LA ISLA DEL HOMBRE LIBRE

28/03/18 — POR

«Robinson Crusoe», de Daniel Defoe, es la primera gran novela inglesa. Y sigue siendo lectura iniciática para todo preadolescente inglés. En ella se inspiró Jean-Jacques Rousseau para crear un imaginario que tocó profundo en el alma francesa: el del buen salvaje, libre de la vieja y corrupta civilización. El sajón emprendedor y el savoir vivre galo, su saber vivir, tienen ahí sus figuras icónicas.

Por Miguel Laborde

 Ilustración: Alejandra Acosta

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A ROBINSON CRUSOE LO DOMINA EL IMPULSO de la acción. Es el hombre hacedor, el que analiza todo lo que ve –flora o fauna, ser humano– para ver en qué le puede servir. Para sus detractores, es el arquetipo encarnado de la economía neoliberal. Es el hacedor que, con su trabajo incesante, altera el medio ambiente para hacerlo más cómodo y seguro. Su actuar, eficiente, lo lleva hacia un supuesto progreso indefinido.

En él se hace visible el triunfo de la especie humana, tan débil en su origen y tan exitosa en su dominio del planeta.

Como se sabe, Defoe concibió su novela a partir del escocés Alejandro Selkirk, quien vivió solo más de cuatro largos años en el archipiélago de Juan Fernández, un hecho que impresionó al mundo.

Como se sabe, Defoe concibió su novela a partir del escocés Alejandro Selkirk, quien vivió solo más de cuatro largos años en el archipiélago de Juan Fernández, un hecho que impresionó al mundo.

Cual botánico aficionado, diletante y gozoso, pudo dedicarse a observar la forma de las semillas y el esplendor de las flores, y se sumergió en la naturaleza, sintiéndose más vivo que nunca, íntima y plenamente humano. Esa experiencia, una epifanía, pletórica, lo llevó a profundizar su crítica contra quienes perciben a la naturaleza como pura fuente de recursos rentables, perdiéndose la posibilidad de ser más y mejores seres humanos.

Como vemos, Robinson Crusoe es su mejor opuesto, y tal vez por eso le sedujo el libro. Porque el protagonista es siempre utilitario, todo cuanto lo ve lo lleva a calcular qué producir: cultivos agrícolas, cabras,

árboles de maderas útiles… Su sueño es tener toda la isla produciendo, dominada su barbarie, explotados cada uno de sus posibles recursos, hasta hacer de ella un territorio totalmente humanizado. Ya no natural. Es, como han escrito varios detractores, un símbolo del hombre blanco europeo en su arrollador avance por África y América, especialmente.

En «Emilio», el libro de Rousseau sobre educación y valores, su tutor le hace leer al protagonista la novela inglesa como primera lectura, a los 14 años. Para Rousseau, el joven tendría así el desafío, atractivo, de imaginarse solo en una isla. Entregado a vivir sin presiones sociales, siguiendo naturalmente sus impulsos, conocería su ser interior en un proceso conducente a ser un hombre puro, no contaminado. Para el filósofo ginebrino, la mayoría es víctima de la sociedad, esclava de las opiniones de los demás, sin posibilidad de experimentarse como ser absoluto.

Hasta el mejor ciudadano sería sólo una fracción del cuerpo social, y no una unidad libre y autónoma. No es raro que le atrajera la idea de un archipiélago, como el de Juan Fernández, donde hay una relación entre las partes pero cada isla está a-islada.

El joven Emilio, sin embargo, está destinado a buscar su futuro en las ciudades, en medio de sociedades corruptas. Tendrá que disciplinar su espíritu, mantener sus convicciones internas, sin caer en la esclavitud de la opinión ajena. Libre de prejuicios, deberá aislar su pensamiento, al menos.

Si Emilio se libera del amor propio, si no es vanidoso, es más probable que pueda ser independiente en su accionar. Y si atiende a la utilidad de las cosas, y no a su valor de cambio, podrá ser práctico y previsor sin vivir la obsesión de lo rentable. Ya que debe trabajar, conviene que sea ingenioso para no depender de los demás. Y nada mejor que el trabajo manual. Laborioso, paciente y firme, con manos eficaces, podrá avanzar en su camino a la libertad. Hay que controlar los deseos, aprende Emilio, lo que es bueno sicológica y económicamente, como ya sugería Platón.

Para Rousseau, “son nuestras pasiones las que nos hacen débiles, porque para satisfacerlas necesitamos más fuerzas que las que nos dio la naturaleza”. Disminuye tus deseos y aumentarán tus fuerzas… Leyendo a Defoe, el joven verá que con sus manos e inteligencia puede hacer su pan, sus velas, sus platos, sus quesos, y así escapar del destino aciago que atrapaba por entonces a miles de jóvenes europeos; parte de la división del trabajo, en un hacer monótono y reiterativo, año tras año, hasta caer muerto sin levantar nunca la vista al cielo.

Rousseau se deleita evocando un tiempo, utópico, cuando cada uno hacía lo suyo, saludable y feliz, atento a su propia naturaleza de “hombre natural”.

Con el despertar industrial, que Rousseau advirtió horrorizado, se ponía fin a la igualdad, a la libertad, a la fraternidad. La propiedad hacía a unos diferentes de otros, relegando a muchos a la miseria y a la esclavitud. El mismo mundo natural se empobrecía con el avance de las industrias.

Si el joven logra ser autosuficiente, sin necesidades imaginarias, moderado en el ser y hacer, podrá salvarse aunque esté en medio de la sociedad.

Aunque no viva en un eterno presente, como en la isla soñada, tampoco será víctima del pasado –lo que pudo ser y no fue–, ni vivirá ansioso ante la incertidumbre del futuro.

El arquetipo sajón ha dominado la productiva economía planetaria, global cada vez más; pero el de Rousseau ha ejercido una enorme influencia en el socialismo y la socialdemocracia, con su promesa de adecuar el uso de los recursos naturales (modernidad mediante) para las necesidades crecientes de las grandes mayorías.

El lector de hoy se sorprende: ¿Es preciso elegir? ¿No hemos aprendido nada para conciliar trabajo eficiente y justicia social? Los desafíos son nuevos, y nuevas tendrán que ser las respuestas; capaces de lograr un equilibrio apropiado a los tiempos. Las islas, como las de Juan Fernández, siguen estando ahí como escenarios fértiles para crear los imaginarios del siglo XXI.

LA ARISTA LATINOAMERICANA

Arturo Uslar Pietri, consciente del poder hipnótico del arquetipo –un hombre solo en una isla–, quiso pensarlo desde aquí. De 1981, su novela «La isla de Robinson» está ambientada en un río de Ecuador: en el medio de nuestra región.

El personaje yace sobre una balsa, agoniza y delira. Es Simón Rodríguez, el tutor venezolano de Simón Bolívar, quien creciera en el Callejón de la Merced de Caracas, vecino de Andrés Bello. Como Rousseau –en quien se inspira–, también pensó una educación para la libertad. A los 27 años debe partir al exilio y se instala en la isla de Jamaica bajo el nombre de Simón… Robinson. Allí lo encuentra Bolívar y parten a Italia. Fue su mentor.

Cuando vuelve, Rodríguez promueve el enseñar divirtiendo en escuelas-talleres; lo manual, los oficios nobles, y el cultivo de las virtudes sociales. En Bolivia, Ecuador, Colombia, Chile, llama a ser originales en esta América: “O inventamos, o erramos”.

En la novela de Uslar Pietri, mientras muere en la balsa a la deriva, Rodríguez recuerda la novela de Defoe y el «Emilio», de Rousseau.

Está decepcionado. La nueva humanidad no se vislumbra. El joven Bolívar, quien jurara frente a sus ojos en el monte Sacro de Roma, quien encarnara el más sublime de los imaginarios, es un ser humano. En él puso sus esperanzas, él sería el verdadero Emilio, pero… Seguidor de Rousseau, Uslar Pietri reinvindica la soledad isleña como elemento propicio; pero la hace extensiva a toda América Latina.

Nos conviene vivir como isleños, para alejarnos de las influencias y opiniones externas, y así adentrarnos en nuestros propios abismos interiores. Sólo así podremos romper nuestras cadenas, sólo así podrá emerger el hombre nuevo, aún un desconocido. Pero, y sobre la balsa, Simón Rodríguez pasa revista a su devenir, nada está claro. Estábamos solos, rodeados de la naturaleza en su máximo esplendor, y no logramos actuar según imaginarios propios.

O no supimos crearlos.

Rodríguez, el que enseñara divirtiendo, el que instó a Bolívar a importar artesanos, el que quiso hacer de Bolivia una gigantesca escuela-taller, el que creyó que aislados del mundo éramos y seríamos naturalmente buenos, como el buen salvaje de Rousseau, intuye que no es suficiente.

¿O es que no basta con la libertad y el juego, y la educación tiene un rol decisivo para poder aprender a ser libres?

¿Son indispensables las ideas para superar los prejuicios?… Tal vez tenía razón su vecino Andrés Bello, tan ordenado y normativo, casi exasperante en su realismo. A Uslar Pietri, por esta novela, se le dio el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, ese mismo año, 1981.

Frente al realismo mágico, que ensueña mundos paralelos, Pietri propone “lo real maravilloso”. La realidad por delante, la necesidad de entenderse con los problemas concretos, sin olvidar lo maravilloso. Si lo pensamos así, le debemos reconocer a este escritor venezolano el esfuerzo por unir el pragmatismo sajón de Robinson Crusoe –el hacedor–, con la sensibilidad plena del Rousseau –el soñador– de perfil latino.

En su novela, el personaje Rodríguez dice: “Tiene Usted razón, soy contradictorio. Yo he querido hacer de la tierra un paraíso para todos, la convierto en un infierno para mí. Pero ¿qué quiere Usted?, la libertad me es más querida que el bienestar”.

La educación, la educación, en el centro de todo, para la libertad y para el trabajo, como única salida: “Cambian las leyes pero no tocan la escuela. Tiempo perdido”…

CONO ECOLÓGICO MUNDIAL

Desde enero, el Parque Marino Juan Fernández es el más grande de América. Así, junto con su importancia literaria, será un referente mundial entre los ecosistemas oceánicos protegidos.

Con el término de la pesca industrial en la zona, se podrá conservar la riquísima vida marina que habita los fondos costeros de las islas, así como, en general, un ambiente que comparten aves y lobos marinos, langostas y peces característicos, valorado por un turismo creciente.

Tras los estudios científicos y la Expedición 2017 –a cargo de National Geographic Pristine Seas y la Waitt Foundation–, el archipiélago fue catalogado de lugar “extraordinario e irreemplazable”.

MIGUEL LABORDE es Director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile, director de la Revista Universitaria de la UC, profesor de Urbanismo (Ciudades y Territorios de Chile) en Arquitectura de la UDP, miembro del directorio de la Fundación Imagen de Chile, miembro honorario del Colegio de Arquitectos y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, y autor de varios libros.

Comentarios

  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).
  • "La idea no es vivir para siempre, la idea es crear algo que sí lo haga", Andy Warhol (1928 - 1987).