LA TRILOGÍA DE APU

11/09/17 — POR

Uno de los mayores monumentos del humanismo en cine sigue emocionando desde el lejano y gran país que le dio origen: la India.

Por Vera – Meiggs.

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El 15 de agosto se cumplieron 70 años del nacimiento de la democracia más grande del mundo, la que logra sobrevivir a pesar de tener más de 1.300 millones de habitantes. Sólo en un año la población de India aumenta en una cantidad similar a la de todo Chile. Es el quinto país más extenso y está constituido por 25 estados, 6 territorios, 200 lenguas y una cantidad indeterminada de religiones, cada una con decenas de millones de fieles, lo que lo hace el país más religioso del planeta. Sólo bajo el dominio británico estuvo unificado. En agosto de 1947, el rey Jorge VI de Gran Bretaña, el último emperador de la India, le otorgó la independencia, pero eso implicó una división sensible con Pakistán, cuya religión musulmana era incompatible con la mantención de la unidad política. A pesar de las comprensibles tensiones, la pobreza endémica, las hambrunas y las radicales diferencias culturales y étnicas, la India tiene educación gratuita básica, media y superior. Su desarrollo tecnológico es enorme y sus inversiones en investigación médica y científica la sitúan en lugar destacado a nivel mundial.

Su historia es tan larga que no admite resúmenes, como largo es el «Mahabhárata», poema épico de 200.000 versos, es decir, cuatro veces «La Biblia», y que es uno de los monumentos de la narrativa de un país que se ha narrado a sí mismo continuamente desde hace unos cinco mil años.

Es sabido que su producción cinematográfica es la mayor del mundo y que en las últimas dos décadas ha logrado internacionalizarse con mucho éxito. En un territorio donde el analfabetismo ha sido mayoritario hasta hace unos años, el cine es una apreciable estrategia para seguir relatándose y conociéndose. El nombre mayor de su cine es Satyajit Ray (1921-1992), autor de la llamada «Trilogía de Apu», extraída de las novelas de Bibhutibhushan Bandyopadhyay (1894-1950). Ambos son de Bengala, uno de los estados con mayor peso cultural del sub continente indio. Su máximo faro fue el gran poeta Rabindranath Tagore (1861- 1941), Premio Nobel de Literatura 1913, en cuya prestigiosa universidad, Santiniketan, el propio Ray estudiaría.

Ray provenía de una antigua y acomodada familia, lo que le permitió una educación esmerada y cosmopolita, que incluyó literatura, pintura y música, todo lo cual ejercitó con verdadera vocación y no pocos logros. De hecho, sus libros de cuentos han sido traducidos incluso al castellano y su música ha conocido de grabaciones autó- nomas a las de las películas para las que fueron compuestas. Sin embargo, no se podría decir que Ray fuera un representante muy típico de su cinematografía. Su cine poseyó una gran inclinación por el Realismo Lírico, corriente rara en la enorme producción de la nación, además que su natal Bengala y su idioma (variante del sánscrito, la lengua viva más antigua existente), sólo es hablado por una parte minoritaria del país. Eso explica que nunca conociera grandes éxitos de taquilla y que estuviera en vida lejos de ser considerado como el gran cineasta nacional. Pero su Trilogía puede que sea el mejor retrato que se haya hecho del proceso de independencia de la India.

El Ganges

Todo comienza y termina aquí para un hinduista. El Ganges, de 2.500 kilómetros de largo, serviría de pretexto en los años 50 para que el gran Jean Renoir («La gran ilusión», «Las reglas del juego») fuera a filmar con producción británica «El río», joya de su producción tardía. Hasta él llegó el publicista y diseñador gráfico Satyajit Ray para ofrecerse en la búsqueda de locaciones para la película, pero su verdadera intención era la de hacer ver al maestro francés su guión en dibujos de «Pather Panchali» («El lamento del sendero»), un proyecto que lo tenía obsesionado desde hacía tiempo. Ray nunca había hecho cine, pero la obra de Renoir y la de De Sica, especialmente «Ladrón de bicicletas», le habían removido las certezas de su cómoda vida de profesional burgués. Renoir apreció mucho el proyecto y Ray terminó trabajando y aprendiendo todo lo que pudo en aquella película para aplicarlo después en la suya propia.

Sólo cinco años después pudo terminarla. Para lograrlo tuvo que empeñar hasta las joyas de su esposa. Sin embargo, tal pobreza de medios ayudó a engrandecer la obra. El director de fotografía Subrata Mitra (1931-2001), también autodidacta, aprovechó lo que más pudo la luz natural para hacer un gran trabajo en fotografía. Ravi Shankar, por su parte, alcanzaría una de las cimas de la música cinematográfica y el reparto sigue apabullando por su total e inolvidable sinceridad. Nada de esto sería reconocido inmediatamente. De hecho, el estado de Bengala prohibió la exhibición de la película por mostrar demasiada pobreza. Ni siquiera en el Festival de Cannes tuvo gran acogida: al ser presentada provocó la estampida del público y de buena parte de la prensa. Pero estaba ahí el célebre crítico francés André Bazin, gran difusor del Neorrealismo en sus comienzos, quien, seducido por la película, logró cambiar su destino y pudo obtener para «Pather Panchali» un premio de “valores humanitarios” que mucho serviría para dar a conocer este sensacional debut. Los estrenos en capitales europeas y en Nueva York significaron un respiro para Ray, que había apostado todo a una obra que carecía de cualquier incentivo al espectáculo, excepto la verdad que encerraba. La historia lineal y sencilla está cuidadosamente trenzada con lo social y emotivo y posee mucho de autobiografía del novelista, testigo de los grandes cambios que debió sufrir la India para poder conquistar su independencia. En una zona rural de Bengala, la familia de Hari, sacerdote empobrecido, su paciente mujer Sarbojaya, su hija Durga y el pequeño Apu, enfrentan con dignidad las dificultades económicas de su condición. En el escalafón siempre puede haber alguien más pobre y ese rol lo cumple la anciana tía, plegada físicamente por la mala alimentación, pero siempre con un ojo pícaro para entretener a los niños y con otro para conseguir una prórroga de vida. Hari irá a buscar mejores oportunidades en la ciudad, pero a su vuelta enfrentará la tragedia y la necesidad de emigrar desde un territorio ancestral ya caduco. La belleza de todo esto está contenida en la rica trama de circunstancias y contexto en que el relato se desarrolla. En todo momento los personajes pertenecen a su entorno y se deben a lo que los rodea. Cinematográficamente, existen momentos descollantes, como las travesuras de los niños cerca del tren, el monzón en que Durga se lava los cabellos y el regreso del padre, conmovedor y refinado ensamblaje de silencios, movimientos y la estridente música del sitar de Shankar, que evita escuchar lo que Sarbojaya dice a su marido y que los espectadores ya sabemos. Treinta años después, Francis Ford Coppola citaría esta escena en el final de «El Padrino III».

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Benarés

Dos años después, y con la seguridad que le dio el reconocimiento internacional, Ray continuó con la historia de Apu en «Aparajito», esta vez con la familia instalada en Benarés, la ciudad sagrada del hinduismo, a la que Hari ha emigrado en busca de mejores oportunidades. No serán mucho mejores en verdad, pero permitirá a Apu conocer otro mundo distinto al de su aldea natal. La muerte del padre lo impulsará a estudiar y a desarrollar una incipiente vocación literaria. Sin entender muy bien lo que la rodea, Sarbojaya,expresión de toda la sumisión femenina india posible, ayudará al hijo con generosidad materna, aceptando incluso la separación física de él, que a la postre será definitiva. Muchas de las virtudes de «Pather Panchali» pasan a su continuación, pero algunas diferencias apreciables la han hecho ser considerada más críticamente. De partida, el inolvidable niño que encarnaba a Apu ha sido reemplazado por otro a causa de la edad del primero y el cambio no se muestra como una ganancia inobjetable. Luego, la estructura del relato es más simple y deja ver voluntariamente su origen literario: “Comprendí que sería un error colocar la historia en un molde rígido. Debí preocuparme en el guión de conservar el aspecto un poco desordenado de la novela, porque ese mismo desorden aportaba autenticidad”, dijo Ray para justificarse. La verdad es que, efectivamente, la construcción en episodios casi independientes otorga a la película una suerte de aproximación documental al relato. En ellos, Apu va creciendo no sólo físicamente, sino también en complejidad y sus cambios tienen eco en su entorno, como siempre filmado con riqueza de pequeños detalles, de personajes secundarios fugaces, bien delineados y una gran belleza plástica que nunca es preciosismo vacuo. Un ejemplo de ello es la escena en que Sarbojaya ve a lo lejos la llegada del tren y se levanta a preparar todo para su hijo, como antes lo hiciera con el marido. La limpidez de la escena le otorga una monumentalidad que nos recuerda que estos personajes son también encarnaciones de una entera sociedad en proceso de cambio. La película fue bien recibida, especialmente en Estados Unidos, lo que confirmó las esperanzas que se habían puesto sobre Ray. Un periodista le preguntó sobre si habría una tercera parte y en ese momento él comenzó a planificarla, casi como un movimiento inconciente. «Aparajito» («El invencible») ganó el León de Oro del Festival de Venecia 1957.

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El sendero

Nunca lo confesó muy abiertamente, pero Ray agregó de propia cosecha una serie de episodios no existentes en la novela de Bandyopadhyay para esta tercera parte y viendo hoy «Apur sansar» («El mundo de Apu», 1959) se nota un cambio sensible de tono y de enfoque con respecto a la historia y a su relación con la Historia. Todo tiene la apariencia muy lírica de un cuento de amor, cercano a los que el gran Tagore dejara plasmados en su lírica y en sus textos teatrales. Apu, lacerado por las pérdidas prematuras familiares, ha logrado completar sus estudios, pero no alcanza el grado superior en ellos debido a la necesidad de trabajar y a una vocación literaria que lo traspasa y a la cual desea entregar todos sus esfuerzos. Ha escrito una novela cuyo manuscrito es alabado por Pulu, su mejor amigo, que será causa involuntaria del precipitado matrimonio de Apu con Aparna (Sharmila Tagore, una de las máximas estrellas del cine indio y hoy todavía célebre figura), una prima de su amigo a la que nunca había visto. Las escenas del amor doméstico cuentan entre las más logradas de la película, donde el casto erotismo, impuesto por la censura, resulta particularmente acertado en sus acciones cotidianas: el sari enredado a la cama de Aparna, la horquilla que él encuentra en la almohada, la sonrisa de sensual abandono de Apu, la preparación del desayuno, el aprendizaje del inglés que él le enseña, las palabras que no entiende. Pero la desgracia está siempre al acecho, al menos para los humildes, y Aparna morirá al dar a luz a Kajal, un niño que deberá cargar con la culpa de su nacimiento ante los ojos de su destruido padre, al que las muertes sucesivas han desgarrado el alma hasta el punto de entregar su novela al viento. Pero el encuentro final entre ambos hace retomar la línea de relato social que Apu parece haber perdido en medio de un sendero retorcido de dolores que finalmente parecen fructificar hacia un posible futuro compartido, ya suficientemente maduro como para participar de un proyecto mayor, que el abuelo del niño contemplará con secreta satisfacción. Así la India camina hacia un futuro posible, donde el complejo paso desde el mundo ancestral hacia la modernidad (simbolizado sin estridencias en la lejana y reiterada presencia de los trenes), se cumple gracias a la resilencia porfiada de la vida. Sin un diseño preconcebido, Ray retrató el más importante episodio de la India moderna a través de tres filmes nada de monumentales, ni declamatorios, pero cuya belleza irradia aún con la misma frescura de hace sesenta años, sólo diez menos que la inmensa República de India.

 

Comentarios

  • "El mejor regalo que Dios ha dado en su abundancia fue la autonomía de la voluntad", Dante Alighieri (1265- 1321).
  • “La arquitectura es la ordenación de la luz; la escultura es el juego de la luz”, Antoni Gaudí (1852 - 1926)