FLORECIMIENTO DE LA ARQUITECTURA ALEMANA

11/09/17 — POR

UNA PRIMAVERA EN MEDIO DEL OTOÑO

Por Gonzalo Schemeisser.

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Fábrica AEG, Berlín.

 

Es 1939, los nazis invaden Polonia y se desata la Segunda Guerra Mundial. Entre tantas imágenes que registran esos días, hay una que condensa todo el horror de lo que estaba a punto de ocurrir. Una niña polaca inclinada sobre sus rodillas, con las manos abiertas, como buscando explicaciones por lo que ve, solloza sobre el cuerpo inerte de su hermana mayor, con una mano en el corazón ensangrentado. Kazimiera Mika tiene sólo 10 años y ya ha visto la muerte. Muchos niños como ella corren la misma suerte en la Italia de Mussolini, en la Unión Soviética de Stalin, en la España de Franco. Niños como flores oscurecidas y marchitas por el largo otoño europeo.

Pero es 1939, y también Jean Paul Sartre publica «La Náusea» y «El Muro», pilares del pensamiento del hombre nuevo, descreído y desgarrado por la guerra, libre de Dios y de sí mismo. Béla Bártok termina de componer su «Mikrokosmos», serie de composiciones para piano que elogia el misterio del ser interior del hombre vuelto hacia adentro ante tanta angustia. Ernest Hemingway escribe «Por quién doblan las campanas», obra cumbre sobre el descubrimiento forzoso del amor, del dolor y la muerte.

En medio de esa oscuridad en que se sumerge Europa durante demasiados años, el arte es el único capaz de florecer; el único farol que sigue en pie cuando la voracidad de la noche se lo traga todo.

PLANTAR LA SEMILLA

Alemania, obvio, también es un caos, lo lleva siendo desde hace varios años, cuando el poder colonialista europeo estaba en su cénit. A principios del siglo XX, Francia, Gran Bretaña, Holanda y también –aunque a la baja– España y Portugal, se repartían el mundo y sus beneficios. Y bien sabido es que la envidia es un motor aún más poderoso que la voluntad: ¡España y Portugal!, se atrevió a decir el más osado. La Alemania recién unificada sale a la conquista tardía del mundo en 1914, con los resultados nefastos que ya conocemos.

Justo en el centro de esa vorágine y amparados en la más palpable y cruel de las realidades, un grupo de arquitectos alemanes comenzará a ubicarse al frente de la vanguardia; por la originalidad y el brillo de su pensamiento –tan resplandeciente que ni el horror de las guerras logrará aplacarlo–, también por su sentido de responsabilidad a toda prueba, pero especialmente por atreverse a poner su semilla en medio de la tierra yerma, quemada por las bombas y las ruedas de los tanques.

El cuento es así. Hermann Muthesius (1861-1927), adelantado arquitecto, escritor y diplomático, es enviado a Inglaterra por el recién creado Imperio Alemán, a estudiar las vanguardias artísticas que habían surgido en la isla luego de la Revolución Industrial. Los alemanes, diestros en la guerra y en el trabajo, necesitaban un relato completo. Ahí conoce al mítico movimiento del Arts & Crafts, que propulsaba justamente lo contrario del nuevo afán industrial inglés: el rescate de los valores anteriores a la máquina, el trabajo manual, el oficio, lo artesanal. Muthesius permaneció algunos años como espía en la embajada alemana y admiró, con asombro, la familiaridad que tenían los ingleses con los materiales simples y las formas sencillas. Esa relación tan británica con lo orgánico.

Aquí el quiebre, pues Muthesius ve en ello una forma de romper con la pomposidad de la arquitectura historicista que tanto detestaba y que ya no venía al caso. Escribe un extenso tratado («Das englische Haus») y vuelve a Múnich en 1904 para formar la fundacional Deutscher Werkbund, colectivo de artistas dedicados a reivindicar los oficios tradicionales como forma de contrarrestar la pérdida de los valores individuales en el trabajo y, lo que es más significativo aún, impulsar la introducción de la forma abstracta en el arte, la arquitectura y el diseño. Eso sí, permitiendo el uso de la máquina como un elemento optimizador del tiempo.

Entre los primeros integrantes hay varios nombres ilustres: Theodor Fischer, Heinrich Tessenow, Josef Maria Olbrich, Bruno Paul y, el más insigne de todos, Peter Behrens. Basta una rápida revisión del trabajo de estos arquitectos para descubrir las bases del Movimiento Moderno, que pronto se lo tomaría todo. Desarrollan una arquitectura puramente lógica, de líneas simples, esbeltos bloques sin espacio para el ornamento –nada de neos: ni neobarroco, ni neobizantino, ni neogótico, ni neocolonial– nada que le quite su lugar a la función, ahora principal protagonista del objeto.

Se funda el Racionalismo alemán, que años después deslumbrará a arquitectos en Chile como Juan Martínez. Tal vez podríamos deducir que el enorme éxito de las ideas de Muthesius en Alemania está emparentado con el carácter de su gente, mucho más sobria, menos ampulosa que sus vecinos franceses, principales cultores de la suntuosidad arquitectónica. Hay aquí una cuestión notable, pues prueba que la arquitectura siempre es la expresión más genuina e incontrolable de los impulsos humanos.

REGAR Y PONER AL SOL

Peter Behrens es quien toma la posta y lleva un poco más allá el concepto. De formación pintor y dibujante (famosos son sus planos hechos con lápiz grafito y a mano alzada), pero con cercanía hacia la escultura y al diseño de muebles, Behrens viaja de Múnich a Berlín y abre su propio estudio en 1907 para desarrollar en plenitud sus ideales en el diseño y la arquitectura. Por su oficina desfilará una serie de estudiantes que adhieren con entusiasmo a los ideales de la nueva vanguardia; nombres anó- nimos que pronto devendrán gigantes: Ludwig Mies van der Rohe, Adolf Meyer, Walter Gropius, y un joven suizo, Charles Édouard Jeanneret-Gris, pronto mundialmente famoso como Le Corbusier. Ahí aprenden que el diseño de una obra implica mucho más que sólo satisfacer los requerimientos del cliente; hay que involucrarse en todo, volcando en cada detalle el grado máximo de pasión, compromiso y seriedad. Nada puede entregarse al azar, es el arquitecto el que debe ejercer su libertad, con toda la responsabilidad que esto implica, pues está creando realidades.

El complejo industrial de la AEG (1910), en Berlín, será la expresión de esto y abrirá camino a lo por venir. Junto a sus pupilos, Behrens –contratado como pionero en la vinculación de industria y arte– diseña desde el sistema de vigas que estructura las cubiertas, hasta las máquinas de afeitar que utilizarán los empleados, así como un prototipo del primer hervidor eléctrico de la historia. Toda una hazaña en medio de un país que está aún lejos de considerarse industrializado.

GERMINAR EN TIERRA YERMA

Es 1919 y Alemania acaba de firmar el armisticio que sella su derrota en la Primera Guerra Mundial. La recién creada República de Weimar necesita de una excusa para levantar el ánimo patrio de los alemanes, hundidos en una profunda crisis económica y social. Invaden ingenuamente Luxemburgo en agosto de 1914. Todo sale pésimo. Son derrotados y obligados a firmar, en Versalles, un tratado que los obliga a pagar todos los gastos en que incurre Europa durante el conflicto. Alemania está por el suelo y no se levantará pronto. La devastación ocasionada por la guerra, sumada a años de incertidumbre –producto de la caída de los mercados internacionales–, son el caldo de cultivo ideal para que pronto se alcen los discursos nacionalistas y xenófobos. Las consecuencias son conocidas.

Es un hecho de la causa –pruebas hay muchas– que en medio de la más feroz opresión surgen voces que se alimentan de la rabia para levantarse con más fuerza. Y es un hecho también que siempre se puede germinar en tierra yerma, sólo basta con no dejarse adormecer por la circunstancia.

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Fotografía del edificio de la Bauhaus

Es 1919, y también Walter Gropius, seguidor de Muthesius y de Behrens, funda la Bauhaus. En sus cortos 15 años de vida –además de instalar al diseño gráfico e industrial como disciplinas formales–, esta escuela hace florecer el espíritu alemán, define el sello de su arquitectura y rediseña el modelo de enseñanza artística burguesa, plantando en el inconsciente colectivo germano que ya no estaban los tiempos para florituras. Asimismo, establece como prioritario lo esencial del rigor en las disciplinas creativas para crear una ética y una estética acorde a su tiempo, así como ser la principal vocera del carácter de su gente.

El hostigamiento nazi obliga a cerrar la Bauhaus en 1934. Muchos de sus mejores cerebros, acosados por la ignorancia, se rearman en Estados Unidos, donde se convierten en estrellas de talla mundial, mientras Europa es devastada de nuevo. Y bien sabemos que la historia es injusta: mientras Van Der Rohe, Le Corbusier, Alvar Aalto, Richard Neutra y otros brillan en los almanaques, Behrens y, especialmente Muthesius, permanecen en las sombras.

Hay que reconocerles el mérito. Terminada la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo que levantar un continente entero desde las cenizas, los arquitectos europeos ya sabían qué hacer.

 

GONZALO SCHMEISSER, Arquitecto y Magíster en arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es profesor asistente en la Universidad Diego Portales, en el Magíster en Arquitectura del Paisaje de la Universidad Católica y docente en el programa PentaUC. Es, además, fundador del sitio web de territorio y cultura www.landie.cl.

Comentarios

  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.
  • “Muchas veces no hay guión ni nada. El guión lo hago al final. He llegado a hacer películas en dos días y medio”, Raúl Ruiz (1941-2011).