INGMAR BERGMAN III LAS OBRAS IMPURAS

26/04/18 — POR

La televisión y el teatro acompañaron los años dorados del sueco más famoso del cine.

Por Vera-Meiggs.

92_cine_bergman_4

«La llegada del señor Schelman», 1957.

Un creador es la excepción de muchas reglas, lo que garantiza una singularidad en la que los demás nos vemos reflejados.

Entre las particularidades de Ingmar Bergman está que su trabajo creativo se dio en partes casi iguales entre el cine y el teatro. Decía dedicarle siete meses al año a la escena y que comenzó a escribir obras a los diecisiete años, pero que dejó la mayor parte de ellas guardadas en sus archivos. Algunas las estrenó en vida, dirigidas por él u otros directores. Pero la verdad es que esos textos no han conocido gran fortuna crítica. Mayor ha sido la fortuna de sus guiones filmados por otros («Infiel» (2000), dirigida por Liv Ullmann; «Las mejores intenciones» (1991), de Bille August, Palma de Oro en Cannes), y las adaptaciones de sus películas al escenario, como la estupenda versión que el holandés Ivo van Hove hizo de «Después del ensayo» y «Persona», exhibidas en el reciente Santiago a Mil. Obligado a escoger, decía preferir el teatro por su mayor inmediatez. La cantidad de sus montajes alcanzan las 125 obras, más los radiofónicos y sólo tres óperas. Además de haber realizado trabajos híbridos entre cine y teatro, que encontraron en la televisión su envase perfecto, pero que hemos visto porfiadamente en pantalla grande con dispares resultados. Difícil hallar otro caso de versatilidad expresiva semejante.

LA PANTALLA CHICA

Llegó a la televisión por voluntad propia y no por necesidad. Su curiosidad por el medio coincidió con el desarrollo de su personalidad creativa y con la difusión generalizada de los aparatos en los hogares suecos. Por ello no alcanzó a desarrollar la urticaria intelectual que hoy el medio suele producir entre los artistas. Por el contrario, la técnica de la inmediatez y la concentración que la televisión sigue exigiendo, le resultaban desafiantes y atractivas, y lo obligaban a una planificación precisa y a la máxima eficacia.

Su debut es de antigua fecha: 1957. Se trataba de una adaptación de «La llegada del señor Schelman», de Hjalmar Bergman, emitida en directo y seguida al año siguiente por «La venexiana», anónimo véneto del siglo XVI. Desde entonces nunca dejaría pasar mucho tiempo sin montar algo para la pantalla chica, incluso en los sesenta comenzaría a crear obras específicamente para ella, no siempre con éxito, ni con el beneplácito crítico. Parte de estas obras se exhibirían en cines del resto del mundo, donde su popularidad era mayor que en su patria, confirmando el adagio evangélico.

La primera de estas obras mestizas sería «El rito» (1969), otra reflexión de Bergman sobre el tema de la representación y la ausencia de Dios, una densidad de temas insólito en la TV y que le ha dado un cierto prestigio intelectual a una película muy calculada y fechada.

En vez, enorme éxito alcanzaría la serial de seis capítulos «Escenas de la vida conyugal» (1973), en la que Bergman realiza un agudo retrato del matrimonio burgués en crisis, tan efectivo y exitoso que fue reducido a una versión cinematográfica de amplia difusión mundial. Con apuntes autobiográ- ficos y con Liv Ullmann y Erland Josephson encabezando el reparto, ha sido uno de sus trabajos más imitados.

92_cine_bergman_2

«Escenas de la vida conyugal», 1973.

Desde pequeño Bergman había admirado, como tantos a su edad, el singspiel «La flauta mágica», de Mozart, y había incluido una escena en «La hora del lobo». Su deseo de llevarlo a la pantalla duró veinte años hasta que se concretó en 1975 gracias a la televisión, siendo la única obra de Bergman dedicada a los niños. Influenció en ello su hija Linn, que tuvo de su relación con Liv Ullmann, hoy conocida como escritora. Ella es la espectadora principal de esta producción, que fue filmada en el Teatro Real de Drottningholm, joya del Barroco sueco que aún conserva escenografías y trucajes de época, los que forman parte central del estilo ingenuo que Bergman quiso dar a esta fábula moral sobre la lucha eterna entre la luz y las sombras. Para capturar al espectador infantil, se usaron carteles con la letra de algunas arias y se cantó en sueco, lo que hizo arriscar la nariz a los puristas de la lírica, pero que alguna vez fue práctica habitual en muchos países. El resultado ha sido uno de los mayores éxitos comerciales de su autor (en Chile estuvo más de un año en cartelera) y la más aplaudida de las transposiciones de ópera a la pantalla. Cuenta con unos excelentes Papageno y Reina de la Noche y una espléndida iluminación de Sven Nykvist, que en la obertura aparece entre los espectadores, junto a Erland Josephson, Käbi Laretei (conocida pianista y cuarta esposa de Bergman) y el propio cineasta.

Después de este interludio luminoso reaparece toda la oscuridad posible en «Cara a cara» (1976), otra serial de cuatro capítulos financiada por el famoso productor italiano Dino de Laurentiis. Una construcción demasiado consciente de sí pesa sobre el relato, pero permite a Liv Ullmann alcanzar la mejor actuación de su carrera.

LA JUBILACIÓN

Como buen burgués sueco y viendo acercarse la edad de la pensión, Bergman arriesga cada vez menos creativamente. Después de un escandaloso episodio de impuestos no pagados, del que resulta ser inocente y de un autoexilio (en el que filma en Noruega «Sonata otoñal», en 1978, con Ingrid Bergman en una actuación notable), vuelve a Suecia a cerrar su carrera cinematográfica con «Fanny y Alexander» (1982), otra serial televisiva de cinco capítulos –explícitamente autobiográfica– con la que anuncia su retiro del cine. La versión estrenada en las pantallas de medio mundo hoy convence menos que la serie completa, que tiene un marcado tono de testamento, muy aplaudido en aquel entonces. Destaca la esmerada puesta en escena y el encanto del episodio natalicio con que comienza. Ganará cuatro Oscar. Ya no volverá a filmar.

El ciudadano Bergman tenía el aspecto adocenado de un burgués desgarbado y mal genio, feo y muy seductor con las mujeres (cinco matrimonios y nueve hijos), inclinado a la misantropía y frecuente enfermo más o menos imaginario. Había encontrado finalmente la felicidad doméstica en su quinto matrimonio, pero su tan anunciado retiro le pesa. Vuelve a la televisión grabando «Después del ensayo» (1984): “Un trozo de televisión cinematografiada que habla sobre teatro”, según definición de su autor. Concentrado y agudo retrato de un director teatral en el ocaso, alcanzará en sus espléndidas actuaciones una nueva altura: Erland Josephson, Ingrid Thulin (en su última aparición en pantalla) y Lena Olin, que se consagra internacionalmente aquí. Ha merecido varios montajes teatrales a través del mundo.

92_cine_bergman_3

«Saraband», 2003.

Pero es en «Saraband» (2003), también grabada en video, donde Bergman cierra definitivamente con las pantallas. Los protagonistas de «Escenas de la vida conyugal» se vuelven a encontrar treinta años después para enfrentar los dramas del tiempo. Una obra realizada por el placer de hacerla, envuelta en una luminosidad dorada y serena que a los 85 años de su autor cierra en gloria una carrera extraordinaria.

Fallecería, ya viudo, cuatro años después en su amada residencia en la isla de Farö.

¿Y AHORA?

Poco ha cambiado la apreciación crítica que su obra alcanzó en vida del autor. «Persona» y «El silencio», que él tanto apreciaba, se tambalean de su pedestal por su truculencia algo críptica, muy propia de los años sesenta. El propio Bergman consideraba a «La fuente de la doncella» una impostación más formal que sustantiva, pero sigue gustando mucho al público que la ve por primera vez. «Fresas salvajes» y «El séptimo sello» suelen verse cómodamente instaladas en los listados de las mejores películas de todos los tiempos. De su trilogía sobre el silencio de Dios, «Luz de invierno» continúa pareciendo como recién hecha. «La hora del lobo», acusada de influencias fellinianas y de concesión al gé- nero de terror, hoy se impone a «Vergüenza», más programática y realística. Es que el mundo de los sueños se le daba mejor al nórdico Bergman. Por eso mismo, «Gritos y susurros» aún brilla como un rubí, como él mismo deseaba. «Fanny y Alexander», que dejó cansado al cineasta, efectivamente muestra un agotamiento de la inspiración, pero un oficio admirable.

Ahora se anuncia la filmación de un guión que escribiera para realizar un filme a episodios junto a Federico Fellini y Akira Kurosawa que nunca se pudo concretar. ¿Habrá en su centenario aún agua fresca en el pozo de su creatividad?

Comentarios

  • "Los hombres no cambian, se desenmascaran", Germaine de Staël (1766- 1817), escritora francesa.
  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.