ES LA CULTURA, ESTÚPIDO…

24/04/18 — POR

La frase original es un poco diferente. Luego de años de debates centrados en lo político, fue James Carville, un asesor de Bill Clinton, quien al notar la importancia de los problemas más concretos y cotidianos de la mayoría de las personas, que en gran medida definían su voto, escribió en un tablero de su oficina, para no olvidarlo: “Es la economía, estúpido”.

Esto fue en 1992. Ahora, sumido el mundo en el malestar y la indignación en relación a la política, pero también a la economía, emerge la demanda de algo más de fondo: el desarrollo cultural.

Por Miguel Laborde.

92_observatorio

E N  A L G Ú N  P U N T O  D E L  P A S A D O  S I G L O , P E R D I M O S el rumbo. Luego del largo ciclo afrancesado, en torno al Centenario de 1910, una serie de poetas y ensayistas comenzó a perfilar la originalidad de América Latina, su cultura propia .

Figura pionera fue Benjamín Vicuña Mackenna (1831-1886) con su reivindicación del bosque nativo, la raíz indígena y la síntesis indohispana en la Colonia. Él planteó que aquí se construía una civilización “moral”, no material, y que los amplios territorios de esta América Latina, con sus blancos y negros, pieles amarillas y rojas, eran el laboratorio de la humanidad futura; una capaz de convivir en la diversidad.

Su visión atrajo hasta aquí a Rubén Darío, el que abrió la modernidad para la lengua castellana y que, de paso, le introducirá vocablos amerindios: huracán, tiburón, canoa, cacique, alpaca, barbacoa, caimán, caucho, aguacate, hamaca, cóndor…

Gabriela Mistral y Pedro Prado en Chile, César Vallejo y José Carlos Mariátegui en el Perú, José Martí en Cuba, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, José Enrique Rodó en Uruguay, son algunos de los pilares del pensamiento propio. También José Ingenieros, nacido en Italia pero de trayectoria argentina, referente principal de la pionera Reforma Universitaria de 1918, con origen en la ciudad de Córdoba; influirá en varios países de la región y en el mismo sentido, en la búsqueda de una cultura mejor conectada a las realidades y sueños de esta América, la latina.

En medio siglo, de 1890 a 1940, estos pensadores entretejen una narrativa que, de obra en obra y poema en poema, irá dando forma a un imaginario propio. Lo caracterizan una fuerte demanda de justicia social y la reivindicación de las culturas precolombinas.

Luego de años de rechazo a lo indio y a lo español, sus obras comenzaron a revisar y extraer influencias y valores aportados por ambos mundos, dando lugar a un mestizaje de sangres y culturas. Estos creadores ya no querían ser criollos (europeos nacidos en América, muy blancos de piel), sino mestizos reconocidos y forjados por una cultura diferente.

TALLER AMÉRICA

Todo esto se nos viene a la cabeza al ver que se ha reeditado el clásico «Modernidad y civilización en América Latina», de Pedro Morandé, libro que, más que ninguno, examina ese proceso.

En 1981, Morandé sorprendió con un análisis en que, junto con reivindicar a esos “nacionalistas latinoamericanos” que brillaron en los años 20 y 30, lamenta que la región, en la posguerra que se inicia en 1945, haya olvidado la dimensión cultural en su desarrollo. Plantea que la creciente influencia de Estados Unidos desde entonces, así como los modelos que buscan aplicar los socialcristianos y los socialistas, o el promovido por la dictadura y la versión propia de la Concertación, tendrían todos un sello común: serían estrategias que aspiran a un desarrollo económico y social que, una tras otra, no consideran la cultura regional entre sus variables. O, peor aún, la desprecian por ser portadora de valores que debían ser superados, olvidados.

Vinieron años de hegemonía tecnocrática, y hasta el mundo rural fue dado por visto, opacado por el triunfo del mundo urbano industrial. Los pioneros pensadores de América Latina desaparecieron. Morandé, como sociólogo, se transformó en un referente obligado en su disciplina. Pero, además y como uno de los fundadores del Taller América –junto a Cristián Huneeus, Raúl Zurita, Sergio Larraín García Moreno, Enrique Browne y Cristián Fernández Cox, entre otros–, su pensamiento marcó la arquitectura y el urbanismo de América Latina.

La primera Bienal de Arquitectura, impulsada por Cristián Fernández Cox, y el primer Seminario de Arquitectura Latinoamericana (SAL), cuyo catálogo tiene un texto fundacional del propio Morandé, fueron resultado de este impulso orientado hacia una “modernidad apropiada”, en el doble sentido del término: adecuada a nuestra realidad, y cultivada según la cultura propia de América Latina.

La cultura del habitar heideggeriano, el tema de la identidad de nuestras culturas, lo histórico de nuestras ciudades, entraron en escena; al considerar que teníamos historia y, por tanto, patrimonios materiales e inmateriales, los catastros comenzaron a crecer. Éramos mucho más ricos de lo que pensábamos… Fue una energía que, aun cuando posterior al boom literario y a la Nueva Canción regional, logró en arquitectura un aporte de gran calidad y significado, con figuras icónicas como Rogelio Salmona, Luis Barragán y Eladio Dieste.

DESPUÉS DE LOS PINGÜINOS

El libro de Morandé, de 1981, no tuvo otras resonancias igualmente significativas; apareció en un momento equivocado. Cuando podría haber iniciado su despliegue, con un eco trascendente en todo el ambiente artístico e intelectual chileno, el país, luego de una honda crisis económica, la de 1982 y 1983, justo comenzó a crecer y crecer. La economía se adueñó del escenario y dos generaciones sufridas y empobrecidas, ya cansadas, alcanzaron un bienestar que no habrían soñado: no querían más… Chile se transformó en referente económico, no cultural.

Recién ahora, ya asumido como propio y exigible el nuevo nivel de vida superior, aparece la demanda de “algo más”. Demanda de sentido de vida, de compromiso colectivo, de proyecto país, de horizonte épico… Recordemos un grafiti en un muro de Dublín: “El tema no es si hay vida después de la muerte; el tema es si hay vida antes de ella”.

El libro aparece ahora con un prólogo, muy interesante, de Josefina Araos, donde analiza el devenir de la obra. En el panorama, a partir de los seguidores de Morandé, observa que los movimientos estudiantiles de 2011 también son símbolo de un Chile que ya no se conforma con sobrevivir, con llegar a fin de mes. Las condiciones han cambiado y, con justa razón, entran a escena nuevas generaciones que, al ver las cifras de crecimiento, se preguntan por la brutal y persistente desigualdad y por la falta de un desarrollo que se reconozca como propio. Interesa la búsqueda de una “modernidad apropiada”…

Los años recientes, con abundante bibliografia, han reivindicado el lugar de la cultura en la sociedad. Estados Unidos, ya en el siglo XIX con los trascendentalistas, genera una suerte de teología propia, de raíz protestante pero modificada; con una poética propia de los espacios libres y la naturaleza (Melville, Thoreau, Whitman) y una estética más desnuda y natural. Finalmente, es una cosmovisión que será la que alimente el verdadero crecimiento de ese país en el siglo XX.

Ya sabemos que esa era la América pobre. Allá no había palacios con joyas ni tumbas llenas de piezas de oro, tampoco ricas pedrerías preciosas. Pero, encontró las claves de un desarrollo propio, diferente al europeo, capaz de llevar la ciencia a la vida cotidiana, en la forma de objetos diseñados con funciones tecnológicas.

¿En qué momento se perdió América Latina? Como decíamos más arriba, Morandé precisa ese momento: en la posguerra que comienza en 1945.

El destacado sociólogo francés Alain Touraine, en su reciente trabajo sobre «El fin de las sociedades» (2016), plantea exactamente lo mismo. Que, ante la globalización y la economía financiera, es en la cultura donde se centra la dinámica más profunda; en las identidades y la inmigración, la religión y laicismo, la educación y la ecología.

Confiemos en que ahora, en este nuevo escenario, al fin haya llegado la hora soñada por los grandes “nacionalistas latinoamericanos”. La hora en que tenga sentido la frase inicial: “Es la cultura, estúpido”.

 

MIGUEL LABORDE es Director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile, director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

Comentarios

  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.
  • “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”, Antoni Gaudí (1852 - 1926)