LOS ANTIGUOS PURITANOS DEL CINE DOGMA

28/03/18 — POR

Se cumplen 20 años de las dos películas que representan a este movimiento, más que una nueva forma de hacer películas, una revelación que tuvo tantos admiradores como detractores.

Por Juan José Santos M.

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«La celebración» de Vinterberg, 1998.

Millones de espectadores de todo el mundo hundidos en sus butacas, retorciéndose, atragantándose de palomitas, riendo, llorando, ¡Gritando! El cine de mediados de los noventa estaba invadido por la pirotecnia hollywoodense, entregada en cuerpo y alma a superproducciones que pasaban más tiempo en la sala de edición que en el plató de rodaje. «Braveheart», «Apolo 13», «Batman Forever», «Speed», «Shakespeare in Love», «Armageddon», «Jurassic Park», «Independence Day», «Twister», «Titanic» o «Men in Black» fueron los “taquillazos” de la época, además refrendados en los premios Oscar.

Mientras, a diez mil kilómetros de distancia, en una pequeña y fría ciudad de un pequeño y frío país del norte de Europa, un grupúsculo de descendientes de vikingos preparaba el asalto al tren del dinero. Pero no para quedarse con el botín: ellos no tenían interés en las sacas llenas de billetes. Lo que querían era reventar los vagones. Es 1995, y estamos en Copenhague, en una habitación oscura ocupada por dos jóvenes directores hambrientos: Lars von Trier (1956) y Thomas Vinterberg (1969). Celebran los cien años de la histórica primera proyección de cine, a cargo de los hermanos Lumière. Es una fiesta agridulce: los dos amigos daneses están ofuscados con el devenir del Séptimo Arte, vendido a los efectos especiales, a las tramas adolescentes, al artificio sin consecuencia. ¡Ya nadie recuerda la Nouvelle Vague de los cincuenta! ¿Qué fue de las obras maestras de John Cassavetes (1929-1989)? ¡Para esto nació el cine!

Y entonces esa pieza de Copenhague se convierte en el monte Sinaí, y a Vinterberg y a Von Trier les brota una espesa barba blanca, escuchan una voz celestial, y ven un enorme dedo descender de una nube: “Moisés subió a este monte a recibir las Tablas de la Ley. Estuvo en Sinaí durante cuarenta días, hasta que recibió de Dios, ya sea de hecho o bien por inspiración divina, dos tablas de piedra escritas con Su dedo”.

 

LOS DIEZ MANDAMIENTOS

1. El rodaje debe realizarse fuera de estudio.

2. El sonido no debe ser producido separado de las imágenes y viceversa.

3. La cámara debe sostenerse en la mano.

4. La película tiene que ser en color. La iluminación especial no es aceptada.

5. Los trucajes y filtros están prohibidos.

6. La película no debe contener ninguna acción superficial (muertos, armas, etc., en ningún caso).

7. Los cambios temporales y geográficos están prohibidos (la película sucede aquí y ahora).

8. Las películas de género no son válidas.

9. El formato de la película debe ser de 35 mm.

10. El director no debe aparecer en los créditos.

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Director Thomas Vinterberg. © BRITTA PEDERSEN / DPA

 

Y Moisés dijo: “Amén, hermanos”. Había nacido el manifiesto Dogma 95,  firmado y pensado por Vinterberg, Von Trier, Soren Krag-Jakobson (1947) y Kristian Levring (1957). Abajo los grandes presupuestos, arriba la pureza. Estas diez reglas, que imitaban en su estilo el ensayo «Une certaine tendance du cinéma français» ,  publicado por François Truffaut (1932-1984) en la revista «Cahiers du Cinéma» en 1954, acompañaban al voto de castidad al que debían comprometerse los cineastas que siguieran el Dogma: “Juro que me abstendré de crear una obra, porque considero que el instante es mucho más importante que la totalidad”. A los directores que, siguiendo los lineamientos, crearan películas dignas de ser consideradas como parte del movimiento, se les entregaba un certificado oficial. El crítico de cine Armond White afirmó que el manifiesto estaba más cerca “de hacer cine porno amateur” y profetizó que sería rechazado por la historia.

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«Los idiotas» de Von Trier, 1998.

 

LA CELEBRACIÓN Y LOS IDIOTAS

1998 entronizó al Cine Dogma y acalló las bocas de los que consideraban esa austeridad fílmica como una pose pretenciosa y absurda. Fueron dos películas –«La celebración», de Vinterberg; y «Los idiotas», de Von Trier– las que mostraron que bajo esas premisas tan castrantes se podía generar un cine con tensión, crudeza, y sensación de realismo brillante. Ambas acudieron al Festival de Cannes, aunque fue la primera la que se llevó el Premio del Jurado.

Si bien los diez mandamientos se siguieron y, en ambas creaciones, los actores no representaban, sino que presentaban escenas en espacios abiertos, fueron grabados con cámara “al hombro”, sin iluminación profesional y sin remezcla de sonido, la normativa no fue obedecida a rajatabla: hubo un par de pequeños “trucos” usados, como la retirada de una cortina de una ventana para que entrara más luz. Un desliz. «Los idiotas», esa crítica a la burguesía y a lo que la sociedad considera como “normal”, basada en el fingimiento de discapacidades mentales por parte de un grupo de jóvenes, fue precedida de un trabajo con enfermos mentales reales, e incluso algunos de ellos tuvieron su pequeño papel. «La celebración» tiene una misma intención: atentar contra las actitudes hipócritas de las clases medias y altas, a través de la ceremonia de honor del patriarca de una familia dividida. Ambas películas son obras maestras del humor negro, y crearon escuela: más de 200 directores se unieron al Dogma 95, un ejército que se rebeló contra la dictadura de Hollywood… Hasta que fueron víctimas de sus propios corsés intelectuales.

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«Melancolía», de Lars von Trier, 2011.

LOS CRÉDITOS

A todos ellos Cannes se les hizo cuesta arriba: la compleja gestión del éxito de ese Caballo de Troya basado en la austeridad entró en crisis en el momento en el que los espectadores empezaron a llenar las salas de cine. El movimiento como tal duró hasta 2002, con unas declaraciones oficiales demoledoras firmadas por el “Secretariado del Dogma 95”: “El manifiesto Dogma 95 se ha convertido en una fórmula genérica, lo cual nunca fue nuestra intención. Como consecuencia de ello detenemos nuestra mediación e interpretación de cómo hacer films Dogma y cerramos el Secretariado”. Y hasta aquí la Tierra Prometida y el final de la esclavitud del pueblo hebreo. Por mucho que el movimiento fuera replicado (incluso en otras áreas, como la literatura, con los New Puritans; o en otras artes, con el Remodernismo) volvieron las explosiones en 3D, las persecuciones sobre dos ruedas y las invasiones alienígenas. Vinterberg y Von Trier claudicaron del Dogma que fundaron, pero siguieron haciendo películas de cierta independencia y alternancia con respecto al cine mainstream: «La caza» (2012) del primero; o «Dogville» (2003) y «Melancolía» (2011), del segundo, demuestran que su fama no se debía únicamente a una revolución efí- mera, sino que eran efectivamente dos directores de primera fila. Sus nombres aparecen ahora en los créditos de sus películas.

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«La Caza», de Thomas Vinterberg, 2012.

Comentarios

  • "Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco". Mark Twain (1835 - 1910)
  • “No soy el mejor del mundo, pero creo que no hay nadie mejor que yo”, José Mourinho (1963), entrenador portugués de fútbol.