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La mirada sin límites de Enrique Zamudio

11/07/17 — POR

El fotógrafo y actual Decano de la Facultad de Artes de la Universidad Finis Terrae vuelve a la Galería Patricia Ready con un trabajo donde resucita las técnicas históricas de la fotografía, poniendo una vez más al paisaje como centro.

Por Kalu Downey

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Para el artista visual Enrique Zamudio (1955), el cruce de técnicas es un continuo que se construye sobre el suelo firme de la imagen gráfica. A veces se carga más  hacia el grabado, otras hacia la serigrafía o hacia la pintura. Esta vez decidió que el eje central e inconfundible sería la fotografía.

Su nueva exposición, que se puede apreciar en la Galería Patricia Ready, se resume como una exploración de la técnica fotográfica desde una perspectiva histórica. Para eso, en los últimos meses el artista ha hecho un repaso de los casi 180 años de existencia de este arte –contados desde el primer daguerrotipo–, una observación de las estrategias y operaciones productivas que permitieron a la imagen gráfica ser el medio de representación más genuino de la Modernidad. “Desde que apareció, se convirtió en la forma más fiel de plasmar al mundo, al ser humano”, comenta Zamudio.

En esta revisión, el artista destacó tres elementos clave, uno por cada siglo. El primero es la alta “artesanilidad” del siglo XIX, ese proceso preindustrial donde el fotógrafo preparaba sus placas, llevaba su tienda, su cuarto oscuro y exploraba los lugares que necesitaba para construir el almanaque del mundo. Era todo un procedimiento para mirar las cosas de manera directa, de una forma más inicial. No había búsquedas ni ideas previas más allá de capturar el objeto que se quería.

El segundo elemento, en el siglo XX, tiene que ver con la aparición del sistema industrial estandarizado, en serie y masivo, que entonces definía el eslogan de una incipiente empresa Kodak: “Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto”. Sólo había que hacer click y saber desde antes qué imagen se quería capturar o construir.

Finalmente, al llegar al siglo XXI, Zamudio se fijó en la brutal irrupción de lo digital: “Adiós, Kodak; adiós, Fuji, adiós a esos procesos anteriores, aunque lo más impresionante de todo es que aún la fotografía se siga llamando igual”.

–Porque se mantiene la intención, que es tomar un momento, representarlo y dejarlo grabado en el tiempo.

“Pero también podríamos pensar que la fotografía va un poco más allá y lo que se instala en el siglo XXI es una postfotografía, que nace después de haber tomado contacto con la realidad. Tú ahí manipulas, porque tiene una enorme capacidad de intervención, de alteración, de manipulación”.

Si bien ha mantenido su nombre, hoy ya no es como antes, cuando una nueva técnica superaba a la anterior y la hacía desaparecer. Están los tres sistemas vigentes y son sus compatibilidades técnicas las que Zamudio decidió tomar para ver cómo conversan en su fotografía.

Su idea fue conseguir materiales del siglo XIX y XX, construir emulsiones históricas y trabajar con lo digital, para luego, en base a eso, mostrar cómo funcionan esas técnicas en una condición contemporánea. Cómo hacer para que al usar una litografía, un aguafuerte sobre su trabajo, no se vea sacado de contexto.

Esa fusión de técnicas se transformó en su preocupación central: “Estoy trabajando papeles salados, cianotipos, procesos originales con cámaras del siglo XX, mecánicas, con rollo, películas, también con cámaras digitales. Creo que todos pueden sumarse y hasta un iPhone podría terminar con un resultado de papel salado. ¡Qué tiene que ver un iPhone con una imagen en papel salado!”, reflexiona Zamudio.

–¿Los temas que veremos son los de siempre?

“Sí, Santiago, lo local, los cerros de alrededor. Sigo con las obsesiones de siempre, porque creo que resisten nuevas miradas. El mismo sentido se puede reinventar. Pienso que sigue vigente, que hay una revalorización del paisaje, del territorio, de la pertenencia que fortalece mi postura de que no ando tan perdido”.

–Pero, siendo la misma clave, ¿con qué piensas  sorprender?

“Es lo de siempre, pero no es lo mismo de siempre. Son todos trabajos muy distintos y todos tienen su épica, esa cosa costosa de hacer. Algunos están realizados en grafito, otros con técnicas propias; hay algunos que son unas copias azules en cianotipo de gran formato. Pero al final uno reconoce la mano, la mirada, eso se mantiene. La sorpresa está en cómo cada capa va otorgando una especie de carga y complejidad a la fotografía”.

–¿Este trabajo se entrecruza con otro que estés haciendo?

“En este momento estoy trabajando en un proyecto colectivo para el Metro de Santiago. Es todo lo que puedo contar”.

–¿La ciudad y el paisaje están presentes en ese proyecto?

“Siempre”.

Una de las principales motivaciones del fotógrafo para llevar a cabo esta revisión histórica es su profundo interés por “el uso de las posibilidades tecno gráficas del medio”. Esa inclinación lo ha llevado a estar constantemente incorporando nuevas tecnologías a la impresión de su trabajo.

–La evolución de la fotografía se debe en gran parte a la incorporación de nuevas tecnologías. ¿Hay alguna que hayas probado y no puedas volver atrás?

“He redescubierto la realidad virtual. Era algo que me motivó muchísimo a principios de los 2000, incluso me fui a Barcelona a trabajar este tema”.

–Era una promesa del nuevo milenio.

“¡Claro! Prometía mucho, pero la realidad virtual se encontró con una serie de dificultades, ya que el proceso era engorroso y no era masificable. Pero de repente apareció el casco –que hoy es bien autónomo y al alcance de todos– y sólo teniendo un teléfono puedes armar una realidad virtual. Esa cuestión me tiene fascinado y ya estoy explorando en esa línea, pero aún no logro definir cómo usarlo”.

Para él, esto último es esencial. En sus palabras, no saca nada con tener una técnica en la mano sin saber qué hacer con ella, sin poder evacuar lo que quiere expresar. Como le pasó con la Polaroid, por ejemplo: “Al final, la técnica es el canal, pero sola no vale nada, porque el arte es una relación entre cabeza y mano, entre esa idea y el cómo ejecutarla”.

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EL ARTISTA DETRÁS DEL DECANO

Enrique Zamudio entró a la Universidad de Chile a los 18 años y después de estar años haciendo clases, salió de ahí a los cincuenta y tantos. Según dice, nadie se dio cuenta, pero no le importó porque se iba a un proyecto que le era más seductor: ser Decano de Artes en la Universidad Finis Terrae.

–¿Te mueves con la misma soltura en lo artístico y en lo académico?

“Absolutamente. Desde siempre he combinado los dos mundos, no entiendo lo artístico fuera de lo académico y viceversa. Si uno matara al otro, el que queda pierde sentido, porque un profesor de una escuela de Arte tiene que ser un artista. El artista debe conectarse con el medio, con el mundo; palpar lo que ocurre, pero también tiene que generar conocimiento”.

Enrique Zamudio es un convencido de que al arte no hay que ponerle límites: “Lo que ha demostrado el arte como elemento positivo para la sociedad, es que puede estar presente en cualquier parte y en cualquier momento, en todos los espacios. Es fundamental”. Y eso es lo que lo inspira para seguir en la academia y continuar trabajando como artista.

Comentarios

  • "La música se desarrolla en el tiempo, la arquitectura también", Le Corbusier (1887- 1965).
  • "En las tiendas no tenemos espejos. Uno debería comprar ropa por cómo te hace sentir, no ver" (Rei Kawakubo).