Frank Lloyd Wright, arquitecto del mundo nuevo

14/06/17 — POR
El precursor de la arquitectura orgánica cumpliría este mes 150 años.

Las etiquetas que se ponen a las cosas –llámese nombres, categorías, subgrupos– muchas veces ayudan a entenderlas, contextualizarlas, agruparlas para ponerlas dentro de un marco y, así, mirarlas bajo un mismo prisma. Toda etiqueta tiene finalmente por objetivo hacer más entendible lo inexplicable de la vida y ayudan a que no se nos escape tanto la información, para sentir que se comprende de algún modo. Pero así como útiles, son peligrosas, pues tienden a simplificar y, lo que es peor aún, a homogeneizarlo todo.

Pasa en todo orden de cosas: el fútbol, la música, el matrimonio, la adolescencia, la amistad. Todo está categorizado, entendido y sellado. Ya no hay por qué preguntarse por las diferencias, singularidades y los muchos mundos que coexisten dentro de cada acto humano. Y pasa, cómo no, también en la arquitectura.

Frank Lloyd Wright (1867-1959) no se parece en nada a Le Corbusier. Ni tampoco a Mies Van der Rohe, ni a Walter Gropius, ni a Richard Neutra, ni a Marcel Breuer, ni a Louis Kahn, ni a ninguno de los arquitectos del Movimiento Moderno, grupo en el que habitualmente está encasillado.

El culpable de este error no tiene cara, pues es natural que lo contemporáneo caiga per se en una misma bolsa y se mantenga así sin que nadie se lo pregunte; que se enseñe en las escuelas de arquitectura y que se esparza la idea de que fueron todos miembros de una misma cofradía que existió por común acuerdo. Pero no es el caso. Eso sí, y en honor a la verdad, todos los anteriores sí fueron contemporáneos y tienen una coincidencia, la de haber sido los responsables de fracturar en dos partes la historia de la disciplina con la introducción de ideas totalmente revolucionarias sobre el ser humano, la arquitectura y la ciudad, todo fundado y fundido con conceptos del arte, la filosofía, la ciencia, la literatura e incluso la música. Después de ellos, nada volvería a ser lo mismo.

Aun así, Frank Lloyd Wright llevaba su propia antorcha para iluminar un camino que, de algún modo, podría considerarse paralelo, pero que se fue abriendo tanto con los años, que quedó muy lejos del de sus colegas y, ciertamente, apuntando hacia otra parte.

No es extraña la voluntad de diferenciarse en alguien poseedor de una personalidad extravagante y genial, muchas veces difícil de soportar. El hombre se sabía distinto y construía su imagen bajo esos parámetros, en el ámbito que fuera. Un breve ejemplo lo expresa: cuando escuchaba a alguien decirle que era “el arquitecto vivo más grande de Estados Unidos”, decía con ironía: “Ni vivo ni de Estados Unidos…”. Saque sus propias conclusiones.

De aprendizajes, traiciones e ideas nuevas

Jamás pisó una escuela de arquitectura. Su formación se dio trabajando en el estudio de Louis Sullivan (1856-1924), quien le enseñó a despreciar los modelos academicistas europeos, alimentó su espíritu rebelde y, además, le prestó dinero para construirse su primera casa.

Wright observó, escuchó y dibujó, hasta que su enorme ego estuvo maduro y consideró que sus capacidades estaban por encima de su mentor. Se fue de su oficina y se llevó silenciosamente a algunos de sus mejores clientes. Sullivan no perdonaría este golpe y Wright, extraño en él, se mostraría siempre arrepentido y servil con su “Querido Maestro”.

Cuentan que, muchos años después, lleno de culpa, Wright sería el único que lo visitaría, cuando Sullivan, uno de los fundadores de la Escuela de Chicago, agotaba sus últimos días en un miserable hotel, sumido en un profundo alcoholismo.

Sus primeros proyectos, cerrando el siglo XIX, se reducían a algunas casas de dos plantas en el lujoso barrio de Oak Park, en Chicago. Obras en que ya mostraba un espíritu inquieto, concentrado en desarrollar una arquitectura que rompiera con el recargado modelo victoriano, casi una norma en un país eminentemente de origen británico. En ese molde, cada espacio era independiente y se daba en sí mismo, separado del resto, con cuestionables resultados de iluminación natural, conexión visual y fluidez de movimiento. Wright, crítico del modelo, revolucionó el estilo y propulsó el uso de la planta libre, abierta, horizontal, de recintos comunicados espacial y visualmente, donde la luz del exterior se esparciera por el interior sin interrupciones. Todo homogeneizado por un cromatismo regular, casi siempre en tonos dorados, verdes y marrones, matices de las cosechas de los campos del amplio norte estadounidense; un homenaje a la naturaleza otoñal de Chicago.

Esas primeras obras, las llamadas Prairie Houses, están fuertemente influenciadas por la mano de Sullivan y la corriente del Arts & Crafts, movimiento que Wright admiraba por el enaltecimiento del oficio manual y la negación de la producción en serie. Hay en ese entusiasmo una declaración de principios, impronta que lo diferencia de entrada con el todavía no-nato Movimiento Moderno, al que aún le faltaban varios años para despertar. Le Corbusier, por esos días, era aún un insulso adolescente.

Hasta entonces, principios del 1900, la vida de Wright no era tan distinta a la de cualquier arquitecto de unos treinta y tantos, en formación y en búsqueda del estilo propio. Se había casado, tenía varios hijos y era conocido por sus gustos extravagantes, siempre más caros de lo que podía pagar. Nada tan extraño. Una visión algo reduccionista de las cosas puede calificar su vida como tempranamente resuelta. Pero no, no para Frank Lloyd Wright.

El arte como forma de vida

No contento con haber dejado en evidencia la obsolescencia del estilo victoriano, ni con haber impulsado una corriente muy imitada después, Wright toma todos sus bocetos, planos y escritos; cierra su oficina, abandona mujer, hijos, casa y socios, y parte a Europa con su vecina amante en medio de un bullado escándalo. A él pareció no importarle, hablaba de vivir la vida como un eterno futuro, avanzar a lo desconocido sin mirar atrás, en honor a la libertad. Como buen artista, quien hace de su vida su mejor obra, le había quitado el espejo retrovisor a su auto como símbolo.

Pasa un año entre Berlín y Roma exhibiendo su trabajo a quien quisiera verlo, y aprovechando sus días para estudiar algunos conceptos de la arquitectura europea que consideraba interesantes. Vuelve sin un peso y rápidamente se convierte en el centro de los murmullos de un Chicago muy conservador; ninguno de sus antiguos clientes quiere asociarse a su figura. Con todo y muy en su estilo, consigue el dinero necesario para levantar en poco tiempo su proyecto matriz: Taliesin, por lejos la más icónica y definitiva de sus obras, incluso más que las mundialmente famosas que vendrían después.

La enorme casa, inspirada en parte por las villas  italianas que había conocido en Europa, expresará lo que Wright entiende por arquitectura, oficio y lugar; el elemento construido debe ser una prolongación del territorio y la materialización del objeto resultará de la modelación que el hombre haga del mismo. Taliesin se construyó con las piedras que él mismo seleccionó de una cantera cercana, los estucos interiores fueron hechos con arena del lecho del río Wisconsin, las cubiertas se tallaron con madera de los cedros que rodeaban la casa y, lo más interesante, Wright proyectó la casa a un costado de la colina y no sobre ella.

Es su elogio al paisaje de Wisconsin, pero más que eso es su reverencia a Estados Unidos, la tierra libre que recibió a sus antepasados oprimidos y por la que sentirá siempre un apego tan grande, que incluso llegó a crear una palabra: Usonia, concepto con el que define la singularidad e identidad de su país en cuanto al paisaje, sus ciudades y su arquitectura.

Esa admiración por Estados Unidos se emparenta con una conciencia desarraigada del mundo europeo, que representa el pasado, y con la necesidad de cortar esos lazos para crear una arquitectura verdaderamente americana, propia del mundo nuevo. Él iba a ser el arquitecto del mundo nuevo.

Nadie esconde su admiración por la notable creación que es Taliesin. Wright vuelve a estar en el centro de los focos por su trabajo y no por sus escándalos. El arquitecto parece rearmarse al fin. Pero en la azarosa vida de Wright la calma no existe y, mientras más acontecimientos le ocurren, más rápido se modela el personaje enorme en que se estaba convirtiendo. Mientras se encontraba en Chicago, encargado del diseño del Midway Garden, uno de sus empleados –enfurecido luego de ser despedido– incendia la casa y mata a hachazos a su mujer, a los hijos de ésta y a todo el personal de servicio.

Saber reinventarse

El luto duró poco, un Wright fortalecido enterró a su mujer en una fosa sin lápida, reconstruyó Taliesin y se puso a trabajar obsesivamente en el primer megaproyecto que le era encargado: el Hotel Imperial de Tokio, en 1916. Diseñó absolutamente todo, desde el plan maestro que distribuye el complejo de edificios hasta la vajilla, pasando por las servilletas de la cafetería y los sillones de los salones; así como no perdió oportunidad de incorporar los conceptos paisajísticos que había trabajado en sus Prairie Houses, al revestir muros y pilares con piedras talladas de la zona. Y, como si fuera poco, proyectó las soluciones estructurales que evitarían la intervención de los ingenieros en el diseño.

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Hotel Imperial de Tokio

El resultado fue impecable, tan bueno que los dos terremotos y el devastador incendio que destruyeron Tokio en 1923, no le hicieron ni un rasguño al hotel. Wright se encargaría de alimentar el mito diciendo que había sido el único edificio que había resistido. Otra vez en la cima y habiendo demostrado que nada podía derrotarlo, vuelve a Estados Unidos convertido en una estrella. Por fin es hora de la consagración definitiva.

Pero Wright sigue siendo Wright, y su tendencia a los escándalos vuelve a enredarlo todo. Se casa y se separa dos veces, es detenido por inmoralidad, se pelea con su familia, la crisis de 1929 frustra el único proyecto que tenía en curso y, para colmo, Taliesin se vuelve a incendiar.

Además, entre escándalo y escándalo, el tiempo corre rápido y sus obras ya están pasadas de moda. Tiene 60 años y otra vez no existe.

No hay encargos pero el arquitecto sigue vivo y el hambre intacta. Decide jugar sus últimas fichas y reinventarse: publica agudos artículos sobre arquitectura, escribe una novelesca autobiografía y diseña un plan de estudios para jóvenes arquitectos en su propia casa, en que no sólo se trabaja sobre arquitectura sino que se vive en comunidad. El programa incluye aprender a cosechar, leer poesía, componer música, cocinar y tallar piedra. Una verdadera revolución que priorizaba el uso de las manos por sobre el de la máquina y que negaba, por lo tanto, el real valor del Movimiento Moderno y la arquitectura de las masas.

Es aquí donde queda de manifiesto la verdadera personalidad de Wright, aquello que lo hace distinto y que lo posiciona en un ranking único, donde sólo él compite consigo mismo y sus propias verdades. Es invitado a un congreso del Movimiento Moderno en 1932, con la intención solapada de jubilarlo, pues los jóvenes adherentes del ‘estilo internacional’ lo consideraban una vieja gloria. Nada mejor que una provocación para despertar el instinto.

Un empresario de nombre Edgard Kaufmann, tan admirador suyo que obligó a su hijo a ingresar a la escuela de Taliesin, encarga al arquitecto la construcción de una vivienda en una arbolada finca con arroyo propio en Pensilvania. Es 1934, Wright tiene 67 años y ve aquí la oportunidad de dar el golpe final.

La leyenda cuenta que aceptó el encargo, visitó el sitio y luego no hizo nada durante tres meses, hasta que un buen día sonó el teléfono en Taliesin. Era Kaufmann avisándole que iría a su oficina a revisar el avance. Wright diseñó el proyecto en un lapso de tres horas, dibujó cortes y plantas de una enorme casa de planos rectos, con varios niveles y emplazada sobre el cuerpo de agua que transitaba por la finca. Muy al estilo en boga pero dotada de espíritu. Cuando Kaufmann llegó a su oficina el proyecto estaba resuelto, la Casa de la Cascada sería, en opinión de muchos, la obra más moderna que se había visto hasta entonces y el punto cúlmine en su carrera.

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Johnson Wax, en Racine, Wisconsin.

Wright había dado el golpe maestro. Había toreado a toda la nueva generación de arquitectos europeos demostrándoles que podía ser tan revolucionario como ellos, si tenía ganas. Y las tuvo por algunos años más, tal vez previendo que las jóvenes estrellas que habían intentado jubilarlo –Le Corbusier, Mies Van der Rohe, Gropius– le iban a sobrevivir varios años. Había que dejar un par de bombas, capaces de hacerles sombra, antes del retiro: la Johnson Wax, en Racine, y el Museo Guggenheim, en Nueva York, serían suficientes.

Aburrido de todo y habiendo demostrado cuánto valía, abandonó Chicago y se construyó un nuevo Taliesin en Phoenix, donde fue a morir; probablemente el día que quiso y a la edad que quiso. No faltaba más, ya había vivido demasiado.

 

 

Comentarios

  • "Los hombres no cambian, se desenmascaran", Germaine de Staël (1766- 1817), escritora francesa.
  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.