Jude Law protagoniza próxima trasmisión del Royal Theatre Live

03/09/17 — POR

El miércoles 30 de agosto, podremos ver «Obsession», que llegará desde Londres, en una adaptación teatral tomada por un holandés de una versión cinematográfica italiana de la novela del estadounidense James Cain.

Por Vera-Meiggs

El tema del adulterio es manido como el del amor, el odio y la venganza. Sin embargo, siempre viene bien hacerle frecuentes visitas, tal vez por ser una de las tentaciones más recurrentes de toda cultura en la que existe la institución matrimonial. Se afirma que si bien hay sociedades que carecen de esta institución, no existen civilizaciones que no la hayan tenido. Por eso es deducible que las normas que rigen las relaciones de pareja existen también por su importancia política, aunque no aparezcan nunca explicitadas como tales.

La universalidad del tema es además propio de unos seres, como los que somos, tensionados entre sus deberes y concupiscencias, entre su querer ser y sus apetitos, entre la razón y la emoción, entre Ley y Deseo. Por lo tanto, colocar esto en escena permite contar con la complicidad casi total del público, que se siente identificado con este conflicto vital, tan saludable para la creatividad y tan imposible de suprimir. Para apreciar en toda su dimensión las ramificaciones del espectáculo que transmitirá el Nescafé de las Artes, desde la sala de teatro del Barbican Center, de Londres, el 30 de agosto, es conveniente repasar una tríada de fuentes convergentes.

LA PERSEGUIDA CORRIENTE NOIR

“Noir” es una denominación francesa para una corriente del género literario policial estadounidense que se desarrolló con especial énfasis al final de los años treinta y que se extendió hasta comienzos de los cincuenta, cuando fue duramente perseguida por el macartismo. Es evidente que la ambientación sórdida, urbana y nocturna debía su origen al pesimismo de una época de crisis permanente, de urgencias económicas y de violencias industriales. Dashiell Hammett («El halcón maltés»), Cornell Woolrich («La ventana indiscreta»), Patricia Highsmith («El talentoso señor Ripley»), Raymond Chandler («El sueño eterno») y James Cain («Pacto de sangre») son los nombres principales en Estados Unidos y siguen siendo imitados hasta hoy por autores como el sueco Stieg Larsson, responsable de la afortunada trilogía «Millenium». De la novela, la tendencia pasó rápidamente al cine y el gran Fritz Lang (1890- 1976) ya tenía listos los ingredientes que se había traído desde su huida de la Alemania nazi y su célebre «M, el vampiro de Düsseldorf» (1931) definió su estética en la pantalla. John Huston, Billy Wilder, Orson Welles y Stanley Kubrick alcanzarían algunas de sus cumbres en el género. Todavía la tendencia se vuelve a asomar de vez en cuando en la pantalla. Uno de sus más afortunados epígonos: «Blade Runner» (1986), de Ridley Scott.

James Cain (1892-1977) publicó «El cartero llama dos veces» en 1934 y tuvo éxito inmediato, alcanzando niveles de venta que crearon más de alguna sospecha en los círculos conservadores, que vieron en ella un llamado al sexo transgresor y a la violencia. Resulta curioso que su primera adaptación, y la más lograda, se haya hecho en la Italia fascista bajo el título de «Ossessione» (1943), verdadero puntapié inicial del Neorrealismo. El responsable fue Luchino Visconti, en su debut como director de cine. Su aristocrático origen no impidió su gusto realista, que fue un violento contraste con todo el resto del cine italiano de la época. Tres años después, Lana Turner exhibió toda su vulgaridad sensual, la que dirigía a John Garfield en la versión hollywoodense, pero el público recuerda más la producción (1981) de Bob Rafelson, donde Jack Nicholson y Jessica Lange corrieron la barrera de lo permitido en términos de explicitación sexual en pantalla.

REALISMO SOCIAL

Los años 30 fueron duros en casi todo Occidente. Estados Unidos vivió su más vulnerable situación cuando apareció «El cartero llama dos veces», por lo que la sórdida historia fue un adecuado reflejo de lo que sucedía en el país, pero envuelto en unas dosis de sexo compensatorio que explica en parte su éxito. La década estaría dominada por una fuerte tendencia al Realismo, presente en la literatura y en el cine principalmente. Es cierto que Hollywood vendía más boletos que nunca y que lo exhibido eran sueños artificiales de difícil probabilidad (léase Fred Astaire, King Kong, Frankenstein, Greta Garbo, los hermanos Marx), aunque no faltaban algunas aproximaciones a los problemas sociales, como las de los grandes cineastas comediantes Ernst Lubitsch o Frank Capra. El cine francés iba por un camino contrario, en el que el realismo y las temáticas sociales eran afrontadas sin velos ni maquillajes. Posturas ideológicas mediante, lo mismo ocurría en sectores importantes del cine inglés, español y nórdico, mientras que los regímenes nazi y fascista aborrecían todo lo que no fueran temáticas optimistas y nacionalistas. De ahí el fuerte impacto que tuvo la aparición de «Obsesión» en una Italia que estaba por ser invadida por los Aliados. La historia del vagabundo Gino (Massimo Girotti) que llega a un local perdido a las orillas del río Po, atendido por Giovanna (Clara Calamai), insatisfecha esposa de un hombre mayor que será luego un estorbo en los deseos de la pareja, parece encarnar las frustraciones de una generación oprimida y empobrecida por un régimen que en poco tiempo terminaría también de la peor de las maneras. Obstaculizada políticamente y desdeñada por el público, que no entendió la razón de tan pesimista crudeza, la película de Visconti ganó la prueba del tiempo y hoy es muy apreciada su solidez y el espesor de su ambientación y actuaciones. Su modernidad queda perfectamente probada con la adaptación teatral que el director holandés Ivo van Hove ha hecho para la escena londinense.

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LA PERFECCIÓN DEL REPARTO HACE DE LA OBRA UNA EXPERIENCIA DE GRAN INTENSIDAD. JUDE LAW, EN APARIENCIA DEMASIADO REFINADO PARA EL ROL, RESULTA SORPRENDENTEMENTE ADECUADO Y DOTADO DE UNA ENERGÍA DESESPERADA

ADAPTAR LO ADAPTADO

La novela de Cain, que sirvió a la adaptación de Visconti, no aparece nombrada en los títulos de la película por razones económicas y políticas. Estados Unidos ya estaba en guerra con Italia y no habría sido muy conveniente para la producción aparecer vinculada a un origen estadounidense. Ivo van Hove vio en la opera prima de Visconti, más que en la novela, una exploración de los riesgos de la pasión, casi como si se tratara de un texto griego, algo en lo que Visconti parece haber pensado también en su momento, ya que la fatalidad cubre el total del relato con un manto de oscura crispación, cuya única salida es trágica. Los personajes se atraen sin que medien razones, aunque las circunstancias (destino trágico) empujen el uno hacia el otro en forma total, como seres primitivos dominados por pulsiones que ni siquiera cuestionan. Pero de todos modos son seres que adquieren la conciencia de lo que les pasa, por eso son humanamente interesantes y permanentes. El montaje escénico respeta el espíritu de la película y su oscuridad anímica, pero sus referentes visuales son diferentes. Después de todo, han pasado 75 años desde el debut de Visconti. En la primera larga escena de la obra tenemos un vacío escenográfico repleto de vinculaciones contemporáneas, pero en la que prevalece con cierta evidencia la cita del pintor hiperrealista estadounidense Edward Hopper, cuyas crudas visiones de la soledad urbana se ajustan a la perfección con la puesta en escena. Aquí, la iluminación no es simplemente una cita plástica, es también la desoladora constatación de lo real. Los volúmenes escenográficos, irregulares rectángulos que apenas sugieren los espacios de la acción, permiten una versatilidad notable de usos, pero que mantienen una permanente sensación de oscuridad y vacío, el paisaje anímico en que se mueven los personajes. Suspendido en el aire, un motor mecánico, una suerte de dios terrible, que dejará caer un chorro de sucio aceite en uno de los momentos culminantes de la acción. Finalmente, la perfección del reparto hace de la obra una experiencia de gran intensidad. Jude Law, en apariencia demasiado refinado para el rol, resulta sorprendentemente adecuado y dotado de una energía desesperada que hace olvidar su apostura física. Halina Reijn, actriz holandesa de renombre, complementa a la perfección a su compañero de escena y sus encuentros físicos elevan la temperatura de la frialdad general con una expresión corporal en la que hay de todo, excepto besos.

 

Comentarios

  • "Los hombres no cambian, se desenmascaran", Germaine de Staël (1766- 1817), escritora francesa.
  • "Ríe y el mundo reirá contigo, ronca y dormirás solo", Anthony Burgess (1917 - 1993), escritor y compositor inglés.