JEANNE MOREAU

16/10/17 — POR

“La mujer es apasionada, la actriz es apasionante. Cada vez que la imagino en la distancia, no la veo leyendo un periódico sino un libro, porque no hace pensar en el flirteo, sino en el amor”, dijo de ella François Truffaut.

Por Vera-Meiggs

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Escuchado en un aula universitaria: “Profesor, ¿quién es esta actriz que ha muerto y a la que todos se refieren como si fuera la mujer de sus vidas?” En esa pregunta se resume la importancia que ha tenido Jeanne Moreau (1928-2017) para una época en que el cine era el cielo y el infierno del imaginario juvenil… y también adulto. Jeanne no era simplemente una buena actriz, aunque la expresión implique una reducción inaceptable: ser una buena actriz no tiene nada de simple. La Moreau fue una actriz estupenda, pero no radicaba ahí su única importancia, que de haberse reducido a esa virtud, la habría hecho bastante apreciable y muy digna de un recuerdo especializado. En vez, estaba más allá de esa categoría, pero también estaba más acá de la mitología de la estrella de cine. Parecía ubicada en el espacio inefable en que el imaginario colectivo encuentra los instrumentos para escarbar en las profundidades de lo humano. En modo tal vez inconciente, la Moreau contribuyó activamente a ubicarse en ese espacio interpretable: el de la cultura como misterio.

UNA MUJER NADA DE TONTA

Nacida en una familia franco inglesa en las postrimerías de los años veinte, cuando Francia se hundía en la desesperación de la crisis económica. Su madre era una bailarina inglesa y su padre, un modesto comerciante. Creció en los rigores de la pobreza de la pequeña burguesía de provincia en Vichy. Perfectamente bilingüe y aficionada a la danza, encontró en el teatro la forma de escapar de las dificultades de aquellos años difíciles. Viendo la «Antígona», de Jean Anouilh, dice haber tenido una epifanía que la llevó a ser la más joven aspirante admitida en el Conservatorio de Arte Dramático. Su férrea voluntad de superarse la llevó a leer todo el teatro que desconocía y a prepararse para roles protagónicos que llegaron tempranamente. A los veinte años ya estaba contratada por la Comédie Française, la Acrópolis del teatro galo.

 

Fotogénica y talentosa, los ingredientes perfectos para que su paso al cine fuera tan natural como necesario. Jeanne fue comprendiendo y haciendo propio, paso a paso, el arte de la actuación cinematográfica. Su formación clásica la ayudó, pero lo del cine era otra cosa y lo entendió actuando con algunos de los mayores mitos masculinos de la pantalla francesa: Gérard Phillipe y el ya maduro Jean Gabin, hombre surgido desde la realidad y dotado de una rara e intensa expresión interior que lo haría ser el héroe del llamado Realismo Poético de los años treinta. Con tales modelos y su afinada inteligencia, más una cierta cantidad de directores adecuados, Moreau se preparó para ser la protagonista de la próxima página gloriosa del cine francés.

Ya por aquel entonces sus ojos vivaces y su amplia frente ocupaban portadas de revistas. Pero le faltaba un asesinato que la hiciera famosa. Hacia el final de los cincuenta, Europa comenzó a vivir el milagro económico que significó su salida de las restricciones de la guerra y el asomo opinante de nuevas generaciones. En cine, la cosa se veía venir explosiva. Un grupo de jóvenes arrogantes y estudiosos se agrupó alrededor del famoso crítico André Bazin y de la revista «Cahiers du Cinéma», comenzando a lanzar dardos atrevidos a sus mayores, contra el llamado “cine bien hecho”, es decir, elegante, formal y eficaz. Entre ellos estaba Louis Malle, que le daría a Moreau dos roles protagónicos y un escándalo mayúsculo en aquellos tiempos: «Ascensor para el cadalso» (1957) y «Los amantes» (1958). Ambas películas no han resistido muy bien el paso del tiempo, pero la razón de verlas hoy está en la actriz y su forma de expresar por ausencia una gama de emociones ambivalentes, ninguna de las cuales se enfrenta a algún escrúpulo moral que pueda detener sus ansias de satisfacción corporal y/o econó- mica. Las escenas de sexo en «Los amantes» eran insólitas para aquellos tiempos y las prohibiciones llovieron sobre la taquilla en forma provechosa. Jeanne opacó todo el erotismo anterior del cine francés y dejó una marca de estilo de actuación que mandó al desván de los recuerdos a una buena parte de su competencia.

La insatisfecha esposa de «La noche» (1961), de Michelangelo Antonioni; y la casquivana y desequilibrada Catherine, protagonista de «Jules y Jim» (1962), de François Truffaut, terminarían por colocarla en las alturas del estrellato. Lo siguiente fue medirse cara a cara con Brigitte Bardot, que en sus memorias la describe como bajita, encantadora e inteligente… y una auténtica amenaza. Juntas protagonizaron «Viva María» (1965), dirigida por Malle y que sigue valiendo exclusivamente por la presencia de ambas.

A pesar del éxito, la Moreau mantuvo sus distancias y no se dejó tentar por su propia celebridad. Cuidó su vida privada e hizo en Hollywood exactamente aquello que la dejó satisfecha. Después de todo, lo que ella encarnaba no cabía en listados de popularidad. La sucesión de grandes directores que la solicitaban da una medida del nivel de sus alcances artísticos: Orson Welles, Luis Buñuel, Joseph Losey, Jean Renoir, Elia Kazan, Amos Gitai, Theo Angelopoulos, Peter Brook, Rainer Fassbinder …

El tiempo jugaría a su favor, como sucede con todo artista verdadero, y supo mantenerse misteriosa y lejana, pero rica en matices y sugerencias, que también apreciarían nuevos directores, a los que tampoco se negó. Los honores le llovieron y sería la única actriz que ha presidido dos veces el jurado del Festival de Cannes (1975 y 1995), como también se convertiría en la primera mujer en ser elegida miembro de pleno derecho de la Academia de Bellas Artes de Francia.

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Jeanne Moreau durante un descanso del filme «Eva», de Joseph Losey (Venecia, 1961) Foto: ©Farabola/ Leemage

LA ACTRIZ DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN

Lo más recordable cinematográficamente de «Ascensor para el cadalso» es la caminata nocturna de Jeanne acompañada por la música que Miles Davis improvisó al ver la escena proyectada. Ahí Moreau delineó completa su marca cinematográfica. Caminaba sin rumbo aparente, atenazada más por deseos ocultos que por los remordimientos de su crimen. Pero el rostro parecía mantener una misma expresión distante y la mezcla con la música creaba un efecto envolvente y misterioso.

Más lejos y con mayor visión de mundo, Antonioni le hizo repetir el motivo de la caminata en «La noche». Allí era Lidia, esposa de un famoso escritor (Marcello Mastroianni) al que desearía amar como una vez lo hizo. Mientras él asiste a un cóctel de lanzamiento de su libro, ella se desliza fuera y se pone a caminar, buscando en alguna parte un estímulo vital que le haga sentir… algo. Cinematográficamente, la secuencia es descollante en su despojada forma y en su carencia de objetivo dramático preciso, pero el caminar vulnerable y femenino de la actriz hace del fragmento una experiencia difícilmente reducible a su descripción.

En «Mademoiselle», de Tony Richardson, Jeanne interpreta a una profesora de pueblo frustrada sexualmente, un rol escrito para ella por Jean Genet. Aquí sus caminatas son breves, pero altamente significativas, especialmente cuando vuelve al pueblo al amanecer después de una noche de sexo en que su laxitud es interpretada por la gente como una violación, lo que ella verbalmente confirma en un breve primer plano, desatando la ira colectiva.

Pasos perversos serían los de Jeanne en «Diario de una camarera», dirigida por Buñuel, donde debía usar los botines que le imponía un anciano patrón fetichista. Angelopoulos la hizo deslizarse como una reina misteriosa en «El paso suspendido de la cigüeña» y en «A cada uno su cine», la muestra caminando por un cine abandonado en que ante una imagen de Mastroianni, ya fallecido, recita de nuevo, cuarenta y cinco años después, el monólogo final de «La noche».

Su frente alta, hipnótica mirada oscura y boca carnosa con comisuras hacia abajo, no la hacían una bella convencional, pero sí muy peligrosa, como decía la Bardot. Su forma de caminar pudo hacer que generaciones masculinas la siguieran por los vericuetos existenciales que solía recorrer sin medir consecuencias. Y sin arrepentimientos. ¿Cuentan los millennials con alguien así?

Comentarios

  • "La vida es misteriosa, los dioses caprichosos y nosotros inconstantes", Santiago Posteguillo (1967), novelista español.
  • “Si el príncipe azul no llega, búscate uno verde”, Frase/Ilustración compartida por Mr. Wonderful, “diseño gráfico para gente no aburrida”.