LA NO MUERTE DE NICANOR PARRA

14/03/18 — POR

Su ironía era como su cueca larga, bien bailada, como yendo y viniendo, de un lado a otro, como haciendo creer que se llega a alguna parte cuendo no se llega a ninguna, pero él sí recorría, todos esos lugares imposibles e impensados.

Por Jessica Atal K.

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El mundo entero pensaba que Nicanor Parra (1914-2018) no iba a morir nunca. Él, quien, además, se reía a destajo de todos los mortales que se creían inmortales. Esos mismos mortales pensaban que Parra iba a ser algo así como un inmortal con cuerpo físico y presente, esperando visitas (deseadas y no deseadas) en su casa de Las Cruces eternamente. Es uno de los poetas inmortales, de eso no hay duda, desde hace mucho tiempo; desde que creó y empezó a jugar con la antipoesía y a escribir sujetándose “del ala de una mosca”. Lo que Parra hizo –sacar la poesía del “paraíso del tonto solemne” e instalar, en cambio, su “montaña rusa”, rompiendo horizontes y fronteras– era inconcebible en el medio de tontos graves, voces graves, que conforman casi la totalidad del universo poético chileno, antes y ahora. Y, de verdad, no estoy exagerando. Nicanor tenía humor y una ironía como nadie. Eso es lo más importante. Me atrevo a decir que fue lo que le dio libertad para escribir como lo hacía. Para llegar a escribir como nadie lo había hecho nunca antes. Este fue un poeta que nunca se creyó dueño de la verdad, a pesar que dijo más verdades que ninguno. Dejó el ego de lado, se vanaglorió de sus limitaciones y abrió las puertas de par en par al contrasentido, influenciado por las corrientes de la época, como el Surrealismo y el Dadaísmo. Se tomó el derecho de decir “qué inmundo es escribir versos”; o “una cosa por otra”, o de no saber “bien qué digo”, pues la “emoción se me sube a la cabeza”. Su ironía era algo así como su cueca larga, bien bailada, como yendo y viniendo, de un lado a otro, como haciendo creer que se llega a alguna parte cuando no se llega a ninguna, pero él sí recorría, dando por “descontada la existencia”, todos esos lugares imposibles e impensados. Lanzando iracundas miradas a la luna, entendiendo que la vida no tiene sentido tantas veces y retándonos a todos, instándonos a convencernos de una vez por todas “¡que no hay dios!”.

EL SUEÑO DE MUCHOS

Facebook, Twitter, todas las redes sociales hablan sin parar de la muerte de Nicanor Parra. ¿Uno de los más insólitos posteos que leí?: “Nunca pensé que Nicanor Parra iba a morir, pero pasó”. ¿De verdad? ¿De verdad pensaban que este hombre iba a vivir doscientos, trescientos, mil años? Hace poco escribí sobre esto al pasar. Sobre una escritora estoniana que estuvo a fines de 2017 en Chile y una de las últimas cosas que me comentó fue que había quedado pendiente su visita a Nicanor Parra en Las Cruces. ¿En serio?, pensé. ¿Creerá ella que él la va a esperar hasta su próxima visita a este país que no es más que “paisaje” para después morir tranquilo? Claro, por supuesto no lo hizo. La muerte no espera a nadie. Y menos cuando se trata de un hombre de más de cien años.

En realidad, el sueño de esta escritora era el sueño de muchos… y la realidad de casi todo Chile: visitar a Nicanor Parra en Las Cruces. A estas alturas, habría que preguntarse quién no fue a tocarle la puerta. Bueno, yo no fui. Y no me arrepiento. El día que murió, de hecho, me encontraba leyendo un libro sobre las no-entrevistas que dio J.D. Salinger en su vida.

Muy al contrario de Parra, el escritor estadounidense casi no se dejaba ver y menos, claro está, entrevistar. Odiaba ser una figura pública y vivió en una casa de un pueblo chico en Estados Unidos a la que muy pocos se atrevieron a acercarse. En el prólogo a «The Last Interview and Other Conversations», David Streitfeld habla de un viejo chiste que dice que las entrevistas a Salinger bien podrían recopilarse bajo el título «Get Off My Lawn». Hermann Hesse era parecido. Luchando por permanecer distanciado del mundo, odiaba que le fueran a tocar la puerta de su casa. Todo lo contrario de lo que fue Parra. Con el correr de los años, eran verdaderas procesiones que llegaban con o sin previo aviso a su casa de la playa a dejarle regalos, a compartir un vinito, a conversar, a retratarse junto a él, a regalarle sus propios libros de poesía (esperanzados de que Nicanor descubriera otro gran poeta como él) o a que les dedicara por favor un libro suyo, “mire, sabe, lo compré especialmente antes de venir, y usted me haría tan feliz, porque no hay nadie, ningún poeta vivo como usted, y se debiera ganar el Premio Nobel, estoy seguro que se lo va a ganar, ya va a ver usted, el próximo es suyo…”. Me imagino a Nicanor con paciencia de santo escuchando a sus amigos y a tantos miles de desconocidos hasta el cansancio, hasta aburrirse y levantarse del living sin decir palabra para ir a dormir su siesta o qué sé yo, pero lejos de toda esa gente que lo idolatraba como a un dios, que él, también supongo, nunca tuvo la intención de ser.

No logro concebir el número de periodistas que llegó hasta Las Cruces con la firme convicción de conseguir la mejor entrevista. La que los lanzaría a la fama después de revelar lo que nadie sabía de su vida privada, de sus costumbres, de su modo y rutina de escribir, de su día a día. No sé, pero visualizo su vida muy sencilla, como era su poesía, clara, abierta, sin malicia, llena de humor y espontaneidad. Una vida única, sin miedos tontos, una vida vivida hasta las últimas consecuencias. ¿Habrá vivido tantos años para compensar, de alguna manera, la vida truncada de Violeta? Pero la poesía de Nicanor Parra, y sólo su poesía, es lo que creo me debe preocupar –o más bien ocupar– en estas páginas. Él era, por decirlo de algún modo, Su poesía. “Creo que moriré de poesía”, escribió en «Poemas y antipoemas». Claro. Él era –y siempre será- el antipoeta que denunció aquella lengua roída por el cáncer a la que los intocables vates de su generación se aferraban, y reconoció cómo el cielo de la poesía tradicional se caía a pedazos. Ya no se podía –ni él quería– permanecer en ese Olimpo inalcanzable para todos los mortales. Ya no quiso seguir escribiendo palabras graves o bonitas como “arcoíris” y “dolor”, sino que hizo poesía con mesas y sillas y útiles escolares, como un artesano. Nicanor Parra invitó a los poetas a quemar naves y a formar, “como los fenicios”, su propio alfabeto.

Nicanor, te debemos tanto. Te debemos el élan vital de la poesía chilena de hoy. Tú lo sabías. Pero eso no te hacía más grande ni más feliz. O quizás sí. Ya dije que nunca te conocí. Nunca quise ser una de esas personas que iban a Las Cruces. Aunque las que conozco, sé que regresaban felices, con el corazón hinchado, y ahora por todas partes andan publicando las “invaluables” fotos donde aparecen contigo, como huesos santos, como artefactos, como trofeos.

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HASTA DÓNDE EL AMOR

Por dónde empezar a hacer el duelo, Nicanor. Leyendo qué. ¿«El hombre imaginario» por enésima vez? Claro que sí. Poema sublime. Sé que con el tiempo aparecerán muchos libros inéditos, póstumos. Muchos poemas. Y cuántos cuadernos tuyos que te habrán robado. ¿Alcanzaste a dejar todo en orden en “esta ciudad condenada a desaparecer”?¿Cómo imaginarte, hombre imaginario? ¿Desde dónde? Claro, puedo mirar tus fotografías y admirarte como hombre, porque por Dios que eras buenmozo a pesar de las mil veces que escribes que tenías una nariz podrida o te habías arruinado los ojos haciendo clases. Pero tu mirada, los ángulos de tu rostro, tu pelo desordenado, tus manos. Seguro que sabías hacer y deshacer con las mujeres. Sé que se enamoraron de ti hasta el infinito. No sé si te importaba, en realidad. Hasta dónde el amor. O desde qué lugar. ¿Encontraste tu “mujer precisa”? ¿Esa “mujer que sea lo que es”? ¿Cuántas fueron, al final, tus “Mó- nicas Silvas”? ¿Cuántas veces te enamoraste? ¿Cuántas te volviste loco? ¿Cuántas fuiste el más sabio de todos? Fuiste un caballero de la palabra. Fuiste hermano, padre, abuelo. El mejor, dice tu familia. Se han escrito mil artículos sobre ti. No sé si se puede escribir algo más, algo original. Lo único original, lo único que vale la pena, después de todo, es tu poesía. Leer tu poesía. Pero es poco o nada lo que a estas alturas o descensos se puede agregar. De todos los cristos del valle del Elqui, de todos los antipoemas y artefactos, de las hojas de parra que como desde que nací. Qué puedo decirte, poeta, además de hasta siempre, amigo, hermano, ciudadano de infinitos universos.

A pesar que pediste perdón a tus fieles lectores y te quisiste retractar de todo lo dicho; a pesar que pediste perdón por haberte “expresado en lengua vulgar”, pero en qué otra lo harías, si “esa es la lengua de la gente”; a pesar que dijiste que “la poesía pasa –y la antipoesía también”, creo que tu obra es por lejos una de las más inmensas, aguda, inteligente, divertida y humilde, valiente y contestataria. Tu poesía es como esa mujer (esa que buscabas) que es lo que es. Sin pretensiones ni caretas. Verdadera hasta doler, hasta hacer llorar y reír a mares. Nicanor Parra, no te mereces el Nobel. Te mereces un premio mucho mayor, físico y matemático como lo que enseñaste, pero, a la vez, indeterminado y relativamente antipoético.

Comentarios

  • “No veo a ningún Dios aquí arriba”, Yuri Gagarin (1934-1968), hablando desde la órbita terrestre.
  • “En mis cuadros hay cosas improbables, no imposibles”, Fernando Botero (1932).