LO MÁS PARECIDO A UN TEMPLO

23/11/17 — POR

Valparaíso alguna vez estuvo repleto de cines. Este es un recuento de muertos y ruinas marcado por el recuerdo de experiencias imborrables.

Por Andrés Nazarala R.

88_Cine_valparaiso2

En «The last picture show» (1971), la obra maestra de Peter Bogdanovich, el cierre del cine local se siente como una tragedia. Sabemos que, sin la posibilidad de escapismos, Sonny (Timothy Bottoms) tendrá que lidiar con las asperezas del asfixiante pueblo de Texas que nunca pudo abandonar. La muerte de ese cine es, para Bogdanovich, el fin de la fantasía y de las utopías.

«Goodbye, Dragon Inn» (2003), la obra maestra de Tsai Ming-liang, nos instala en un inmenso cine de Taipéi, donde se proyecta el clásico «Dragon Inn» (1967) antes de la demolición de la sala. Prescindiendo de diálogos, y con una cámara estática que permite fijar la mirada libremente dentro de los largos planos, el cineasta se concentra en los últimos 90 minutos de funcionamiento del cine, definiendo el espacio como un refugio donde se desatan las pulsiones más primitivas de los espectadores (un actor enfrentado a la película en la que actuó, un turista en busca de encuentros sexuales, etc…). El cine es, para Ming-liang, un espacio de catarsis. Ambas obras nos llevan a añorar esas salas en extinción que se encargaron de nuestra entretención pero también de nuestra educación emocional. Bogdanovich, quien fue crítico antes que director, lo hace desde la cinefilia, poniendo en valor la necesidad de la ceremonia cinematográfica para lidiar con los sinsabores de la existencia. Ming-liang extiende el asombro hacia lo arquitectónico, buscando misterios en esos espacios laberínticos que solían cautivarnos antes de la irrupción de la funcionalidad pragmática de las multisalas. En su libro «Palacios Plebeyos» (Sudamericana, 2006), el escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky repasa la gloria y muerte de los viejos cines de Buenos Aires, construidos como si fuesen “templos egipcios, patios persas, catedrales góticas”. Mediante citas, recuerdos y análisis de películas, el autor remarca el hecho de que cada cine del pasado tenía su propia singularidad. La experiencia no estaba desligada del contexto material. Hoy, ubicados principalmente en centros comerciales, son nolugares destinados al consumo integral, salas exentas de historia. Suena a reclamo obvio, nostálgico y apolillado, pero está bien honrar la memoria. Como dice el mismo Cozarinsky: “La nobleza de una morada se mide por la calidad de sus fantasmas”.

88_Cine_valparaiso4

el inolvidable cine Rívoli

VALPARAÍSO FILM CITY

“Las únicas salas de cine que cumplían una función eran las viejas, ¿las recuerdas? Esos teatros enormes que cuando se apagaban las luces a uno se le encogía el corazón. Esas salas estaban bien, eran los verdaderos cines, lo más parecido a una iglesia, techos altísimos, grandes cortinas rojo granate, columnas, pasillos con viejas alfombras desgastadas, palcos, localidades de platea o galería o gallinero”, recuerda uno de los personajes de «2666», de Roberto Bolaño.

En Valparaíso, estos cines majestuosos fueron parte del patrimonio arquitectónico. No conocí la era dorada, esa que narran padres y abuelos, cuando una orquesta recibía en el hall a una audiencia que se arreglaba como si fuera a la ópera, o cuando la juventud celebraba bailando las funciones de «Semilla de maldad» (esa película con Bill Haley y sus Cometas que fue seminal dentro del rock and roll) a fines de los 50, pero sí viví experiencias imborrables en mi infancia. Mis favoritas transcurrieron en el Cine Valparaíso, edificio Art Deco inaugurado en 1937, cuyas murallas contenían imágenes de gladiadores romanos y motivos cinematográficos estampados como si fuesen jeroglíficos. Fue la primera sala de Chile en contar con una platea alta y se dice que, en sus tiempos de gloria, la marcha «Pompa y circunstancia» amenizaba los intermedios. Para mí, la película comenzaba antes que se encendiera el proyector. La trama estaba clavada en las paredes. Con imaginación, uno podía articular esos adornos, construir un cortometraje mental como antesala. Hasta que «El mundo al instante», ese entrañable noticiero que abría cada función, interrumpía la proyección interior para dar pie a la real.

En el Cine Valparaíso vi películas como «Superman» o «Indiana Jones». Luego, en los 90, cuando funcionó como discoteque (Club Valparaíso), recuerdo buscar a los romanos entre las luces estroboscópicas y los bits de la música electrónica. El cine había muerto, pero las historias sobrevivían en esos muros estilizados que me obsesionaron en la infancia. Hasta que de pronto todo terminó. El edificio fue demolido para la construcción de una multitienda. La violenta destrucción del Cine Valparaíso sigue siendo uno de los crímenes más infames en la historia de la ciudad.

La estampa romana también estaba en el Teatro Imperio, en avenida Pedro Montt, inaugurado en 1922 y construido como si fuese un monumento del Imperio Romano. Los adornos contemplan escudos, águilas y dibujos de una carrera de carros al estilo «Ben-Hur». Ahí vi «La historia sin fin», hundido en la butaca, sintiéndome ínfimo en medio de la inmensidad de un coliseo. Hoy, declarado Patrimonio, el edificio funciona como una feria de artesanía. Dicen que el proyector está en perfectas condiciones. Alguien debería encenderlo como gesto revolucionario. El Imperio demuestra lo triste que es descubrir ruinas abandonadas de viejos cines detrás de los menesteres actuales. Desde que tengo memoria, el Cine Rívoli fue siempre un mercado persa, pero ahí, al fondo de montañas de jeans, se vislumbraba lo que parecía ser una pantalla que nos obligaba a contemplar el techo en busca de la sala de proyección u otro indicio del pasado. Construido en la década del 20, el Rívoli comenzó a vivir su ocaso en los años 60. La última función fue «Tiburón 2».

Mejor destino tuvo el Cine Metro, en Pedro Montt, convertido hoy en la única multisala de la ciudad. Recuerdo haber visto ahí cintas animadas en las funciones matinales o «El regreso del Jedi». La fachada era gloriosa, como la de esos cines estadounidenses que conocíamos a través de las películas, con marquesinas gigantes y luces radiantes en el hall. Sus puertas abrieron en 1945 con «Escuela de sirenas», el célebre musical acuático protagonizado por Esther Williams.

88_Cine_valparaiso1

Teatro Imperio, una feria de artesanía en la actualidad

 

MANTO DE TRAGEDIA

El Cine Central, donde vi «Las aventuras de Hijitus» (es curioso que aún recuerde esta película), se reinventó en los 80 como cine triple X. Es el único en la ciudad que contaba con un bar, que se mantiene hasta hoy.

Atención especial merece el Condell, donde actualmente funciona la preciada Sala Insomnia. Levantado en 1912, también devino cine porno durante los 80. De adolescente, me obsesioné con una leyenda supuestamente ocurrida ahí que refuerza macabramente la vieja concepción del cine como un show que trasciende la obra exhibida. El acomodador, sumido en la depresión, se habría ahorcado detrás de la pantalla. En esos años los telones eran más delgados, lo que permitió que la silueta del colgado se distinguiera, como si fuese un teatro de sombras. La anécdota suele ser narrada con un remate que remarca el horror: el público aplaudió, convencido de que se trataba de un efecto buscado. Un show de risas, gemidos y espanto.

Lo cierto es que el sexo salvó al Condell de la ruina. La primera amenaza financiera estalló en los 70, con la aparición de la televisión. Los dueños tuvieron que implementar los rotativos para hacer la programación más atractiva, pero la gente prefirió consumir imágenes desde la comodidad de sus hogares. Entonces apareció el porno y un nuevo público nació: los solitarios, los vagabundos que deambulaban por la Plaza Victoria. El cine convocó a una fauna alternativa que vio en él un reflejo de sus fantasías. En ese contexto, el ahorcado hizo su performance macabra. William Castle hubiese amado esa absurda tragedia. Durante los 50 inventó una serie de gimmicks (elementos que atraen la atención) para hacer más emocionante la experiencia fílmica, desde estacionar ambulancias fuera de los cines hasta lo que bautizó como Emergo, mecanismo que desplegaba un esqueleto durante los momentos más aterradores del filme. En Chile, estos recursos fueron rápidamente asimilados. En Valparaíso, los espectadores eran sorprendidos en plena función con el roce de una falsa tela de araña que acariciaba sus rostros en instantes claves. La artesanía estaba en función de la veracidad. El cine buscaba cruzar el umbral hacia la tercera dimensión.

88_Cine_valparaiso3

Cine Metro, aún funciona como cine

Hoy, con la muerte del celuloide, la decadencia de la experiencia cinematográfica y el reinado de la pantalla individual, las antiguas salas de Valparaíso, y el mundo, componen un manto de tragedia. “Una vez ingresado en el ámbito doméstico, el filme perdió el carácter sagrado que el cine le confería”, sentencia Cozarinsky, pensando en los embates de la TV, el video y el DVD. Parece un antropólogo describiendo el comienzo del fin de una civilización.
palcos

Comentarios

  • "La buena hospitalidad es sencilla; consiste en un poco de fuego, algo de comida y mucha quietud", Ralph W. Emerson (1803 - 1882), escritor estadounidense.
  • "Aburrimiento es el deseo por los deseos", León Tolstoi (1828 - 1910).