Hacia la otra orilla

15/04/17 — POR
Ilustración: Rodrigo Díaz

Hasta aquí llegaron los humanos,
al fin de mundo, finis terrae,
a lo que llamamos América,
humanos de ojos rasgados asiáticos.
Miles de años estuvieron, explorando el continente:
todo lo crearon solos,
ciudades y carreteras, templos y observatorios, cultivos y barcas, lenguas y mapas, guerras y música, esculturas y ritos.
Hasta que Américo navegó hacia el sur, nombre que viene del germano Emerico, antes Emmerich, por
Haimerich, de haimi(patria) y rikja, (potente).
América es nuestra patria potente,
acertamos con Vespucio, nada que decir.

Nos quedamos aquí
desde la orilla mirando
el más ancho océano del planeta;
desde entonces
o nos lanzamos al mar o no somos nada.

Llegar a Siberia, China, la India
la gente del vacío, el comienzo y el origen
del Asia entonces no tan lejano
de donde vinieron los primeros americanos.
Volver allá y visitar el suelo
de donde partieron, los primeros antepasados.

El desafío es mayor,
Y es de toda la América Latina:
Volver a transitar el amplio océano,
la mar Océana azul materna
y cerrar el anillo que rodea el globo

La estela del arte y la cultura
avanzó siempre de este a oeste,
del Lejano Oriente al Cercano,
de Egipto a Grecia y Roma,
y luego a París y Londres
en esa Europa que dictó qué era lejano y qué cercano-
y entonces Nueva York
y atravesar Estados Unidos
para
en la California desnuda al sol
contemplar el último crepúsculo
leyendo el Tao y el I Ching,
para volver a los textos del origen.

¿Alcanzará a detenerse en América Latina o pasará
de largo? ¿La estela nos pasará por arriba?
Este Océano Pacífico que tenemos tan aquí y tan
al frente, lo cruzaremos nosotros o lo harán otros:
¿Nosotros los de acá sabremos ser nosotros?

La geografía nos une aquí y separa: distancias, crudas montañas, caudales fluviales, sonoras selvas.
Pero es la historia la que más nos une y separa.
Felipe Herrera, presidente de la FECH de 1945:
“América Latina no es un conjunto de naciones: es
una gran nación deshecha”.
Lo dijo después, cuando presidió el Fondo Internacional para la Promoción de la Cultura de Naciones Unidas. Pensando en una cultura que re-ligara lo des-ligado.

La geografía nos modela.
Nos acorta las piernas en las tierras altas, en ellas
nos ensancha los pulmones y nos las alarga en las
planicies y estepas.
Somos modelados por las lentas
manos de la geografía.

Somos de mar o de montaña, del desierto o la selva,
en un proceso lento que infiltra tierra bajo la piel y
aire en los pulmones: hasta que somos de aquí.
De pronto, en la playa oyes las olas y tienes sal en los
labios y estás respirando el océano.

¿En qué momento nos alejamos del mar?
¿Estuvimos alguna vez mar adentro sin tierra a la
vista, lanzados por las olas al cielo sin nubes?
O padecemos un pecado original,
transmitido por Rodrigo de Triana
de padres a hijos e hijos,
la pulsión constante de ver tierra, siempre tierra y
no sólo el puro y ancho mar desconocido,
al que tememos.

Se nos vino a morir Ignacio Padilla, mexicano tan
joven -1968-2016-,
el brillante autor de «La isla de las tribus perdidas»,
Premio Iberoamericano 2010.
Dice y cuenta de nosotros,
hallados y descubiertos a los ojos del mundo,
hogar de perseguidos, de empobrecidos, de esclavizados, y de ambiciosos codiciosos aventureros y
esperanza de los aburridos;
sin navegantes, gente de tierra adentro.
¿Pero, si nuestras riquezas habían de irse, el oro y la
esmeralda, la perla y la plata, por qué no en barcos
propios, con nuestras banderas?
No hemos sabido zarpar al amanecer,
nos quedamos en la orilla mirando,
como náufragos de una isla perdida.

No supimos acoger la invitación de la Cordillera o
Meseta del Albatros,
la serpiente de la tierra submarina,
la que a veces levanta la cabeza
y recibe cada vez un nuevo nombre: Galápagos, Rapanui…

Nace frente al sur de México
y penetra el Pacífico miles de millas,
siempre hacia el sur y
hacia el oeste del origen
hasta elevar su altiva despedida
allá en las islas Marquesas.

¿La veían bajo el agua los antiguos navegantes, los
polinésicos,
para desplazarse bajo estrellas tan
desconocidas?
¿O seguían confiados la ruta de los albatros,
y fueron ellos sus guías en el periplo
transpacífico?
Pedro Prado el poeta les rinde homenaje,
en la noche más oscura pasan
y el que avanza adelante vuela a ciegas:
y los demás lo siguen, siguen su llamado
que los arroja de golpe a lo incierto.

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Los españoles vinieron a dibujar mapas,
con dragones y serpientes en medio
de lo aún desconocido:
eran sus temores
pero fueron mar adentro
y eran muchos.

Pedro Fernández de Quirós
al servicio de la corona hispana,
vino a encontrar “la gran tierra del sur mítica”, la
Terra Australis.
Vino con 3 naves, San Pedro, San Pedro y Pablo, y
Los Tres Reyes, y con 3 cientos de hombres.
Y llegó al destino, que era el oeste del sur,
las Tuamotu, las Nuevas Hébridas
y una isla grande que llamó Austrialia del Espíritu
Santo
en honor a sus reyes de la Casa de Austria.
Mírese en el mapa la Isla del Espíritu Santo, ahí
fundó una colonia de nueva vida
la que por supuesto llamó
la Nueva Jerusalén:
sería el centro del Nuevo Mundo.

Apenas lo recuerda un poeta australiano,
James McAuley, autor de «Captain Quiros»;
y el novelista John Toohey que no hace mucho lanzó su «Quiros», el año 2002.
Ellos océanicos, desde Sidney o Wellington,
en busca de su origen miran hacia acá:
Y nos encuentran y nos miramos.

En 2006, el Gobierno español entregó al de Vanuatu un busto del Capitán Quirós, el que ahora está en la Gran Bahía donde desembarcara hace 400 años.

Juan Jufré se vino y fue el primer alcalde de Santiago en 1541, el primero en plantar viñas hoy parte de la Viña Cousiño Macul, por ello padre de la vitivinicultura chilena,
el primero en fundar astilleros,
en la Nueva Bilbao, actual ciudad de Constitución,
cercana de altísimos árboles de los que hizo mástiles
para armar tres barcos y cruzar el Océano Pacífico:
llegó al otro lado y hasta la fecha se discute si la gran
isla que descubrió fue o no Nueva Zelanda;
también fue explorador de Australia.
Los reyes no tomaron interés en su descubrimiento,
no respondieron a sus cartas, no pudo volver.
En Argentina se le recuerda, fundador de la ciudad
que lleva su nombre: San Juan.

El océano lo cruzó con otro Juan, Fernández. El
mismo que halló la fórmula de alejarse para navegar
al sur, y por ello descubridor del archipiélago que
fue bautizado como él, en su homenaje.

Otro Juan, de Arias, tampoco logró apoyo real para
“conquistar las tierras que había descubierto el piloto Juan Fernández, luego de haber navegado un mes desde las costas de Chile” (1615); se refiere a Nueva
Zelanda, e historiadores varios lo reconocen como
el descubridor de esas tierras.

Tantos cruzaron el Pacífico, una y otra vez, hasta
hacer del Pacífico “el lago español”; alimentados algunos por el señuelo inca: que si navegaban directo hacia el oeste por algunas semanas, encontrarían islas muy ricas en oro…

Todo lo bautizaron los hispanos, pero todos esos
nombres fueron borrados y olvidados por un mundo, anglo y francés, que reemplazó al hispano.

Como las Islas Marquesas (de Mendoza)
descubiertas por Álvaro de Mendaña, así llamadas
en honor al gobernador de Chile García Hurtado
de Mendoza, marqués, precisamente, de Cañete.
¿Cuándo se alejaron las Marquesas, aparición final
de la serpiente submarina, la que sembró de islas el
Océano?
¿Y las Filipinas, en honor al rey hispano don Felipe?
Todo esto, cuando el océano estaba a la mano, y sabíamos navegar.

Comentarios

  • “Somos víctimas de nuestras creencias, pero podemos cambiarlas”, Dr. Bruce Lipton (1944), biólogo celular estadounidense.
  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.