LAS TIJERAS DE CIGÜEÑA

17/05/18 — POR

Por Loreto Casanueva

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Las tiendas de costuras, multiplicadas en los últimos años gracias a la tendencia del “hazlo tú mismo”, exhiben con orgullo unas pequeñas tijeras con forma de pájaro, que a veces parecen garzas y otras cigüeñas, y cuyo pico es el instrumento para cortar hilos e hilachas. Su tamaño de bolsillo y su fino filo son perfectos para las labores de bordado, pero no para las de corte y confección de vestuario. Para esa tarea se requieren otras. La división del trabajo de las tijeras es tan antigua como interesante, y así como las hay para el punto cruz, existen ejemplares para la jardinería y la peluquería. Pero la hoy famosa tijera zoomórfica tiene una historia poco vinculada con las telas, las flores y las cabelleras y, a lo largo de décadas, fue el primer objeto con el que interactuaba el ser humano.

Tijera-amuleto

A lo largo de siglos, la cigüeña no sólo ha servido para explicar temas tabúes asociados a la concepción, el embarazo y el matrimonio: en algunas culturas, es símbolo de buena suerte. Quizás por eso, aunque inconscientemente, y sin dejar de lado su belleza y elegancia, la adquisición de estas tijeras aladas se ha vuelto imprescindible para los y las entusiastas de las costuras. Es una tijera-amuleto.

Cortar la raíz

Desde mediados del siglo XIX y hasta principios del siglo XX, tanto en Europa como en Norteamérica, unas tijeras romas con la figura de una cigüe- ña eran la principal herramienta de las matronas, quienes las usaban para sujetar el cordón umbilical de los recién nacidos, antes de su ligadura y corte. Confeccionadas con metales como el bronce y la plata, sus puntas redondas, su tamaño mediano y su forma anticipaban el propósito para el que habían sido creadas. Los mitos sobre la relación entre cigüeñas y nacimientos son antiquísimos y atraviesan todo el mundo, pero la versión más extendida señala que estas aves se caracterizan por ser abnegadas protectoras de sus crías, constructoras de nidos cómodos que ubican estratégicamente en las alturas e, incluso, leales a los machos con que se aparean. Como aves migratorias que son, emprenden vuelos de nueve meses, es decir, el mismo tiempo que dura la gestación humana. Así, distintas creencias las han convertido en mediadoras entre el cielo (el alma) y la tierra (el cuerpo), símbolos de la fidelidad conyugal y emisarias de bebés. Cuando la tijera de cigüeña se abría, una de sus hojas interiores, correspondiente al vientre del pájaro, revelaba un bebé que hasta entonces había estado escondido, ingeniosa gracia que enfatizaba aún más su trascendental función.

Un feo diseño

Estas pinzas formaban parte del ajuar del niño o niña por nacer y, en general, las familias más adineradas las compraban con antelación, mientras que otras eran llevadas a las casas por las mismas parteras. En Estados Unidos, en la década de 1920, las matronas sólo podían llevar consigo esa herramienta porque otras, como los guantes, suponían entrar en el canal de parto, zona prohibida para ellas. A veces, tras cumplir con su trabajo, regalaban las pinzas a los nuevos padres, como recuerdo del nacimiento. Como fuera, el juego entre tijera y oficio era muy especial: la partera, como la cigüeña, es quien trae a los bebés al mundo.

Aunque fueron consideradas útiles, para Henry Cole, fundador del Victoria and Albert Museum, estas tijeras fueron botones de muestra del más feo diseño de objetos de la época. En 1852, abrió la Galería de Falsos Principios, popularizada más tarde como la “cámara de horrores”, la que exhibió artefactos domésticos, generalmente, zoomórficos, entre los que figuraban las pinzas de cigüeña. Prácticas para algunos, espantosas para otros, estas tijeras plumíferas dotaban de un pequeño halo de ilusión y belleza a un momento tan complejo como lo es el trabajo de parto, el que hoy se encuentra provisto de instrumental quirúrgico y procedimientos menos cordiales, pero más higiénicos.

DEL HIJO AL HILO

El trabajo de ayudar a dar a luz era casi exclusivo de las mujeres, así como lo fueron, por muchas décadas, el bordado y la costura (al menos, en el ámbito público). Las matronas, dedicadas también a esas labores, convivían a diario con pinzas de parto y tijeras propiamente de zurcir, ovillos y cordones umbilicales. Se cree que de este encuentro habrían nacido, hacia fines del siglo XIX, las célebres tijeras de cigüeña que hoy usamos. Una servía para cortar el hilo vital entre madre e hijo; la otra, para afinar el tejido.

Comentarios

  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.
  • “Perdona siempre a tus enemigos; nada les molesta tanto”, Oscar Wilde (1854 - 1900).