LA AMISTAD DE LOS DELFINES

02/06/18 — POR

La ciencia avanza. Nos define como hijos de esta tierra, que es única. Si hay seres en otros planetas, su forma responderá a otras claves físicas y químicas. Muy diferentes. Como advirtió el hombre antiguo, en Grecia o la Araucanía, son los mamíferos del mar los seres más cercanos a nuestra especie. Los únicos primos, por así decirlo.

Por Miguel Laborde

Ilustración: Alejandra Acosta

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¿Somos los únicos testigos del nacimiento del Universo de hace 13.700 millones de años? ¿O hay una especie no humana que también observa la Vía Láctea, el océano estrellado en lo alto, haciéndose preguntas? Duele saber que el ojo humano es único, resultado de su adaptación a este mundo, a esta presión atmosférica, a esta distancia del sol. Si hay en algún lugar otras especies, ellas tendrán otros órganos visuales, distintos. Ni ellos verán la tierra como nosotros la vemos, ni nosotros su mundo como ellos.

Igual estamos solos, en el inmenso cosmos.

Las demás especies de la fauna terrestre, las que no son humanas ni humanoides, siguen patrones de conducta más o menos previsibles; atados a la causalidad.

Aunque a veces sorprenden: ¿estamos más cerca de los delfines que de los extraterrestres? Sospecho que los mamíferos marinos gozan el agua de mar como nosotros, y también el brillo del sol en el azul. Ahora veo a los delfines con otros ojos…

Quienes consagran su vida a comunicarse con los delfines, están en la vanguardia; si podemos llegar a interactuar con estos seres brillantes, no seremos una especie condenada al aislamiento, no estaremos confinados para siempre en esta tierra única en su tipo. Sería un lujo encontrar vida inteligente en otro planeta, y que pudiéramos comunicarnos con “ellos”, iniciando otra etapa en la historia de la humanidad.

Por ahora, estamos junto a los delfines. ¿Qué le diría yo al primer delfín que me mirara directo a los ojos, preguntándome cuál es el rol de los humanos? ¿Al que me comentara que entiende el ser de los suyos, también el de las ballenas, pero no el nuestro?

Desde siempre, los mamíferos marinos fueron los que se comunicaban con lo invisible; los intermediarios con lo desconocido; su presencia fue amada, y agradecida, en todos los pueblos antiguos. Las ballenas iban a morir sobre las arenas que hoy son egipcias –donde se encontraron grandes cementerios–, y el Oráculo de Delfos griego, el que traía mensajes de los espíritus, tenía un delfín como símbolo.

Desde siempre, los mamíferos marinos fueron los que se comunicaban con lo invisible; los intermediarios con lo desconocido; su presencia fue amada, y agradecida, en todos los pueblos antiguos. Las ballenas iban a morir sobre las arenas que hoy son egipcias –donde se encontraron grandes cementerios–, y el Oráculo de Delfos griego, el que traía mensajes de los espíritus, tenía un delfín como símbolo.

Todo se vuelve más difícil sin los mamíferos marinos, seres que nadan entre tierra y mar, los que cabalgan en más de un mundo.

Hasta lo más sencillo se complica: ¿Cómo se enseña a ser un ser humano, si no estamos seguros ni de su ser ni de su destino? ¿Cuál es la condición humana, en este universo de vértigo? ¿A quién le preguntamos, si el mundo se desplaza veloz en sus giros en torno al Sol, sin darnos tiempo de consultar nada a nadie? Es la interrogante que se lee en los ojos de los moais, sobre todo cuando los tienen cerrados. Ahí descansan, de espaldas al mar para seguir con lo suyo, evitando el abismo violeta del que navega mar adentro. Es más difícil en el continente. Aquí la mirada se estrella con la cordillera y se devuelve, por el impacto, hasta el océano; desde aquí no se puede esquivar el frío y marino vértigo. Esto, también, se nota en nuestros ojos de abismo.

Píndaro: “Llega a ser el que eres”.

El mapuche esperaba la respuesta en la naturaleza; los modelos de conducta, los roles del humano.

No sólo ellos. Un alumno de este año, 2018, me responde que quiere llegar a ser el Norte, con toda su calma interior, tan sólida.

Le sorprende mi sorpresa, le parece obvio su destino. Nunca había pensado ser otra cosa…

¿Será por eso que intuimos la necesidad de proteger los bosques australes, la selva fría? ¿La pureza del agua de los ríos? ¿Será que algunos queremos ser bosque y otros río, y se nos había olvidado? ¿Y los protegemos porque necesitamos observar quiénes y cómo queremos ser?

Los nombres mapuche eran claves que señalan un destino; el definitivo se asignaba cuando el joven ya era de identidad visible, y entonces se borraba el de nacimiento. Ser Piedra rodante, Halcón veloz, Cascada de flores, Rayo de sol en el bosque, eran ruta y destino de cada uno…

¿Cuál es el animal que mira de noche la luna, y se queda vagamente absorto?

¿Cuál es el que se pregunta de dónde vino esa luz metálica y fría? Somos, tal vez, la especie encargada de ese casillero: el de hacer preguntas.

National Geographic con el apoyo tecnológico de IBM ha avanzado mucho en el registro del desplazamiento del ADN de los Neanderthal, los Cromagnon, ocupando nichos en el planeta.

Hay que especular a veces: ¿Fue una guerra fraticida lo que dividió a una tribu? ¿Fue un choque de líderes jóvenes, de machos alfa, que no soportaron compartir liderazgos y mujeres?

Tal vez, si acaso, fue la curiosidad: alguno preguntó, pensando en voz alta: ¿Qué habrá más allá de esas montañas? Y los que lo oyeron quedaron atrapados, ya no pudieron vivir en paz, hasta emigrar. Cuando una nave española recorrió el río Amazonas por primera vez, desde las montañas andinas hacia la desembocadura atlántica, fue advertida por numerosas tribus a su paso.

En alguna de ellas, alguien se hizo una pregunta. O la hizo en voz alta: ¿Qué es eso? ¿De dónde vino? Fueron largas noches incontables en torno al fuego, de miradas absortas y cautivas, que sólo diez años más tarde lograron liberarse: y partieron… Río arriba, para conocer el origen del misterio. Cara a cara.

¿Saben los elefantes que van a morir? ¿Y las ballenas? ¿O sólo siguen un programa de reciclaje que traen grabado en su ADN, que les ordena depositar sus enormes cuerpos en un lugar, trasladar sus enormes cuerpos a un lugar apropiado, para que su masa no contamine un ambiente? Qué notable enseñanza, pionera, de la ciencia del reciclaje…

El saber ser mortales es nuestra identidad más profunda. Es lo que nos caracteriza. Nada más central que el conocer que somos portadores de la muerte, a cada paso, y que aspiramos a la inmortalidad. Los humanos de todas las épocas, en todos los continentes, se han experimentado como seres que vienen de alguna parte y van a otra. Aunque algunos, indignados con la incertidumbre, han preferido tomar la cicuta que los deja entre la nada y la oscuridad, destinados al olvido, seres sin sentido, inútiles.

Reclamo: ¿De qué les sirve hacer preguntas, si nadie va a responderlas? ¿Para qué vivir así, sin la majestuosa paz de las ballenas? Felices ellas, entregadas al aquí y al ahora.

Un científico español –nación de los mejores indignados– estampó una frase inolvidable. Sentía tener que “irse de este mundo sin saber exactamente dónde había estado”.

Los místicos, en cambio, se hunden en la mirada abismal de los delfines, de los cetáceos, y en ella nadan sondeando el abismo. Observando el brillo de la luz atravesando las oscuras aguas.

MIGUEL LABORDE es Director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile, director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

Comentarios

  • "Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco". Mark Twain (1835 - 1910)
  • "Nunca he dejado que mis estudios interfieran con mi educación", Mark Twain (1835 - 1910).