Francisco de Zurbarán

14/04/17 — POR
Santa Faz o paño de la Verónica (1658, Museo Nacional de Escultura, Valladolid) Como el oxímoron, la barroca figura retórica que une en una sola expresión elementos contrarios, la Santa Faz que Francisco de Zurbarán pintó en 1658 registra con enorme precisión técnica un objeto –el rostro de Cristo– que, sin embargo, apenas se ve. Es una pintura que se pregunta entonces sobre el estatuto de lo visible y sobre cómo puede lo invisible ser presentado en una pintura notable.

Antes de estar en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, esta pintura de Francisco de Zurbarán (1598-1664) se encontraba en el pequeño poblado vallisoletano de Torrecilla de la Orden, en el retablo del altar de la Ermita de la Virgen del Carmen. En la parte superior del conjunto barroco, en un lugar que en los retablos suele estar ocupado por representaciones  de  Cristo  crucificado,  el «Paño de la Santa Faz» pintado por Zurbarán debió parecer adherido a la estructura de madera rojiza y dorada que acogía a la pintura. A más de cinco metros de altura, anudado por las dos tiras de género que lo sostienen y sujetado por un alfiler, el efecto de presencia real del paño debió ser impresionante.

Durante cerca de treinta años, Zurbarán, uno de los más conocidos pintores de imágenes religiosas del vasto imperio español, pintó varias veces cuadros semejantes a éste, con la representación de la Santa Faz o paño de la Verónica. En medio de la controversia con los protestantes por la veneración de reliquias e imágenes, el Sudario y las pinturas conservadas con el supuesto rostro de Cristo en Roma, Jerusalén y Jaén habían tenido un nuevo auge, al igual que la leyenda surgida en el siglo XIII, de una mujer que, conmovida por el sufrimiento de Cristo mientras cargaba la Cruz, le había ofrecido un velo para limpiar su sangre y sudor. El nombre que posteriormente se dio a la mujer –Verónica–es un recuerdo de ese verdadero retrato de Jesús que quedó impreso en su paño, su vera eikon.

En otras representaciones de la Santa Faz contemporáneas a las de Zurbarán, el rostro de Cristo aparece delineado claramente y visto de frente.

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Es probable que en ellas se superpusiera a la leyenda de la Verónica la historia de otra supuesta imagen de Cristo, un retrato milagroso que Jesús le habría enviado al rey Abgar de Edesa. En las aproximadamente diez versiones de la Santa Faz que se conservan de Zurbarán, en cambio, el rostro ha sido representado en tres cuartos, cada vez más difuminado y evanescente.

Tanto, que en la última de estas pinturas, que es la que nos ocupa, éste quedó reducido a una mancha casi indistinta que contrasta con la absoluta visibilidad del pequeño cartel blanco que, en el extremo inferior izquierdo del cuadro, lleva una firma y una fecha: “Fran[cis]co de Zurbaran. 1658”.

Aunque tanto el paño que limpió el rostro sangrante de Cristo como el papel con el nombre del pintor han sido representados con enorme veracidad, la relación que ellos ponen en juego entre lo que se expone y nuestra visión es radicalmente distinta. El rostro de Jesús, una mancha casi indistinta que es al mismo tiempo su autorretrato y una huella de su presencia real en la tierra, se vuelve visible sólo en la medida en que la imaginación del espectador se esfuerza en trazar, a partir de los rasgos apenas esbozados, el rostro de la divinidad, que se vuelve de esta manera atemporal. Como la impresión del rostro sobre el paño, también el papel resquebrajado y ligeramente desprendido con el nombre de Zurbarán es una suerte de indicio de la presencia casi palpable del pintor que, orgulloso, dibujó su firma en él. Sujeto, sin embargo, al año de factura que él mismo anuncia, el pequeño cartel es también una señal de su inevitable pertenencia al mundo de la materia y del tiempo, de su presuntuosa, vana gloria.

Comentarios

  • "La música se desarrolla en el tiempo, la arquitectura también", Le Corbusier (1887- 1965).
  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.