JUGAR TENIS SIN RED

26/11/17 — POR

Analogía empleada para hablar de asuntos que o son deportes, la idea de hacer del tenis un símil pertenece al poeta estadounidense Robert Frost. Por Edisón Otero.

ESTO NO ES el inicio de un comentario deportivo. El tenis es usado en estas líneas como una analogía para hablar de asuntos que no son deportes. Tomando en serio aquello de que al César lo que es del César, la idea de hacer del tenis un símil pertenece al poeta estadounidense Robert Frost (1874-1963), quien sostuvo que escribir en verso libre es como jugar tenis con la red abajo. Es decir, jugar así es tener asegurada la victoria de antemano. A menos, claro está, que uno sea un jugador tan incompetente que aún así lance la pelota fuera de la cancha.

Jugar tenis sin red es jugar con las cartas marcadas. Traducción a lenguaje accesible: es hacer trampa. El ocurrente filósofo Daniel Dennett (1942) se refiere al mismo símil, aunque lo atribuye a Ronald de Sousa. Este último caracteriza a la teología filosófica como “tenis intelectual sin red”. Pero, ni Dennett ni De Sousa parecen estar enterados de la paternidad del símil mismo. Lo cual, por cierto, no es como para armar un escándalo. Lo que importa es el símil propiamente tal. Como Platón lo tuvo claro y manifestó por ello su temor, una vez que la idea es formulada y queda materializada en un texto escrito, ya no hay modo que el autor pueda cuidar su destino posterior. Queda sujeta a todos los usos e interpretaciones posibles y desarrolla, por así decir, vida propia.

En consecuencia, podríamos desarrollar alguna modificación parcial de la analogía del tenis sin red, introduciendo, por ejemplo, la siguiente variable: cada vez que al jugador X le toca devolver la pelota a su contrincante Z, la red desaparece automáticamente bajo el suelo. Pero cuando es el turno del contrincante, la red vuelve a aparecer; y así todo el tiempo. De modo que uno de los jugadores (X) dispone de una ventaja de la que el otro (Z) carece. En la versión original de Frost, ambos jugadores están de acuerdo en hacer trampa y así disponen de la misma ventaja. En la versión modificada que indicamos, sólo uno de ellos se beneficia de la ventaja. En la célebre historia de Abraham, éste pregunta a Dios sobre el sentido de hacerlo pasar por la prueba terrible de estar dispuesto a sacrificar su propio hijo porque Él se lo pide como demostración de su sumisión, a lo cual recibe la siguiente respuesta: “No lo entenderías”. Dios juega sin red.

El ya aludido Dennett hace referencia al filólogo Walter Burkert, quien, confiando en la veracidad de los datos manejados por el griego Diógenes Laercio (siglo III d.C), autor del libro «Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres», reproduce la siguiente anécdota atribuida al filósofo Diágoras: “Mira todos estos regalos votivos”, le dijeron a Diágoras, el ateo, en el santuario de Samotracia, donde habitan los grandes dioses, famosos por salvar a la gente de los peligros del mar. “Habría muchos más votivos si todos aquellos que se han ahogado en el mar tuvieran la posibilidad de construir monumentos”, respondió Diágoras impávidamente. Este filósofo pertenecía a aquellos que no gustan de jugar al tenis sin red, particularmente cuando hay gato encerrado. En efecto, si los dioses todo lo ven y todo lo pueden, ¿por qué no habrían de salvar a todos los que naufragan, y no sólo a algunos?

Corre el año 1971. Los obreros portuarios polacos desarrollan una huelga, reivindicando su derecho a mejores salarios. Al gobierno comunista se le agota la paciencia y reprime las manifestaciones. En una de ellas, los disparos de la policía provocan la muerte de 17 trabajadores. Cunde la indignación. La explicación oficial: se ha disparado contra provocadores infiltrados en el movimiento. Otra vez, el tenis sin red. La única explicación consistente con la respuesta gubernamental es que sus fuerzas policiales ya habían desarrollado la tecnología de las balas inteligentes, capaces de distinguir entre obreros y provocadores. Así, cuando una bala va en dirección de un obrero, se desvía hasta dar con un provocador y darle muerte. Casi cincuenta años después, no se sabe qué tipo de balas haya sido fabricado. En el entendido de que la realidad siempre supera a la ficción, un ejemplo ficcional clásico de tenis sin red es «Trampa 22», una sátira antibélica delirante llevada al cine por el director Mike Nichols. Todo transcurre en una base aérea estadounidense en el Mediterráneo. Es 1944, en plena Segunda Guerra Mundial. La base en cuestión es un chiste, una parodia dislocada. Cada día, los aviones despegan en misión, sin tener un objetivo preciso, y resuelven el disparate lanzando las bombas al mar. De lo que se trata, pues, es que los aviones despeguen y arrojen sus bombas. ¿Dónde? Da lo mismo, en tanto las arrojen. El personaje central se percata perfectamente de la completa locura que caracteriza la vida en el lugar, incluyendo una hilarante red de contrabando de toda clase de productos y servicios. Concibe, por tanto, la idea de irse. ¿Cómo se hace eso? Habla con el doctor de la base y se entera de que la única posibilidad de abandonarla es ser declarado loco. Para que eso ocurra, hay que solicitarlo. Con eso basta. Parece sencillo, sólo que existe una trampa. Si uno lo solicita, eso es una muestra irrefutable de que el solicitante está sano. Nadie en su sano juicio querría continuar prisionero de esta condición desquiciada. Eso explica que nadie solicite irse: están todos locos. Si todos estuvieran sanos, la base quedaría vacía.

Contra todas las eventuales evidencias en contra y a pesar de que todas las estadísticas indiquen lo contrario, los deportes más practicados del mundo no son el fútbol, el béisbol, el basquetbol o el atletismo: es el tenis sin red.

 

EDISON OTERO BELLO Licenciado en Filosofía y profesor titular por la Universidad de Chile. Se ha especializado en las áreas de la epistemología, el desarrollo del pensamiento crítico y la teoría de la comunicación.

Comentarios

  • “Si le hubiera preguntado a la gente qué quería, me habría dicho que un caballo más rápido”, Henry Ford (1863 - 1947).
  • "Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria", Alvaro Siza (1933), arquitecto portugués.