EL TEDIO COMO PUNTO DE PARTIDA

24/10/17 — POR

Generalmente encasillamos los estados de ánimo en trastornos que requieren algún tipo de tratamiento. Pero existe otra mirada, un camino más esperanzador, que nos dirige hacia un nuevo comenzar. Martin Heidegger analizó en profundidad este tema desde la filosofía.

Por Alejandra Vial Puga.

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El estado de ánimo es un concepto que generalmente asociamos a una determinada situación emocional. Incluso, lo primero que se nos viene a la mente son aquellas definiciones desde la sicología, como depresión, melancolía, ansiedad, euforia, bipolaridad. Generalmente encasillamos los estados de ánimo en trastornos que requieren algún tipo de tratamiento. Pero existe otra mirada, un camino más esperanzador, que nos dirige hacia un nuevo comenzar. Martin Heidegger (1889-1976) analizó en profundidad este tema desde la filosofía. Según él, el hombre por esencia siempre se encuentra en un estado de ánimo. Es algo que padecemos, que nos sorprende, nos envuelve y se infiltra en nosotros. Es parte de nuestro ser. A diferencia de las emociones, que son más intensas y menos duraderas, el estado anímico permanece y no siempre dice relación con algún estímulo externo inmediato.

El temor, la indiferencia, la alegría, la desesperación y el hastío son algunos de los estados de ánimo posibles. Pero los que Heidegger considera como los fundamentales para edificar un nuevo comienzo son la angustia y el tedio. ¿Cómo se puede empezar algo a partir de sentimientos tan aparentemente negativos? Aquí nos detendremos en el tema del tedio.

Nuestro estado anímico más habitual es justamente la ausencia de una disposición emocional definida, es ese sentir que se acerca al aburrimiento. La monotonía, el cansancio, la languidez serían nuestros estados primarios. Así, nuestro ser se nos aparece como una carga pesada. Entonces, lo más común es que nos venga la urgencia de salir rápidamente de ahí. Inventamos actividades, llenamos nuestras agendas, nos esforzamos por arrancar de este abrumador vacío que nos produce el simple hecho de no tener nada que hacer. El tedio es el instante en que los minutos se alargan, cuando pareciera que el tiempo no quiere pasar, nada de lo que nos rodea nos interesa. El silencio, el vacío, la nada: estamos ante la presencia del tiempo puro. Nos aburrimos profundamente, pero ahí aparece el vértigo del horror vacui y, por lo tanto, nos apuramos en buscar la forma de llenarlo y sentirnos llenos. El aburrimiento nos amenaza desde las mismas actividades que nos inventamos para pasar el tiempo.

El escritor francés Georges Bernanos lo describe en su «Diario de un cura rural» (1936): “De modo que me dije que las personas estaban siendo devoradas por el tedio. Ciertamente, hay que reflexionar un poco para verlo con claridad, pues no es algo que se detecte de inmediato. Es como una especie de polvo. Uno va y viene sin apercibirse de él, lo respiramos, lo comemos, lo bebemos, pero es tan fino y leve que ni siquiera cruje entre los dientes. Sin embargo, tan pronto como nos detenemos un segundo, se posa sobre nosotros cubriéndonos el rostro, las manos. Para sacudirnos semejante lluvia de cenizas, debemos estar en constante agitación. De ahí que el mundo entero esté tan agitado”.

El tedio más profundo es aquél que no es provocado por nada determinado. Sin embargo, es en esta instancia donde hay que atreverse a entrar y permanecer para acceder a una transformación. Dejar a un lado nuestras tareas rutinarias, despejar los encubrimientos y sumergirse en esa nada, enfrentarla, quedarse ahí, no evadirla. Heidegger nos invita a dejarnos caer en el vacío del tiempo, en ese momento en que no hay nada concreto en qué ocuparse. El desafío es quedarse en ese apagado ensimismamiento por un largo rato. Permanecer en el tedio profundo. “Si no esperas, no hallarás lo inesperado”, había dicho Heráclito. Porque cuando todo se ha paralizado, algo se empieza a movilizar en el interior.

En «Ecce Homo», el pensador alemán alemán Friedrich Nietzsche comparte otra posibilidad para entrar en nosotros y reconectarnos. Como tenía una salud muy débil, se veía obligado a mantener largos periodos de reposo. “La enfermedad me sacó poco a poco de todo lo que me rodeaba; me ahorró toda ruptura, todo paso violento y escabroso (…) La enfermedad me otorgó además el derecho a cambiar de hábitos: me permitió olvidar, me ordenó que olvidara; me hizo el regalo de obligarme a que me quedara quieto, ocioso, esperando, paciente. ¡Y eso es lo que significa pensar!

(…) Me liberé de los libros; no volví a leer nada durante años, el mayor beneficio que me pude hacer. Mi yo-mismo íntimo, que había quedado casi sepultado y casi enmudecido por otros sí-mismos (leer no significa más que esto), se despertó poco a poco, tímido, vacilante y terminó por volver a hablar”. Y agrega que los momentos más felices de su vida fueron aquellos en los que estuvo enfermo, porque significaron una vuelta a sí mismo, lo que finalmente se tradujo, según sus palabras, en “una forma suprema de curación”.

Sólo después de atravesar el desierto del vacío total, despierta nuestra verdadera esencia. Quien no ha mirado ese abismo no ha experimentado el misterio de ser-ahí, de existir. Este despertar nace de un acto de decisión. Pues este ser interior “no está esperando entre bastidores a que se le llame. Empieza a existir desde el instante en que nos decidimos por él. No es algo encontrado, sino inventado por la decisión”, explica el filósofo y escritor alemán Rüdiger Safranski en su ensayo «Heidegger y el comenzar».

En ese acto de decidir, volvemos de nuevo al mundo. Es el segundo comienzo. Dice Heidegger: “Se trata nada menos que de recuperar esta dimensión original del acontecer en el ser-ahí filosófico, de volver a ver todas las cosas, pero de una manera más sencilla. Intensa y duradera”. El tedio se ha transformado en entusiasmo. El filósofo nos anima a comenzar de nuevo, actuar permanentemente como un principiante, porque el hombre “es esencialmente un principiador”.

Hemos sido arrojados al mundo, ha dicho Heidegger, es decir, vinimos al mundo sin nuestro consentimiento. Pero, ya que estamos aquí, tenemos que decidirnos. Nuestras vidas están llenas de pequeñas muertes, pero también de intentos de nacer de nuevo, recomenzar. El nacimiento no es algo que ya nos sucedió y quedó en el pasado, sino que ese estado naciente es algo que nos sucede todavía.

Este poder volver a empezar –como explica Safranski– también podría llamarse libertad. Un recomenzar equivale a una oportunidad de transformación, es un acto de libertad. Quien regresa del desierto del tedio, adquiere una nueva dimensión de la existencia. Poder volver siempre al punto de partida y emprender un nuevo camino es la libertad humana.

Comentarios

  • "Para comer bien en Inglaterra es recomendable desayunar tres veces", Francois Rabelais (1494 - 1553), humanista francés.
  • "Pa' cantar de un improviso se requiere buen talento, memoria y entendimiento, fuerza de gallo castizo", Violeta Parra (1917 - 1967).