Fernando Castillo Velasco: hombre múltiple y arquitecto comunitario

12/12/16 — POR
El fin de las utopías colectivas y la violencia con que se aplastaron los movimientos sociales que las sostenían, fue un fenómeno mundial que marcó a toda una generación que vio deshacerse la fábula de la creación de un mundo más solidario e integrador.
  1. La provocación y sus consecuencias

No hace mucho, en una clase en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Diego Portales, hablábamos con los alumnos sobre Benjamín Vicuña Mackenna y su modelo de ciudad democrática; el boulevard como lugar de encuentro y socialización, el espacio público como herramienta educativa. El debate partió como una invitación a pensar en la trascendencia y cabida de su ideario en el Chile de hoy, con la siguiente pregunta: ¿Logró Santiago llegar a ser como lo pensó su adelantado Intendente a fines del siglo XIX?

No llegamos muy lejos pues la respuesta era obvia y el debate se deslizó hacia lo vago de las políticas públicas en materia de ciudad. Para reencausar la discusión, formulamos otra pregunta, esperando una sonora negativa que no llegó: ¿existen hombres como Vicuña Mackenna hoy? Luego de un silencio, alguien desde la tercera fila dijo: “Sí, Fernando Castillo Velasco”.

  1. Testimonio de su tiempo

Cierto. Fernando Castillo Velasco (1918-2013) es heredero de esa tradición de un Chile progresista que alcanzó su cénit con los gobiernos radicales, especialmente durante el período de Pedro Aguirre Cerda, entre 1938 y 1941. Ese Chile que abrazó la épica del Estado de bienestar, las escuelas normales, el deporte y la salud pública, el fomento de la producción y, especialmente, el valor de una clase media ilustrada como eje de la construcción de una sociedad más justa.

No es casualidad que su paso por la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica (de 1937 a 1942) coincidiera con este período. Es esa moral  la que lo marca a fuego y hace de él un arquitecto esencialmente democrático, metido de cabeza en lo social y que supo utilizar las herramientas, tanto materiales como simbólicas, que el movimiento moderno configuró para fomentar la interacción entre habitantes.

Tres de sus principales obras (realizadas en conjunto con sus socios Carlos Huidobro, Héctor Valdés y Carlos Bresciani), la Unidad Vecinal Portales, la Universidad de Santiago y las Torres de Tajamar, recogen esa impronta. Múltiples atributos formales, estéticos y espaciales, se condensan en la búsqueda de una arquitectura que tiene su centro en lo comunitario, lo compartido, donde lo más interesante ocurre en los pasillos, no dentro de los departamentos.

 

  1. Hombre múltiple

Habría que dividir su vida profesional en cuatro secciones, traslapadas entre sí. Y es que Fernando Castillo Velasco fue muchos hombres en uno solo.

Primero, el joven estudiante de arquitectura que se quedó frente al tablero cuando muchos se espantaron y se fueron; maravillado y epifánico, cuando un connotado profesor y adelantado modernista  –Jorge Aguirre Silva– entró en la sala, dio un par de horas para diseñar una ciudad para 200.000 habitantes y se fue.

Un mundo de posibilidades se desplegó en aquel papel en blanco e hizo florecer el intelecto del joven arquitecto, al descubrir súbitamente la amplitud y alcance de la profesión que había escogido desde que era un niño. No se había equivocado. La vida y el destino de un conjunto de seres humanos estaba en sus propias manos, con la enorme responsabilidad que eso implica.

Segundo, la del arquitecto moderno y vanguardista,  de obras monumentales; demasiados cigarros, amigos y trasnoches; mucho hormigón, abundantes metros cuadrados y múltiples reconocimientos. Entre ellos, el más alto a nivel nacional, en 1983.

Tercero, la del hombre maduro, intelectual e idealista ponderado; casado con una mujer escritora y padre de una hija revolucionaria. Rector de la Universidad Católica en el momento del quiebre, nombrado por los mismos alumnos para llevar adelante la mítica reforma universitaria del 67, aquella en que se replantearon las bases de la educación universitaria en Chile.

Cuarto, la del político progresista, alcalde en cuatro períodos, caballero reposado y arquitecto a escala humana. Amante de las artes y conocedor de lo necesaria que es la cultura para el desarrollo humano. El mismo que fue capaz de ver en la Violeta Parra viva lo que todos vemos con tanta claridad hoy, con auspicio de la distancia, a 50 años de su muerte. Esa carpa solitaria, lejana y sin micro, que se llovía en los rudos inviernos precordilleranos de La Reina, fue un regalo del arquitecto.

  1. La comunidad

La ola sesentera dejó de rodar y los setenta arremetieron con furia. Luego del Golpe de Estado de 1973 no sólo se terminó con el modelo político que Castillo Velasco había conocido tan de cerca como alcalde y rector, sino que se cortó de raíz con una manera de entender la sociedad desde lo colectivo, el escenario ideal en que cada uno pone de su parte para conseguir un propósito común.

El fin de las utopías colectivas y la violencia con que se aplastaron los movimientos sociales que las sostenían, fue un fenómeno mundial que marcó a toda una generación que vio deshacerse la fábula de la creación de un mundo más solidario e integrador.

El mismo Fernando Castillo Velasco había contribuido a esa tarea al desarrollar a inicios de los años 60 el proyecto de la Villa La Reina, un modelo de gestión colaborativa y autoconstrucción que involucraba a autoridades y pobladores, trabajando horizontalmente para levantar 1.600 viviendas para gente de escasos recursos en pleno barrio alto. Un esfuerzo por mitigar en parte la segregación socio-urbana que caracteriza a Santiago.

78_arquitectura_castillovelasco2

Cuentan los residentes que el mismo arquitecto-alcalde, además de argumentar sus razones ante todo aquel que quisiera escucharle, iba acompañado por su señora e hijos, sábados y domingos, a trabajar en la construcción de la villa. Había que predicar con las manos, no bastaba la palabra. Y es que la epopeya que se venía cimentando desde las bases comenzaba a tener cabida en una sociedad más abierta y voluntariosa, más segura de sí misma. La política entendió el mensaje y, obviamente, Castillo Velasco hizo eco de este despertar.

Desde ahí, hay un quiebre en su vida profesional, posiblemente motivado por los intensos cambios que experimentó el país durante la década del 60 y del que, ya está dicho, fue protagonista. Su compromiso político acentuó la veta social que ya había marcado su trayectoria como arquitecto. Dejó de ser el soldado obediente de las ásperas reglas del Modernismo y, sin abandonarlo del todo, se dejó seducir por nuevas sinuosidades estilísticas.

Su interés comenzó a volcarse hacia una arquitectura más simple, de formas menos rígidas y alejada de la frialdad hormigonada del movimiento moderno. Paulatinamente, los miles de metros cuadrados dispuestos en varios niveles se convirtieron en pequeñas construcciones de presencia sutil y altura medida; los altos muros de concreto se reemplazaron por estucos, ladrillos y maderas; las amplias superficies hormigonadas fueron dando paso a extensos jardines de verdes pastizales, adornados con árboles y flores.

78_arquitectura_castillovelasco4

Castillo Velasco citará luego como el mejor ejemplo de este nuevo afán a la Quinta Michita, en la calle Simón Bolívar en La Reina, lugar en que se reunirán en un mismo predio todas las cualidades que él mismo consideró esenciales para albergar una vida en comunidad: la familia y la solidaridad; la individualidad y el conjunto; el espacio compartido y el propio.

Bautizada así en honor a su madre, la Quinta terminó de construirse en 1973 y de inmediato sirvió de refugio para quienes no adherían al nuevo orden que se imponía a la fuerza por esos días. Bajo sus parrones confluyó mucha gente opositora del régimen, convirtiéndose en enemigos en el más amplio sentido de la palabra, pues las nuevas estructuras de poder no sólo perseguían cualquier manifestación política; también condenaban el ejercicio del libre pensamiento, las manifestaciones comunitarias y las estructuras sociales poco habituales. Una comunidad era un lugar peligroso.

Veintitrés viviendas, incluida la del propio arquitecto, todas pareadas y de planta idéntica, pero cada una situada estratégicamente para recibir sol y aire, no molestarse entre recintos privados y dejar espacio al patio común. De formas simples y múltiples guiños a la arquitectura del campo chileno (parrones, corredores, rosales), la Quinta fue un espacio de alianza y reunión, de debate y de crecimiento conjunto, de compartir hasta lo más mínimo.

Toda una rareza en plena edad del plástico, en medio de la época en que Chile se convirtió en fábrica del nuevo hombre postmoderno: individualista, preocupado por las apariencias y adicto a sí mismo.

Fernando Castillo Velasco batalló hasta sus últimos días por mantener lo que él entendió por esencia humana y el modelo que conoció en su juventud bajo la épica de lo colectivo. El hombre no vive solo y la sociedad se construye con todas las manos. Lo tenía claro, tal como lo dijo en una de sus últimas entrevistas: “Si a alguien le falta el azúcar, hay que dársela de todas maneras”.

Comentarios

  • “Técnicamente no soy muy bueno, pero puedo hacer aullar y mover una guitarra”, John Lennon (1940 -1980).
  • “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”, Antoni Gaudí (1852 - 1926)