ELOGIO PERSONAL DE BARCELONA

18/10/17 — POR

A propósito de los recientes atentados terroristas sufridos por la segunda ciudad más poblada de España.

Por Gonzalo Scmeisser.

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Nunca he visto un atardecer tan violeta como el de Barcelona. Debe haber un efecto, especialmente notorio en el verano, entre la brisa que se levanta del Mediterráneo y el ángulo que toma la luz del sol cuando baja por detrás de la Sierra de Collserola. A esa hora, el característico color terroso se exagera de amarillos y los añosos edificios –y así, toda la ciudad– se tiñe de un ocre intenso. Arriba, el cielo violáceo, como hecho de un puro arrebol, corona el espectáculo.

Abajo, es imposible ignorar la consecuencia de la luz que decrece, y menos ese efecto casi instantáneo que tiene en todo aquel paseante que se topa con uno de esos atardeceres mientras camina por la calle. Barcelona amanece por segunda vez. Se encienden los faroles, el tráfico disminuye y las calles, que permanecían algo aletargadas por el calor, ahora despliegan su mejor repertorio de vitrinas iluminadas, fuentes de agua musicales, terrazas con mesitas, bares repletos de gente, chinchines de cervezas, aromas de Medio Oriente en los puestos de kebab, turistas con bolsas, mucho ruido de sandalia, mucho short y mucho escote.

También se ven skaters escapando de la policía, malabaristas y escupefuegos, algún anciano que hace burbujas de jabón por algunos euros, coloridos vendedores de baratijas y el monocorde rumor de “cerveza-beer” que se oye en alguna esquina del Raval o del Gótico. Por su casco antiguo caminan sin rozarse pakistaníes, alemanes, argelinos, rusos, senegaleses, suecos, japoneses, franceses y dominicanos; gringos gordos y marroquíes flacos; prostitutas, estudiantes, yonquis y chinos con la camiseta del Barça. Todos están dándole la razón a Serrat –que podría ser citado en cualquier párrafo de esta reverencia y estaría bien– cuando canta eso de que “A medida que llegan hombres, se hace grande la ciudad”.

Para caminar Barcelona no es necesario diseñarse una ruta ni establecer un itinerario previo –en esto se equivocan las guías turísticas–, incluso si nos estamos perdiendo un monumento al elegir un desvío, sólo hay goce en lo inesperado. La ciudad está llena de joyas, de las que se ven y de las que sólo se sienten. Así, una plazoleta rodeada de antiguos edificios, agujereados por las balas de la Guerra Civil, es tan gratificante de encontrar como una brisa del Mediterráneo colada entre algún callejón. Es que el gran encanto de esta metrópolis es el todo y la nada a la vez; es lo material, cierto, pero lo es también lo inmaterial.

Lo habrá pensado así Ildefonso Cerdá, urbanista a cargo del diseño del Ensanche de Barcelona, plan de urbanización para el vasto descampado que era el extramuros de la antigua ciudad. En su polémica y revolucionaria propuesta, Cerdá abrió espacios en los cruces de cada calle, suprimiendo las esquinas e invitando al encuentro cotidiano. Además, trazó amplias avenidas basadas en la cardinalidad y en el orden planetario, con paralelos y meridianos que avanzan como flecha, sin detenerse, de un extremo de la ciudad a otro. Es curioso, pero su monótono diseño, impersonal y totalmente opuesto a la trama original, desordenada y juguetona, igual parece entonarse cuando canta el coro. No importará entonces perderse en una de sus idénticas no-esquinas (es muy fácil si uno está despistado) y conocer de cerca lo que es el socialismo utópico aplicado a una ciudad.

Luego está Gaudí, el inmenso Antoni Gaudí, cuya impronta ha marcado el destino de la urbe. Se le encuentra caminando por el lujoso Paseo de Gràcia, en su ondulante Casa Milà, obra en la que el más famoso de los arquitectos catalanes hace desaparecer todo asomo de ángulos, rompiendo con la idea de las dos fachadas barcelonesas y poniendo a conversar a la arquitectura con los cerros que rodean la ciudad. Unas cuadras más abajo vuelve a aparecer en la cadavérica y escamada Casa Batlló, en los baldosines del paseo que pisamos sin advertir y un poco más arriba, ya en pleno Barrio de Gràcia, en la arabesca Casa Vicens. Ya podemos hablar de un conjunto. A Gaudí también lo encontramos en las afueras, en el Parc Güell, y en los adentros, con sus anónimos faroles de la Plaça Reial. Y para qué detenerse en más descripciones sobre el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, a estas alturas el más emblemático de los objetos creadores del imaginario catalán, comparable –sin miedo a equivocarse– con la Torre Eiffel de París.

Y a propósito de Barcelona y de la luz, y a propósito de Gaudí, él mismo se encargó de explicar eso que el autor de este elogio no fue capaz en un comienzo: “La luz que alcanza la máxima armonía es la inclinada a 45°, pues no incide sobre los cuerpos ni perpendicular ni horizontalmente; esta luz da la más perfecta visión. Esta luz es la mediterránea… los pueblos mediterráneos son verdaderos depositarios de la plasticidad. La arquitectura es, pues, mediterránea, porque es armonía de la luz”. Esa mediterraneidad que Gaudí describe con tanta generosidad no siempre fue parte de la historia de Barcelona. Tuvo que llegar 1992 y los Juegos Olímpicos para que ese espíritu aflorara. Hoy, pasear por el cerro Montjuïc es repasar un poco la historia de esa transformación. Por aquí, la Piscina Picornell y también la Municipal, esa donde volaban los clavadistas sobre la ciudad dejando, salto tras salto, inolvidables postales urbano-deportivas. Por allá, el Palau Sant Jordi, moderno edificio con forma de cúpula construido especialmente para el evento, y que tuvo el placer de ver en acción al Dream Team del básquetbol estadounidense, con Magic Johnson y Michael Jordan incluidos.

Entre medio, el Estadio Olímpico, hogar de aquella inolvidable ceremonia inaugural en que Barcelona –por fin– se entregaba a su verdad oceánica, rindiéndole una poética reverencia a su mar omitido. Inolvidable también (¡qué imagen hermosa!) aquella certera flecha que se abrió paso entre los cielos catalanes para encender el fuego olímpico.

Para completar el cuadro, se debe bajar del Montjuïc y caminar hasta la Barceloneta, playa artificial para la que se trajeron miles y miles de toneladas de arena directamente desde el Sahara. Aquí no existían reposeras, ni chiringuitos, ni quitasoles. Había rieles y maestranzas, amplios paños desnudos y abandonados a su suerte. Después del evento, Barcelona, ahora sí, también era una ciudad marítima. Cuesta verlo hoy al pasear por las instalaciones de la Villa Olímpica, por su costanera adornada por verdes jardines y palmeras, cuidados pavimentos rojos y blancos sin soleras, o su amplia marina repleta de yates, flanqueada por modernos y lujosos hoteles que plantan cara al mar.

Aun con esto, el glamour no es lo suyo, eso dejémoselo a Madrid o a San Sebastián. No, Barcelona no es de alfombra roja ni vestido largo, Barcelona encanta justamente por lo contrario, por algo difícil de descifrar pero que podría asociarse a una prolongada juventud y a una férrea negación de la adultez. Barcelona no quiere crecer. Ni la Vía Laietana, con sus viejos edificios; ni el barrio del Borne, el más oneroso del casco antiguo; ni la sobria Plaça de la Universitat y su enorme edificio de estilo neogótico; ni la acontecida Rambla, con su mar de gente a toda hora. Menos aún el colorido mercado de La Boquería, el pintoresco Poble Sec o el muy alegre Barrio de Gràcia.

Mil caras tiene Barcelona (otra vez, Serrat), la ciudad diagonal, sin norte ni sur; coqueta y vanidosa; furiosa y destemplada; decrépita pero jovial; aislada y solitaria entre los cerros y el Mediterráneo. Barcelona y Catalunya en su mundo propio. Barcelona violeta de verano y azul de invierno. Barcelona ancha y angosta, de brazos y ojos tan abiertos que cuesta dar la media vuelta y partir, sin la promesa del retorno.

Barcelona, que no se deja engañar por las imágenes importadas, como la mala idea de una colorida torre fálica que nada tiene que hacer ahí, en medio de su juvenil ancianidad. Barcelona dueña de sí misma y de su historia, orgullosa defensora de sus –valga el juego de palabras– señeras costumbres. Barcelona y sus nombres. Barcelona y su gente. Cerdá, Gaudí y Serrat; Miró, Caballé, Carreras, Domenech, Dalí y también Cruyff, el holandés que les enseñó a jugar al fútbol… y vaya si lo aprendieron bien.

Todos ellos en su lenguaje propio hicieron lo mismo que pretende esta humilde crónica, sencillamente rendirle un homenaje y levantarse para aplaudir a una ciudad que porta el estandarte de la libertad y del progresismo, justo en medio de la vorágine absurda del odio de los cultos y el estiramiento de las diferencias, que no ha hecho más que borrar con un pie el sendero que tanto nos ha costado trazar como humanidad.

Barcelona no vuelve la vista ni traiciona sus pasos, pues en esto del caminar, siempre ha ido a la cabeza. Y eso es algo que un atentado cobarde nunca va a poder cambiar.

GONZALO SCHMEISSER, Arquitecto y Magíster en arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es profesor asistente en la Universidad Diego Portales, en el Magíster en Arquitectura del Paisaje de la Universidad Católica y docente en el programa PentaUC. Es, además, fundador del sitio web de territorio y cultura www.landie.cl.

Comentarios

  • “Conquistar sin riesgo, es triunfar sin gloria”, Pierre Corneille (1606-1684), dramaturgo francés.
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.