LA PANERA, TAN HUMANA COMO DIVINA

29/01/18 — POR

En su condición de viajero, Ulises es siempre agasajado con pan, vino y otros manjares por sus húespedes, como en el canto XVI, cuando vuelve a su casa como mendigo y su fiel sirviente amontona pan en una variedad de canastas.

Por Loreto Casanueva.

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Albert Samuel Anker, «Stilleben: Kaffee, Milch und Kartoffeln», 1896, Kunstmuseum, Bern

 

ENTRE LO HUMANO Y LO DIVINO

Cuando el ser humano se volvió sedentario y comenzó a practicar la agricultura, 10.000 años antes de Cristo, el pan se convirtió en uno de sus principales alimentos. Es, entonces, una de las fuentes nutritivas más antiguas de la humanidad. En el poema épico «La Odisea» (que Homero compuso hacia el siglo VIII a.C.), Ulises conoce a diversas sociedades supra e infrahumanas, a las que caracteriza a partir de la ausencia de pan en su dieta: los dioses se nutren de ambrosía y néctar, y los cíclopes no han desarrollado la técnica que les permita elaborar su propia comida, por eso se alimentan de hombres. Además de mortales, los personajes humanos de la epopeya reciben el epíteto de “comedores de pan”. En su condición de viajero, Ulises es siempre agasajado con pan, vino y otros manjares por sus huéspedes, como en el canto XVI, cuando vuelve a su casa como mendigo y su fiel sirviente amontona pan en una variedad de canastas.

También en la Biblia abundan estas cestas, sobre todo en los Evangelios, donde se relata la multiplicación de los panes, cuyas sobras llenaron doce de ellas. Aun cuando el pan es confeccionado por mano humana, la oración cristiana del “Padre nuestro” ruega por su provisión cotidiana, de primera necesidad: “Danos hoy nuestro pan de cada día…”. De este modo, el pan es tan humano como divino, simbolizando bienestar, abundancia y prosperidad, y su contenedor no deja de enaltecerlo como se merece.

BUENAS MIGAS

La confección de los primeros ejemplares de paneras era manual y requería de gran destreza en el arte de la cestería. Hoy, como en los banquetes de las antiguas civilizaciones, es una caja o canasta mediana y portátil, generalmente fabricada con mimbre, en la que se almacena y presenta el pan con el fin de compartirlo entre varios comensales. La etimología señala que panera y compañero son palabras emparentadas: ser compañero (cumpanis) es comer del mismo pan –o de la misma panera. Es, entonces, “hacer buenas migas”. Así, la panera, desde tiempos remotos, ha sido un artefacto histórica y socialmente transversal, y de gran carga afectiva, porque promueve los valores de la generosidad y de la fraternidad. La multiplicidad de materias primas con que se han elaborado a lo largo de la historia también revela esa transversalidad.

NO HAY PAN DURO

La panera, sin embargo, no siempre ha sido una canasta portable que se lleva a la mesa o se pone sobre la manta de picnic: en Provenza y Bretaña, entre el siglo XVIII y la Primera Guerra Mundial, se confeccionaba un tipo de armario de madera de grandes dimensiones, que podía colgar del techo o del muro, y que recibía el nombre de panetière. Este mueble servía para conservar el pan lo más fresco posible, durante la mayor cantidad de tiempo, considerando que por ese entonces muchas familias elaboraban semanalmente el propio. Gracias a sus largas patas, bellamente talladas, y a su sistema de colgado, el pan quedaba fuera del alcance de los ratones, de los niños traviesos y de las mascotas juguetonas. A veces, las panetières tenían cerrojo: por esos años, se había documentado el robo de pan, manjar preciado para los franceses, por lo que era necesario tomar precauciones. Su compleja manufactura, a manos de talentosos ebanistas, y su profusión ornamental, donde destacaban motivos como gavillas, frutas, flores y pájaros, propios del imaginario campestre del sur de Francia, hacen de este tipo de muebles verdaderas obras de arte que valorizan la sencillez y el sabor del pan amasado.

Entre los siglos XVI y XIX, se desarrolló todo un arte decorativo en torno a las paneras de mesa, para modelarlas ya no sólo en mimbre o madera, sino también en plata y porcelana, refinados materiales que coincidían con el auge de elegantes protocolos de comida que, tanto en Europa como en América, regulaban incluso la dirección en que un comensal debía entregar la panera a otro. Inglaterra destacó en la confección de paneras de plata, mientras que Austria en las de porcelana. Pese a la sofisticación de estas materias primas, las de la modernidad imitaban el estilo canasta de sus predecesoras más humildes, integrando las tradicionales asas o dándole el efecto de tejido o retícula característico del trabajo con el mimbre. Pan y paneras se vuelven así objetos de lujo.

En su rol de centro de mesa, durante esta misma época la panera protagonizó muchas pinturas de bodegón o naturalezas muertas, haciéndose acompañar de teteras, frutas y otras delicias. En ellas, el pincel encumbraba el acto cotidiano de presentar la panera (como lo había hecho Johannes Vermeer en «La lechera», una obra de otro género pictórico) e inmortalizaba la frescura siempre efímera del pan.

La pintura «Stilleben: Kaffee, Milch und Kartoffeln», de Albert Samuel Anker (1831-1910), nos presenta el preámbulo del que, seguramente, fuera un exquisito desayuno.

Haciendo eco del realismo de los still lifes y de su particular obsesión por el pan (tanto así que los muros externos de su museo en Figueras están tapizados con pans de crostons catalanes), en 1926 Salvador Dalí (1904-1989) crea «La cesta de pan», una obra con reminiscencias lumínicas de su coterráneo Francisco de Zurbarán (1598-1664). En ella, una panera de mimbre luce algunas rebanadas de pan, dramáticamente dispuesta en las inmediaciones de un fondo negro y un mantel blanco. Para nuestros ojos acostumbrados al Dalí surrealista, esta pintura es inquietante y el pan cotidiano se rodea de un aura mística.

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Panera de plata, c. 1744- 1745, Inglaterra. The Metropolitan Museum of Art (MET).

El siglo XX produjo un material con el que cualquier objeto podía confeccionarse: el plástico. Tal como antes lo hicieron la plata y la porcelana, este nuevo elemento imitó la forma tradicional, aunque, por cierto, los más nostálgicos siguen prefiriendo el mimbre. De este modo, no hay hogar que no tenga panera, ni panera que no tenga paño. Lisos, con estampado vichy o bordados, el paño es su fiel amigo, pues no sólo la decora, sino también busca conservar la crocancia y el calor del pan y, quizás incluso, su carácter sagrado.

La panera ha sufrido pocas transformaciones, porque los diversos elementos con que se ha elaborado a lo largo de los siglos insisten en el recuerdo de su fisonomía más genuina. Puede cambiar la materia prima con la que se confecciona, pero no esa forma de canasta que la vincula con un pasado tan remoto, con aquel que nos hacía, en tanto seres humanos, comedores de pan. Por su parte, el pan no pierde ni sus ingredientes ni sus efectos: en el centro de la mesa es como una hoguera que reúne y reconforta. Es un símbolo del hogar, dulce hogar. No es casual que los españoles llamen hogaza al pan grande que se cocina bajo las cenizas del fuego. Ni que nosotros tomemos once sobre mesas con paneras coronadas por las marraquetas más crujientes.

LORETO CASANUEVA es profesora adjunta de literatura universal en las universidades Finis Terrae y Andrés Bello, y doctorada en Estética y Teoría del Arte de la Universidad de Chile. Es fundadora y editora del Centro de Estudios de Cosas Lindas e Inútiles (CECLI), plataforma dedicada a la investigación y difusión de la cultura material.

 

Comentarios

  • “El grado de certeza con que nuestros mapas mentales describen el territorio no altera su existencia”, S. Covey (1932 - 2012), profesor estadounidense.
  • "Si se ignora al hombre, la arquitectura es innecesaria", Alvaro Siza (1933), arquitecto portugués.