HERMOSO PERDEDOR

29/01/18 — POR

Tras dirigir y protagonizar «The Room», la que según algunos críticos es la peor película de la historia, Tommy Wiseau se volvió famoso, fue interpretado por James Franco y se convirtió en el outsider más misterioso y entrañable del cine.

Por Andrés Nazarala R.

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Pelo largo, flaco, arrugas disimuladas tras un look de rebelde juvenil, ropa ancha, acento extranjero, risa mecánica, movimientos inusuales. Sería demasiado obvio decir que Tommy Wiseau es el Ed Wood del siglo XXI, pero lo que tiene en común con el director de «Plan 9 del espacio exterior» (1959), además de su excentricidad, es la habilidad para construir una película que también ha sido catalogada como “la peor de la historia”: «The room» (2003).

Ambos están emparentados además por la fama que consiguieron en Hollywood gracias a biopics inspirados en sus proezas fílmicas: «Ed Wood» (1994) y el recién estrenado «The disaster artist» (2017), respectivamente.

Pero hay una gran diferencia que, de alguna manera, nos habla de los extraños mecanismos de la cultura. Wood murió a los 54 años, alcohólico, pobre e ignorado por la gran industria, mientras que Wiseau es hoy una estrella, con club de fans, videos, apariciones televisivas, memes, y una audiencia devota que lo aplaude efusivamente cada vez que presenta su largometraje en funciones que recorren el mundo. El mainstream tuvo que reconocerlo como un fracasado para valorarlo. De pronto, lo malo pasó a ser bueno. ¿Elogio al mal gusto? ¿Distanciamiento irónico posmoderno?

Lo cierto es que «The room» es más noble y sincera que gran parte de los largometrajes que se fabrican como salchichas en una industria desalmada. Y como espectáculo se disfruta de principio a fin gracias a sus sobreactuaciones –especialmente la de Wiseau, quien se adjudicó el rol protagónico–, sus malos diálogos y los giros inverosímiles de una historia centrada en el dilema de un buen tipo llamado Johnny que descubre que su esposa lo engaña con su mejor amigo.

Si Wiseau tuviese el peso de Steven Spielberg o de Woody Allen probablemente ya habría recibido ataques por su representación de la mujer –la joven infiel es una sexópata perversa que llega a inventar que su marido la golpea– pero a nadie le puede caer mal un tipo como él. Además, todo aquí es de cartón piedra. Wiseau no sabe de mesuras ni tampoco de códigos de corrección política. Si hay un valor en la película es el arrojo con el que se desatan los hechos, incluido (spoiler alert) un suicidio final que nadie se atrevería a filmar Pero «The room» no sería nada sin su pasaporte al mainstream. «The disaster artist», dirigida y protagonizada por James Franco, transforma la historia de Wiseau y del rodaje del filme en una comedia que se mofa, pero al mismo tiempo, le da dignidad al realizador amateur. Como en «Ed Wood», su pasión por hacer cine y sus excentricidades lo enaltecen. Y también la relación afectuosa, aunque algo posesiva, que mantiene con su co-actor Greg Sestero, autor del libro biográfico en el que se basa la película. Si se quiere, «The disaster artist» puede ser visto como un elogio a la amistad que no se desmarca de otras películas protagonizadas por Franco («The interview», «This is the end»).

Pero hay algo que el astro de Hollywood no pudo esclarecer, a pesar de las hipótesis que plantea Sestero: el misterio Wiseau. De ahí se desprenden tres interrogantes inevitables: ¿Qué edad tiene? ¿Cuál es su país de origen? ¿De dónde saca tanto dinero?

En el libro, y en foros de internet, encontramos algunas respuestas posibles a estas incógnitas: podría tener 62 años, aunque él dice que menos de 40; habría nacido en alguno de los países que integraba el llamado Bloque del Este; y, aunque suena inverosímil, pudo haber hecho parte de su fortuna vendiendo juguetes de plástico en las calles de San Francisco (las tesis que lo vinculan al narcotráfico también circulan por ahí). Pero son sólo sospechas. El cineasta nunca ha entregado demasiados detalles sobre su vida.

Sestero sí ofrece en su biografía una anécdota que resulta conmovedora: Wiseau habría sufrido un grave accidente automovilístico que lo tuvo meses postrado en una cama de hospital. Cuando fue dado de alta, no lo pensó dos veces: se dedicaría a actuar y dirigir como sus ídolos James Dean, Marlon Brando, Orson Welles o Alfred Hitchcock. Concretaría el gran sueño de su vida, a como dé lugar

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Tommy Wiseau en «The Room» (2003)..

 

EL LETRERO DE 300 MIL DÓLARES

La primera señal de la existencia de «The room» apareció una mañana del año 2003 en la Highland Avenue de Los Angeles. El rostro abatido de Wiseau, a quien nadie conocía aún, ocupaba un tercio del letrero gigante que permaneció en el lugar durante cinco años. Luego se supo que él financió la publicidad de su bolsillo, pagando 5 mil dólares por mes. En total gastó 300 mil dólares.

El estreno tuvo lugar el 27 de junio de 2003, con alfombra roja y un Wiseau vestido de gala que llegó en limusina. El público no sabía qué esperar de un largometraje que el mismo realizador había definido como “una película con la pasión de Tennessee Williams”. Bastaron pocos minutos para que la audiencia estallara en carcajadas. La revista «Variety» reportó que algunos espectadores incluso exigieron la devolución de su dinero a los 30 minutos de función.

La crítica fue demoledora. «The Guardian» calificó al filme como una mezla de “Tennessee Williams, Ed Wood y «Atrapado en el closet» (vilipendiada película del cantante R. Kelly)”. En el sitio de IFC describieron la actuación de Wiseau como “Borat tratando de imitar a Christopher Walken interpretando a un paciente psiquiátrico”. Y el periodista Tom Bissell la definió como “una película hecha por un extraterrestre que nunca ha visto una película”.

«The Room» permaneció en cartelera durante dos semanas. Los dos salas de Los Angeles que la proyectaron tuvieron que aclarar que “no se devuelve el dinero de la entrada”. El cine Laemmie Fairfax comprendió la importancia de la anti-publicidad. “Este filme es como ser apuñalado en la cabeza”, advirtieron. Podríamos decir que «The Room» fue un gran desastre en términos de crítica y audiencia.

Pero algo insospechado ocurrió en los meses siguientes. Junto con ser apuntado como el peor director de la historia, Wiseau comenzó a recibir mails de fanáticos que lo ayudaron a reestrenar su ópera prima en funciones de medianoche, las mismas que alguna vez catapultaron a cineastas por entonces incomprendidos, como John Waters y Alejandro Jodorowsky. Hablamos de la proyección de cintas relegadas a la profundidad de la noche, donde las leyes del mundo parecen invertirse bajo la lógica del carnaval.

El fenómeno desatado por «The room» genera preguntas: ¿qué es realmente una mala película: un ejercicio fallido o una apuesta que no calza con los cánones establecidos? ¿Se puede despojar un filme de su contexto social? ¿Importa lo que una obra provoca, al margen de su distancia o cercanía al gusto de una época?

“No me interesan tanto las películas, sino el acto ceremonial de ir al cine”, señaló alguna vez el poeta Jorge Teillier en la revista «Plan». Y, en ese sentido, «The room» es una maestra de ceremonias, una obra convocante que desata carcajadas colectivas. “Todas las películas tienen sólo 10 minutos que valen la pena”, apuntó también el escritor chileno en el mismo texto lúcido. Y Wiseau hizo una película que, en su lógica del desparpajo, no tiene desperdicio.

Un rayo de luz es el texto que el periodista Adam Rosen escribió en 2013 en la revista «The Atlantic». Ahí considera a Wiseau dentro de lo que se conoce como Outsider Art o Art Brut, es decir, arte realizado por autodidactas, locos y excéntricos alejados de todo academicismo. “Cuando Hollywood –o realmente cualquier persona con poder– no interviene, «The room» ocurre”, analizó Rosen. Bajo esa mirada, la película es un grito de independencia y Wiseau, un creador liberado de toda imposición. Un excéntrico que no puede participar en el baile de la sensatez que promulga el canon. O, como diría Jack Kerouac, un loco que “arde como fabulosos cohetes amarillos explorando igual que arañas entre las estrellas”.

 

 

Comentarios

  • “No veo a ningún Dios aquí arriba”, Yuri Gagarin (1934-1968), hablando desde la órbita terrestre.
  • "Nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación", Mark Twain (1835 - 1910).