Leonard Cohen, una casa (y un amor) con vista al mar

10/01/17 — POR

Una mujer joven, muy joven y muy bella, sentada frente a una mesa de madera, cubierta parcialmente por una toalla blanca, sonríe con ganas ante una cámara que parece haberla sorprendido. Se parece a Sylvia Plath, pero no es.
Aunque también escribe.
Una rendija de luz se cuela entre los postigos cerrados de la ventana que está detrás de ella. Si se abrieran, la luz amarillenta de la tarde y la brisa salina del mar Egeo lo inundarían todo: los gruesos muros blancos, las tablas del piso, la cama vacía de sábanas blancas y la mesita de madera rústica.

Otra foto, la misma mujer, ahora lee en una mecedora. Los pies descalzos recogidos sobre la silla, como para no tocar el piso de baldosines o los muros blancos, desnudos, interrumpidos sólo por un par de objetos solitarios: una lamparita y una campana de metal tallado. La cámara la vuelve a sorprender, pero esta vez un gato la desconcentra y su vista se desvía hacia el piso.

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Marianne Ihlen, musa que inspiró parte fundamental de la impecable producción musical y literaria del autor durante sus años en Hydra.

Ambas fotos las tomó el poeta y músico canadiense Leonard Cohen (septiembre de 1934/ noviembre de 2016) en algún momento de 1968, en la pequeña casita perdida en lo alto de la isla griega de Hydra que le sirvió de refugio durante la locura sesentera.

Cohen llegó a Hydra buscando un lugar tranquilo donde escribir, pero terminó grabando discos. Inspirado por la vida simple que llevó durante aquellos años en este islote perdido en el Mediterráneo, con mulas en vez de autos, escaleras en vez de avenidas, lámparas de aceite en vez de faroles; sin árboles; pura piedra y matorrales, donde la tierra está expuesta, ‘salvaje y desnuda’, como dijo Henry Miller años antes.

Compró la casa con la herencia que le dejó una abuela y que le llegó por correo un día cualquiera. Era tan sencilla que no parecía el sitio para una estrella en ciernes. Por ese entonces, Cohen (con dos libros de poemas publicados («Let Us Compare Mythologies», de 1956, y «The Spice-Box of Earth», de 1961) ya era una figura reconocida en el mundillo literario que se movía entre Montreal y Nueva York. Una favorable crítica a su pluma aguda, cargada de emotividad y nostalgia, lo había puesto en un mapa que él mismo se encargó de borronear escondiéndose de las luces en la lejana Grecia. Disparó su obra desde allá y redujo al mínimo el ruido de sus efectos.

Tres pisos hechos enteros de piedra, semi a la vista en el exterior y estucada por dentro, puertas, ventanas y postigos de madera de encino, un ceibo flaco y extrañamente podado en la entrada, tejas de arcilla iguales a las del resto de las casas de la isla. Desde lejos nada, imperceptible, una pieza más de un enorme puzle homogéneo de piezas blancas y rojizas sobre un fondo azul, matizado por verdes y grises.

Por dentro, blanca como la luz. Una cocina repleta de vasijas de greda en repisas, utensilios a la vista dispuestos en muebles sin puertas, una mesita de diario contigua a una ventana que da a la casa de al lado, tan cerca que se puede tocar con un poco de esfuerzo. Varios dormitorios pequeños en distintas direcciones para recibir la luz de donde viniese, acondicionados con pequeñas camas individuales, alfombras baratas y mesitas para instalar la máquina y ponerse a escribir cuando la inspiración tuviera ganas de salir.

Cohen dormía en el último piso, al que se accedía por una muy empinada escalera de madera blanca que pasaba justo por encima de un baño sin puertas. Su dormitorio daba hacia la bahía con forma de anfiteatro, cuyo espectáculo diario no era nada más llamativo ni luminoso que el de los barcos entrando y saliendo, pescadores faenando la mercancía del día, algún gato solitario esperando las sobras, un burro lento y cansado bajando por los peldaños de piedra; todo esto decorado por la lámina azul del mar y el manto celeste del cielo.

Este cuadro en movimiento era apreciable desde la enorme terraza donde Cohen se sentaba a cantar al atardecer, mientras la casa absorta en su silencio blanco veía pasar uno tras otro buscadores oportunistas, admiradores, muchas citas ocasionales y varios amigos.

La despedida

El desfile humano fue interminable. Desde el más reputado músico hasta el más humilde mendigo sabía dónde estaba la casa de Leonard. Y cualquiera que tocase la puerta celeste y tuviera las ganas de oír a Cohen recitar un poema o cantar una de sus dolientes canciones, era bienvenido como el mejor de los amigos. Con su sonrisa habitual y su mesurada educación, tan canadiense, solía decir ante cualquier pregunta: “Pasa, lo discutiremos luego con una taza de café”. Sus gruesos muros –inmejorable barrera térmica y emocional– fueron testigos de fecundos diálogos con el poeta Allen Ginsberg, largas noches de alcohol y anfetaminas con el genial Gregory Corso, o eternos almuerzos con su pareja de amigos favorita: Irving y Aviva Layton, quienes visitaron al expatriado más de alguna vez.

Pero quien puso la luz final en esa casa fue una mujer joven, muy joven y muy bella; la enigmática mujer de las fotos: Marianne Ihlen, musa que inspiró parte fundamental de la impecable producción musical y literaria del autor durante sus años en Hydra. La misma cuya partida estimuló la creación de una de las baladas amorosas más sentidas, vitales y honestas del artista, la despedida con elástico que es «So long Marianne».

Cohen, que era muy poco dado a las relaciones estables y a las convenciones, en un acto que demuestra el profundo amor que despertó en él la bella escandinava, abrió puertas y ventanas, acondicionó dormitorios, sumó platos y vasos, hizo copia de las llaves; todo para la rubia joven y su hijo pequeño, fruto de una relación anterior con otro poeta. Y no sólo eso, también abrió el umbral de la responsabilidad paterna que él mismo había visto morir con su padre cuando tenía sólo nueve años. Se propuso cuidar de ellos como si fueran fruto de su propia experiencia, y la casa iba a ser el soporte ideal de esa nueva vida familiar.

A nadie le importó que no tuviera electricidad ni agua potable. Se iluminaba con lámparas de aceite y se abastecía de agua con un tipo que pasaba con su burro cargado de bidones una vez a la semana, con eso era suficiente. La llegada del teléfono supuso también la aparición de un largo cable que empalmaba el sistema central con la vivienda y que cruzaba la ventana del tercer piso donde dormía Cohen.

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Varios dormitorios pequeños en distintas direcciones para recibir la luz de donde viniese, acondicionados con pequeñas camas individuales, alfombras baratas y mesitas para instalar la máquina y ponerse a escribir cuando la inspiración tuviera ganas de salir.

Y bien es sabido que el poeta está abierto a la belleza como nadie más: un pequeño pajarito encontró en ese cable su lugar favorito y Cohen no desaprovechó la oportunidad. Así nació la inmortal «Bird on a wire».

Juntos, los tres, se levantaban al amanecer, cerraban la casa y bajaban a pie las largas escaleras para ir al mercado a comprar fruta y pescado, nadar en las pedregosas playas de Vlichos o tomar cerveza con amigos en algún bar del pequeño puerto. Fue feliz y artísticamente muy fértil. Todos sus lluviosos fantasmas de Montreal se disiparon bajo el sol de Grecia, protegido por esos techos de palos y sus muros de piedra. Y creó ahí algunas de sus mejores y más trascendentales obras: las novelas «The favourite game» (1963) y «Beautiful Losers» (1966); los libros de poesía «Flowers for Hitler»(1964) y «Parasites of Heaven» (1966).

Y por si eso fuera poco, escribió ahí sus dos primeros discos como músico, los que lo catapultaron a la fama internacional y lo dejaron caer como ídolo inesperado en medio del torbellino hippie:«Songs of Leonard Cohen» (1967) y «Songs from a room» (1969). Éste último escrito íntegramente en ese dormitorio blanco, sentado en esa silla vieja donde Marianne es sorprendida en la foto de la contraportada.

Cohen vivió ahí casi diez años, hasta que Marianne lo dejó y se marchó de vuelta a Noruega, cansada de la vida libertina del poeta. Él volvió a América. Dejó la casa intacta, un par de guitarras colgadas en el muro, y partió para volver sólo de visita demasiados años después. La casa es hoy una especie de museo sin boletería ni guardias que, especialmente desde su muerte en noviembre pasado, recibe a los cada vez más fieles miembros de la iglesia coheniana; una cuyo único bautizo consiste en haber tropezado con el genio y la bendición espontánea -en forma de música y poesía- de semejante creador.

Comentarios

  • “La risa no es un mal comienzo para la amistad. Y está lejos de ser un mal final”, Oscar Wilde (1854-1900).
  • "El paso de los años es inevitable; envejecer, una opción", Anónimo.