y la eólica. Promovió una cultura apoyada en una nueva educación, la que tendría el concepto de lo sustentable como eje central.

Visionario, planteó que era inútil intentar cambiar el rígido sistema; que el camino debía pasar por construir uno nuevo, totalmente diferente, que dejaría obsoleto al anterior. Hay una pregunta constante en sus trabajos: “¿Tiene la humanidad una posibilidad de sobrevivir final y exitosamente en el planeta Tierra y, si es así, cómo?

En su libro «Una nave espacial llamada tierra», plantea una metáfora sugerente. Tal como nuestro planeta viaja desplazándose a una altísima velocidad, como otra nave más en el espacio vertiginoso, posee asimismo una bodega o reserva de recursos naturales capaces de mantener viva a su tripulación –la humanidad–, por un tiempo determinado, limitado. Todo se agota eventualmente, y nadie ha logrado encontrar el Manual de Instrucciones para saber qué hacer después.

Sin embargo, propone Fuller, hay algo que sustituye al Manual: el cerebro humano, capaz de elaborarlo, para así permanecer indefinidamente en la nave, toda  la humanidad viajando en un espacio y tiempo sin límites gracias a una tecno-industria basada en lo renovable. No temía a la globalización. Tal como no escondió cierta simpatía por los piratas y sus transgresiones, por ver en ellos a unos fundadores de un mundo sin fronteras, considera que la computación y sus redes también han crecido, de alguna manera, por los mismos cauces aperturistas que llevan a dimensiones que, virtualmente, no tienen límites. Pionero  de  la  eficiencia  energética,  de  la  eficiencia de materiales, del “hacer más con menos” –“efemeralización”– (en su valoración de lo efímero, de lo que consume pocos materiales y poca energía, inventó las hoy difundidas cúpulas geodésicas, livianas y portátiles).

Murió en 1983 sin alcanzar a ver cómo sus visionarias posturas, tan poco convencionales (fue expulsado dos veces de Harvard por no adaptarse), alcanzaban una irradiación y difusión mundiales. Se le podría considerar, por otros cauces, como un antecedente de la arquitectura ecopoética y geopoética de Cazú Zegers en Chile, la que exhibe y promueve lo “leve y precario”.

Fuller estaría hoy en primera fila de los debates mundiales, afirmando que la globalización es demasiado importante como para dejarla en manos del comercio. Muchos acusan hoy a esta dinámica de habernos lleva do a un gran mercado sin regulaciones ni fiscalización, a diferencia de las viejas economías nacionales donde era más posible fiscalizar, controlar, encauzar.

De acuerdo a su forma de pensamiento, planetaria, Fuller habría afirmado lo contrario: que la actual globalización, apoyada por las redes informáticas, puede llegar a ser el mercado mejor regulado y más transparente que hayamos conocido en la historia.

Es cierto que son muchos “los perdedores de la globalización”. Por lo mismo, sus promotores, antes que defenderla a ultranza por sus beneficios, debieran encabezar una agenda que los incluya como tema prioritario, hasta lograr incorporarlos a la nueva economía.

Como no es así, hoy es el populismo el que los representa, el que amenaza con levantar muros y volver a cerrar fronteras, perdiendo vigencia la globalización, como sucedió con la Depresión de 1929, cuando lo único que prevaleció fue el “sálvese quien pueda”.

Son muchos, muchos “los perdedores”. Sea porque quedaron marginados de la nueva tecno-industria, como tantos obreros manufactureros desplazados por las fábricas inteligentes, o por la competencia de países con mano de obra más barata. También se incluyen clases medias emergentes que, con el descenso de la economía mundial, han visto que sus logros y conquistas –en vivienda, educación, recreación– ahora se desvanecen. No eran para siempre y lo resienten. Y está el vasto desempleo juvenil, al que se suma la gran cantidad de jóvenes que ha logrado entrar al mundo laboral pero en actividades ajenas a sus intereses. Los perdedores son la mayoría, y en las elecciones se ven ahora dominando el escenario.

En Chile no se aquilató el daño enorme causado a un mundo industrial forjado con tanto esfuerzo después de la Primera Guerra Mundial, a lo largo de dos y tres generaciones, desde los árabes de los textiles (Hirmas, Sumar, Yarur) a los vascos franceses del cuero y calzado (Dagorret, Etchepare, Ilharreborde). Su destrucción, con las importaciones, dejó a miles sin empleo. Ni la literatura ni el cine han recogido su notable resiliencia, la que les permitió, en medio de las hondas crisis de los años 70 y 80, reinventarse.

Antes que enarbolar el nacionalismo proteccionista, que es la primera tentación, cabe recordar a Buckminster Fuller: a problemas globales, pensamiento global.

Comentarios

  • "No soy una mujer, soy una fuerza de la naturaleza", Courtney Love (1964).
  • “La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final”, Oscar Wilde (1854-1900).