Emilio Duhart: el centenario de un pionero

14/04/17 — POR
Llegó al mundo en Chile por esas cosas de la vida, hijo de padres vascofranceses que iban y venían, entre París y Temuco. Salió de aquí con pocas semanas y no volvió hasta los 18 años. Como un expatriado, nunca olvidó el terruño y, una vez terminada su educación, regresó para ver de qué iba ese país tan ajeno en que le tocó nacer hace exactamente un siglo.

Estaba de paso, pero se quedó, maravillado por la cálida recepción de un Chile que se abría sin quejas y por cuarta vez a una migración europea: primero los españoles sin invitación, luego los ingleses –con disimulo británico– en busca de fortuna, después alemanes y croatas invitados a colonizar el sur desierto; ahora eran los perseguidos y los no tanto, alentados por el miedo de otra guerra inminente y por una América que ofrecía segundas oportunidades.

Salvo por el mazazo que significó la crisis del 29 y el consecuente despertar sobre la dependencia de nuestros débiles mercados al todopoderoso dólar, Chile aún vivía en un letargo provinciano, lejos de la contingencia. El joven Emilio Duhart (1917-2006) debió haber llegado a un país ávido de asomar sus narices más allá de la cordillera para saber qué pasaba en Europa y, sagaz como era, adivinó que sus posibilidades de éxito eran mayores en un país joven que recién se estaba sacudiendo la modorra de la insularidad.

En la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica se topó con Sergio Larraín García-Moreno, por entonces un joven profesor que había vuelto a Chile luego de pasar algunos años entre Francia y Alemania, empapándose de las vanguardias que estaban remeciendo a la Europa de post guerra. Larraín, a quien muchos le atribuyen ser el primero en introducir conceptos del Movimiento Moderno en la enseñanza de arquitectura en Chile, tendría una enorme influencia en Duhart a partir de ahí.

Duhart se convierte en Duhart

Era distinto al joven promedio chileno de esos años y, ciertamente, distinto de sus compañeros de profesión, todavía ceñidos a las verdades de los maestros de la antigüedad. Había en él una voluntad disruptiva –potestad de quienes se saben pioneros– que trascendía al hecho mismo de la disciplina que estaba a punto de ejercer. La arquitectura chilena, captó, no podía ser una reproducción de estilos ajenos (ni edificios ingleses ni palacios franceses), modelos duplicados de los grandes libros e instalados donde la ocasión lo requiriese.

Hastiado de tanto calco, salió a buscar las pistas de una nueva arquitectura que, intuía, se encontraban en las afueras de la capital, en los varios corazones de un país que sabía desconocido hasta para sus propios habitantes y que se desplegaba gigante ante sus ojos curiosos.

Viajó por un Chile ignoto que apenas tenía carreteras y volvió cargado de ideas, convencido de que su camino en la arquitectura estaba lejos de los canales habituales. Obtuvo su licenciatura con un proyecto audaz (extrañamente para esos años emplazado fuera de Santiago, en la Península de Taitao) que condensaba a la perfección su interés por las vanguardias y la convicción de que la arquitectura debía ser propia del lugar en que se emplaza.

Este principio define toda su obra posterior. Previo paso por Harvard, donde conoció a Walter Gropius, fundador de la Bauhaus, estandarte de aquello de que “la forma sigue a la función” y que había sido también mentor de Sergio Larraín, le propuso a este último formar una sociedad. La amistad y trabajo conjunto de dos de los más reputados arquitectos chilenos del siglo XX, dio como resultado no sólo una serie de modernas construcciones –algunas famosísimas, como el edificio Plaza de Armas o el colegio del Verbo Divino– sino que significó también un chorro de aire fresco en las aulas de la Universidad Católica, donde ambos se desempeñaron como docentes y divulgadores de la nueva arquitectura y del nuevo urbanismo, cuya influencia ya estaba esparcida por el mundo.

Sabido es que, en la historia de la arquitectura, el esquema del padrinazgo ha funcionado invariablemente. Obviando los muchos siglos en que el oficio fue transmitido de maestro a aprendiz, sin títulos universitarios mediante, la historia moderna nos muestra casos emblemáticos como el de Francesc de Paula y su discípulo Gaudí; Frank Lloyd Wright y su apóstol, Alvar Aalto; y, el caso más emblemático de todos, el de Peter Behrens, súper padre del Modernismo, quien empleó a algunos nombres gigantes –cuando todavía eran sólo promesas–, como Le Corbusier o Mies Van der Rohe.

En Chile ocurrió lo mismo con Larraín y Duhart. Dicen, quienes los conocieron, que sin Larraín, Duhart no habría accedido a un mundo docente todavía encerrado en las ideas clásicas; y dicen también que, sin Duhart, Larraín nunca habría llevado su discurso moderno a la práctica. Sea como sea, la sociedad terminó cuando Duhart se convirtió en Duhart y Larraín lo entendió así. Cerraron su oficina, pero habían dado origen al Movimiento Moderno Chileno: la adaptación de las ideas vanguardistas a una realidad local, con las particularidades de una geografía e historia singular y demasiado definitoria.

Obras cumbres

Luego de otra breve interrupción en 1951, cuando vuela a Francia a trabajar con Le Corbusier (en el mega proyecto arquitectónico-urbanístico de Chandigarh, en India), Duhart se sienta a desarrollar algunas de las obras que lo harían inmortal.

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Universidad de Concepción

Se sucedieron los aciertos: la Alianza Francesa, la Hostería de Castro, la IBM, el edificio de Carozzi y, antes del retiro, el Aeropuerto de Santiago; todos con el sello distintivo que lo haría grande entre los grandes. Entre medio se dio el tiempo para diseñar el plan maestro de la Universidad de Concepción, obra de gran escala, que delineó tomando las condicionantes geográficas de los cerros, el aire marino y la luz tan propia de la Octava Región. El resultado es un gran eje de flujos que se interna en el verde y distribuye a los edificios en torno a él, como abalanzándose, rematando en el acceso al cerro Caracol, consiguiendo un gran espacio democrático, abierto, donde mirarse entre humanos y contemplar el paisaje a la vez. Un modelo a escala de la ciudad ideal.

 

Pero su obra cumbre es, sin duda, el edificio de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL).  Terminado en 1966, hay en él una profunda reverencia a Chile, su paisaje y su historia, materializado tanto formal como simbólicamente. Tiene elementos de la casa chilena, cuadrada y de baja altura, con amplios patios interiores y espacios ajardinados, donde se integran árboles, enredaderas y aguas. El hormigón fue hecho con arenas y gravillas del vecino río Mapocho. Los ventanales reciben la luz desde todas las direcciones y su disposición horizontal deja espacio a las montañas de los Andes a sus espaldas. Todo esto coronado por un caracol que se despliega sobre la sala de conferencias y que remembra a un altar incásico, encumbrándose hacia el sol.

Si uno se para en frente del acceso principal, además de reconocer una obra de enorme calidad plástica, posiblemente notará la invaluable contribución a la armonía y al equilibrio que el diálogo directo con su entorno, tanto urbano como natural, le entrega. Y sobre esos pilares descansa su principal aporte: el de pensar la arquitectura como una consecuencia indisoluble de las leyes naturales, así como una herramienta enaltecedora de la verdad y un medio para alcanzar lo más alto del hombre.

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Edificio de Comisión Económica para América Latina (CEPAL)

Y es que, a pesar de los años y el rostro desfigurado del tiempo, el edificio de la CEPAL –así como toda la obra de Duhart– no envejece, sino que rejuvenece con cada torre absurda que se le planta al lado; y su mensaje (testimonio de un trabajo hecho con seriedad y verdadera voluntad creadora) se lee más claro. Para que quede testimonio de un país que ya no existe y que no volveremos a ver.

 

Comentarios

  • "Si me dan lo que quiero soy mansito como un cordero", refrán popular.
  • “¡La sopa es a la niñez lo que el comunismo a la democracia!”, Mafalda, personaje de Quino.