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LOS ANGELES O LA RUINA COMO LUGAR

27/06/18 — POR

Esta mega urbe, la segunda ciudad más poblada de Estados Unidos, fue testigo de una pequeña revolución que iba a cambiar la forma en que entendemos a la ciudad occidental y su infraestructura, desafiando con espontaneidad los marcos institucionales y poniendo en tela de juicio la rigidez inhumana con que muchas veces las autoridades piensan nuestras ciudades. Lo curioso: los protagonistas de esta historia no superan los quince años.

Por Gonzalo Schmeisser

 

LAS ESQUINAS DE ELEI

El dato es impresionante: el área urbana de la ciudad de Los Angeles, en California, es tan grande que Santiago cabe en ella unas quince veces. En otras palabras, si esta megápolis –que en rigor no es una sola ciudad sino que una suma de muchas pequeñas ciudades conurbadas– estuviera donde está hoy la capital de Chile, ocuparía el ancho completo del país, es decir, desde las cumbres de Los Andes hasta el Pacífico y desde Lampa hasta Rancagua. Todo hormigonado.

Si seguimos con las comparaciones, la impresión puede ser mayor. Los Angeles fue fundada más de doscientos años después que nuestro Santiago, y hoy habita ahí más o menos la misma cantidad de población que en todo Chile, en una muestra de la velocidad con que se ha expandido desde su más remoto origen hispano. Cuesta dimensionar la cantidad de cemento que se ha empleado en cubrir tantos kilómetros cuadrados. Los Angeles o L.A. –dígase ELEI– es un enorme manchón gris desplegado entre colinas, quebradas, planicies costeras, riberas de canales, explanadas, valles, bordes costeros y todos los accidentes geográficos que se nos ocurra imaginar para un asentamiento urbano confinado entre el mar y los pies de una sierra montañosa.

Los Angeles, desproporcionada, inabarcable, asimétrica, está tan llena de rincones que al final todo parece ser una gran esquina perdida entre otras miles de esquinas anónimas que apenas si logran darle forma de ciudad. Miles de esquinas tan recordables como desechables, en que pareciera que las larguiruchas palmeras recortadas sobre atardeceres amarillos son el único factor común, el único patrón, un único elemento que conforma una suerte de hilo que cose las partes difusas de la mole.

En una de esas miles de esquinas con palmera nació una historia mínima que pronto devino mundial, y que tuvo su origen en las insospechadas consecuencias de las políticas urbano-arquitectónicas que habían delineado –mucho tiempo antes– la composición urbana de la ciudad más poblada de California.

LOS NIÑOS DE DOGTOWN

Dogtown o Ciudad de perros es la forma en que despectivamente llaman los vecinos de Santa Mónica Norte (una de esas miles de ex ciudades absorbidas por los brazos de la insaciable Los Angeles fundacional) a sus vecinos del sur. Es 1974 y el lugar no es más que un barrio y el límite sólo una calle, no hay guardias ni policía fronteriza, pero todos saben que ahí se atraviesa una frontera. En el norte, las mansiones, los bungalows, las calles limpias y pavimentadas, los antejardines recién regados, el Cadillac estacionado en la puerta del garaje, los niños bien peinados y las madres con la permanente volviendo del supermercado para usar su lavadora recién comprada. La escenificación del sueño americano.

En el sur, las casuchas, casi todas de dos ambientes, en las que vive una familia en el primer piso y otra en el segundo; casas sin leyes, sin horarios. Las pocas calles bien pavimentadas, con mucho basurero sin sacar, son testigos de las andanzas de niños de pelo largo, sin polera, flacos de hambre y con la piel dorada de tanto estar al sol. Herederos de la parte oscura de su tiempo. Hijos de padres que no volvieron de Vietnam o que si volvieron lo hicieron incompletos, más por las mutilaciones mentales que por las físicas. Esos callejones sucios, sin terminar, se extienden hasta la zona de Venice Beach, donde otros desheredados –un poco mayores– corren olas como si cada una fuera la última, entremedio de las ruinas de un muelle quemado.

Esos niños hambrientos de padres ven en esos chicos mayores la pieza que les falta, quieren ser como ellos pero aún deben crecer para ser aceptados en la pandilla marítima. El mar les pertenece a los mayores y ellos deben mirar y esperar. En eso se ha convertido Estados Unidos: un gran teatro en que todos son actores, todos están dispuestos a ver y ser vistos, y la única forma de valer es saber exponerse bien. Los niños de Dogtown lo saben.

Sin la opción de entrar al mar, lo que les queda a los niños de Dogtown es la calle, la ciudad y sus esquinas anónimas. Toda esta máquina hormigonada que se despliega hacia los cerros californianos.

 

REDIMIR A LA CIUDAD

Sin la opción de entrar al mar, lo que les queda es la calle, la ciudad y sus esquinas anónimas. Toda esa máquina hormigonada que se despliega hacia los cerros californianos. Con asombrosa espontaneidad atribuible tal vez al hambre que sólo otorgan los anhelos incompletos, los niños de Dogtown descubren que la solución está ahí, en la misma urbe que les ha dado tan poco.

Con trozos de tablas recortadas con serrucho y ruedas de arcilla que apenas aguantan una piedra, se dedican a surfear entre los callejones, deslizándose por veredas y rampas, imitando los trucos de sus héroes del mar, palpando las olas de asfalto negro con las manos, en una especie de simbiosis entre el Océano Pacífico y las calles. Súbitamente la ruina se convierte en lugar y de repente Los Angeles entero, desde Beverly Hills hasta Orange County, la ciudad bastión del mexicanismo expulsado, la cuna del porno, de los parques de diversiones, de las películas de Hollywood, de la decadencia y la elegancia, de los muelles y el surf, de los Doors y los Beach Boys, parece redimido por un grupo de niños a pie pelado que no superan los quince años.

Proliferan los interesados en el skate, hasta entonces un deporte algo desdeñado, y ahora se ven muchos más niños arriba de tablitas de madera ensayando piruetas en estacionamientos, en piscinas vacías, en calles empinadas, en canales vaciados por la sequía y en los taludes mal resueltos de los colegios de Los Angeles, cuyas formas en pendiente habían sido bañadas en asfalto sin ningún tipo de consideración estilística. Los niños le devolvieron la humanidad a esos espacios urbanos residuales, a esas arquitecturas sin carácter ni destino –ruinas de la modernidad tecnológica del siglo XX– y ocuparon los espacios que la ciudad se olvidó de pensar, aquellos no-lugares convertidos sencillamente en las espaldas de las fachadas.

Estos pequeños desplazados fueron insospechados protagonistas de un profundo acto de creatividad en la ocupación del espacio urbano. Renovadores y denunciantes al mismo tiempo –todo sin quererlo, sólo por amor al deporte, a la juventud–, esparcieron su influencia como una bomba de racimo, tomando por asalto microscópica pero efectivamente lugares que, hasta entonces, la ciudad consideraba sólo intermediarios entre una arquitectura y otra.

 

LA ESTÉTICA AL SERVICIO DEL ESPECTÁCULO

Como toda buena historia de revolución espontánea, especialmente las que ocurren en Estados Unidos, la institucionalidad y las reglas terminan por tragarse la naturalidad con que las cosas comienzan. Sucedió con el rock, la literatura beat, el hipismo: todo fue visto de lejos primero, después seducido, abrazado y al final puesto en la vitrina de un mall. Así que la revolución urbana, deportiva y estética que estos preadolescentes instalaron en la ciudad fue corta.

Pronto el escalar muros para entrar a casas con piscinas vacías ya no era necesario, el municipio les había construido un skate park. Los pies descalzos, las rodillas peladas y los torsos desnudos dieron paso a zapatillas de marca, gruesas rodilleras y poleras de auspiciadores. Las antiguas tablas astilladas ahora eran moldeadas por una máquina y las precarias ruedas de arcilla eran ahora de acrílico brillante, facilitando la habilidad pero borrando la magia de lo espontáneo. Todo se convirtió en un buen espectáculo.

Sin embargo, la historia quedó ahí, bien documentada por fotógrafos visionarios como Hugh Holland y Craig Stecyk, que hasta el día de hoy insisten en que el interés que despertaron en ellos esos niños flacos no tiene que ver específicamente con el deporte, sino con un impresionante despliegue de ocupación de espacios urbanos vacíos y originalmente no pensados con ese fin, una suerte de reciclaje arquitectónico hecho sólo a través de la ocupación desprejuiciada, innata y espontánea de la infraestructura disponible. Además de la creación de un lenguaje, de una estética asociada a la ciudad y con la arquitectura como fondo de un espectáculo cargado de una belleza algo salvaje. Y, para qué estamos con cosas, cuando la revolución está dotada de estética, el impacto, el recuerdo, la imagen que queda se impregna en la consciencia colectiva con mucha mayor efectividad.

 

GONZALO SCHMEISSER es Arquitecto y Máster en Arquitectura del Paisaje. Ha participado en diversos proyectos editoriales y publicaciones afines al quehacer arquitectónico y la narrativa. Es también profesor asistente en las escuelas de arquitectura de las universidades Diego Portales y Católica. Es además fundador del sitio web de territorio, cultura y pensamiento www.landie.cl.

Comentarios

  • "Un pedazo de luna en el bolsillo es mejor que la pata de conejo", Jaime Sabines (1926- 1999), escritor mexicano.
  • “Un viaje de mil millas ha de comenzar con un simple paso”, Lao Tse (605 a.C.-531 a.C.), filósofo chino.