LO QUE MAYO DEL 68 SE LLEVÓ

20/05/18 — POR

Por estos días se cumplen cincuenta años de las protestas de aquel épico mes en que se remecieron las bases de lo social, de lo político y se curvaron los principios de la tradición moderna occidental, inaugurando una nueva cultura del espectáculo que permeó casi todas las actividades humanas. Un fenómeno de alcances extraordinarios que puso también fin a un modo de entender el ejercicio de la arquitectura.

Por Gonzalo Schmeisser.

Daniel Cohn

El rostro del líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit riéndose en la cara de un policía es hasta hoy una de esas postales inolvidables. El motor fue la rabia y el tedio contra la vieja estructura social.

 

Lo que debía ser un comienzo se convirtió en un final. Las protestas del Mayo francés fueron una suerte de bajada de cortina que vino a clausurar anticipadamente una década, por decir lo menos, escandalosa. Una década en que la clave era militar, asociarse, pertenecer, pues el mundo se entendía en conjunto y la sociedad caminaba sólo si todos empujaban el carro hacia donde cada cual creía que debía avanzar. Las protestas de París pusieron el humo para el acto final, entre barricadas, adoquines, banderas, asambleas, estudiantes burgueses de chaqueta y corbata armados con palos y piedras, entrelazados con obreros y campesinos analfabetos, rayados entre ingeniosos y poéticos en los muros de las universidades, el Barrio Latino en llamas. Postales inolvidables, como la del líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit riéndose en la cara de un policía; o la del solitario agente antidisturbios devolviendo un adoquín ante la masa de estudiantes en pleno Boulevard Saint Germain. Un epílogo ad-hoc al grandioso relato coral que había sido la década.

El motor fue la rabia y el tedio contra la vieja estructura social, llena de valores absolutos e incuestionables: la jerarquía, el modelo educacional, el concepto de familia, las costumbres; herencia de padres traumatizados por la guerra que no eran capaces de comprender el afán que motivaba a sus hijos a revolverlo todo otra vez. Esa ilusión generacional de que las convenciones eran sólo eso, por lo tanto, era cosa de empujar un poco para que se vinieran abajo. La palabra de moda fue “revolución”, que viene del latín revolutum y que quiere decir, paradójicamente, dar vueltas sobre un mismo eje.

ARCHIGRAM

En 1961, años antes de la catarsis parisina, un grupo de arquitectos londinenses –hijos también de la misma generación descreída y deslenguada– decidió combinar su humor tan británico y su ácida mirada sobre el ejercicio de la arquitectura con sus extraordinarias habilidades gráficas. Sintetizando un manifiesto en una expresión única, estos jóvenes se bautizaron con el nombre de Archigram, juego de palabras entre architecture y telegram, terminación que sugiere mensajes rápidos, cortos y efectistas. Así fue: mediante collages, dibujos, montajes fotográficos y rimbombantes títulos (Instant City, A Walking City, Plug-In City) se dedicaron a denostar sarcásticamente al sacro Movimiento Moderno y sus principios racionales con propuestas de ciudades futuristas, excesivas, desmesuradas, imposibles de reproducir y difíciles de digerir para la realidad de la época, llevando a límites inexplorados el ideal de las posibilidades que la tecnología estaba abriendo. Un discurso anti-todo que estaba mucho más emparentado con el lenguaje del happening, del cómic o del cine de ciencia ficción que con el de la dura planimetría arquitectónica.

Como a casi todos los impulsos contestatarios de la época, los movía una profunda disconformidad con las formas convencionales, así como el tedio y el espanto por la perspectiva de un futuro que juzgaban intensamente aburrido. Había que dejarse llevar y refregar en la cara de la sociedad conservadora la confianza en sí mismos, aunque los ideales estuviesen poco claros. De ahí que esa seguridad fuese a menudo confundida con la infantil socarronería de un grupo de niños hartos de los mandatos del padre, que derrochaban insolencia y cuya acción contestataria fue la de hacer exactamente lo contrario a lo que se indicaba como correcto, caprichosa e injustificadamente.

De cualquier forma establecieron un pensamiento fundante, novedoso, cuya contradicción vital (eso de creer en el individuo y rechazar el colectivismo desde la misma acción grupal y utilizando el lenguaje de la utopía) fue justamente la que los hizo inmortales, pues se adelantaron varios años al nuevo pensamiento arquitectónico que iba a florecer en Europa después de los sucesos de mayo, una vez apagado el fuego de la última barricada.

 

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Dibujo Instant City de Archigram.

 

FIN DE LA UTOPÍA

En medio de las piedras, del humo de las lacrimógenas, de las pancartas y los gritos, alguien debió preguntarse por el sentido de las movilizaciones y los objetivos perseguidos. Mucho se ha especulado sobre el verdadero fin del Mayo parisino y si no fue sólo producto de un entusiasmo desbordante y una celebración de la juventud, que proclamaba su autoconciencia para enterrar a la generación anterior. No hay una respuesta unánime, pero lo cierto es que más allá de la salida del general Charles de Gaulle –que encima fue después de un referéndum democrático convocado por él mismo–, no se alcanzó la libertad en la forma en que se soñó, ni menos se inició un período de conciencia colectiva, inclusiva, participante y democrática. Todo lo contrario.

De lo que sí hay consenso es que el Mayo francés fue el último bastión de resistencia de una generación agotada y agobiada por el avance de una modernidad tecnoindustrial que no estaba más que empobreciendo el valor del Súper Hombre desprovisto de dioses y consciente de su libertad que Nietzsche había declarado poco antes. En ese sentido, más que un movimiento de liberación fue un movimiento de advertencia sobre el rumbo que estaba tomando el mundo, un aviso sobre los dioses paganos que asomaban en el horizonte del siglo XX. El sentido del Mayo parisino terminó pareciéndose más al del buen espectáculo: una foto del momento en la que no importan los fines específicos ni las metas conseguidas sino que la mediatización, la instalación de una estética y la conquista de la cultura Pop. Algo que Archigram ya había avisado.

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El Centro Pompidou, de París, un monumento a la tecnología y a la era industrial bautizado en honor al Presidente Georges Pompidou (1911-1974), que vino a relevar al derrocado De Gaulle.

 

CENTRO POMPIDOU

Pocos meses después de acabado el Mayo del 68, se presentó un concurso público para levantar un museo de arte contemporáneo en París, en el céntrico barrio de Les Halles. El jurado estaba presidido por dos de los arquitectos más renombrados de la época, el estadounidense Philip Johnson (1906- 2005) y el francés Jean Prouvé (1901-1984), ambos ex partidarios de la máquina de habitar del Movimiento Moderno y luego conversos activistas de la arquitectura de espíritu artesano-industrial que proliferaría en los años 70. Dice el mito que el propio Prouvé convenció a los escépticos miembros del jurado de que la propuesta diseñada por el italiano Renzo Piano (1937) y el inglés Richard Rogers (1933) era la muestra perfecta de la arquitectura hitech que iba a venir.

El osado proyecto consistió en un gran volumen rectangular vidriado, luminoso y de amplio espacio interior disponible a recibir cualquier evento relacionado con el arte. Hasta ahí nada nuevo. La innovación llegó a partir de la compleja estructura metálica que sostiene al edificio, enteramente levantada en el exterior, totalmente a la vista, desde sus perfiles hasta el herraje. La circulación vertical es una larga escalera perimetral inserta en un tubo de vidrio y marcada con un intenso color rojo que la distingue, así como otros colores distinguen las tuberías de descargas y abastecimiento de aguas que se abren hacia la fachada posterior. Todo un monumento a la tecnología y a la era industrial que los dibujos de Archigram habían inventado, como haciendo de su utopía algo posible.

 

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Exposición sobre Archigram en el Centre Pompidou.

 

El museo tardó casi diez años en ser levantado y, como si todo fuera parte del guión de un sátiro escritor, lo bautizaron como Centre Pompidou en honor al mismísimo presidente que vino a relevar al derrocado De Gaulle luego de las protestas del 68. Coincidencia o no, el edificio supuso la expresión más elocuente de que el mundo había cambiado y con ello la arquitectura, que a partir de ahí inauguró un modo de hacer al que pronto remitiría casi toda la arquitectura de vanguardia y que perdura – palabras más palabras menos– hasta hoy, 50 años después, con el eufemístico nombre de Postmodernismo. Basta revisar el listado del premio Pritzker y ver que tres de los protagonistas de esta historia figuran en él.

Los viejos estandartes del Modernismo se guardaron en un cajón y se abrió puerta a una nueva corriente de pensamiento ubicada al otro extremo de los ideales del Mayo francés. Lo individual terminó por ganarle el pulso a lo colectivo y el nuevo hombre dejó de creer en utopías para centrarse en sí mismo y en su propia libertad. De la revolución al laissez faire. Irónicamente y como toda la historia termina siendo inevitablemente un remix, el eslogan del 68 –“prohibido prohibir”– se convirtió en la frase perfecta para definir a Occidente a partir de entonces y, cómo no, al ejercicio de la arquitectura.

 

GONZALO SCHMEISSER es Arquitecto y Máster en Arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es también profesor asistente en las escuelas de arquitectura de las universidades Diego Portales y Católica. Es además fundador del sitio web de territorio, cultura y pensamiento www.landie.cl.

Comentarios

  • “No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo”, José Mourinho (1963), entrenador portugués de fútbol.
  • “Lo que más valoro es la observación del movimiento de los colores”, Auguste Macke (1887- 1914), pintor expresionista alemán.